La agarró rico, con todo el empeine del pie izquierdo y la mandó al quinto infierno. Bueno, no tan allá, realmente la mandó donde Obdulio, pero como si lo fuera. Allí no había forma de recuperarla, el viejo les metía el puñalito con el mango de cuerno de venado y las mandaba partidas al otro lado de su casa. Así terminó la tarde. A Jonathan le gustaba ver qué tan lejos lograba mandar esas caprichosas pelotas que compraban donde la niña Concha. Ponía todo el empeño en ello, toda la fuerza de sus piernas de defensa de ocho años.

Jonathan pintaba para gran defensor; ay del infantil delantero que osara atravesarse en el camino de su pierna izquierda (la "ñurda", le decía), era seguro moretón y llanto con cojera incluida la que le recetaba. A él nadie le ganaba un balón dividido, un salto para cabecear la bola, un tiro lejano jamás era tan fuerte como cuando salía de su querida "ñurda". Pero como casi todos los buenos augurios, un día mueren. Y el suyo se extinguió cuando alguien le regaló zapatos para jugar. Ahí se fue toda la fuerza, el buen tino, la precisión quirúrgica de aquella fuerza de la naturaleza de ocho años de edad. Los zapatos le comieron el talento a su "ñurda" querida. Y es que solo descalzo se pueden mandar ciertos caprichos al infinito.

1 comentarios:

Sergio Martell dijo...

buenaaa. me gusto, yo tambien tenia una vecina que me partia las pelotas