Los conoce en todas las formas, colores y texturas imaginables. Los ve venir y luego irse transformados. A veces llegan más y otras, menos. No está en su vocación estar solo. Por eso él siempre está ahí para ellos. Incansable, ansioso, diestro. Habla con todos de lo que sabe, y si no lo sabe, pues se lo inventa: noticias, política, religión, amores y desamores, anécdotas, chistes, anécdotas chistosas...

El lugar donde los recibe le parecería poco común a cualquiera que gusta de atender visitas. hay mucha bulla, pero no falta comodidad para sus invitados, lo cual sin duda es más importante para él. Y se sienta más abajo no porque sea más alto o tenga complejo de superioridad; sino por estar más cerca de ellos y porque es una manera muy personal de hacerles reverencia. Quiere ser cálido, pues. Luego de examinarlos hasta saber qué es lo que necesitan, ejecuta su plan de acción entre charlas, silencios, canciones de la vieja radio y esa bulla de afuera que no para.

Al final del día, y tras haber cambiado a cuanto ejemplar se le puso enfrente, guarda sus trastos y se va pensando en los que fueron y los que serán, porque sabe que debe volver. Y aunque no lo dice, tiene la esperanza -esa que le genera el miedo a la soledad- de que al otro día alguien lo estará esperando.

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