Se lleva música en los bolsillos mientras se cruza una pasarela, bajás, y alguien lee las últimas páginas de un libro. El pavimento brilla y la ciudad se atraviesa con la belleza de unos zapatos gastados, zapatos que patean piedritas y que atraviesan charcos cuando es tarde y llueve. Son un espectáculo a la resistencia, a los caminos, y al color de las estaciones. Por eso cuando los zapatos se acaban es difícil tirarlos a la basura, se quieren así, porque tienen demasiada historia, son sencillos y entrañables.

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