Maldito seas, Andrés Caicedo.


No hay nada más íntimo que recomendar un libro. Yo podré hablar de lo que creo, lo que pienso, lo que ansío y lo que necesito, pero nunca de lo que leo, es demasiado intrusivo, es demasiado personal. Esto es porque los libros son los únicos objetos materiales a los que vale la pena darles valor sentimental, de ese tan enfermizo que te hace sentir culpable de tener que leer e-books y privarte del olor a libro usado o del placer de quitarle el plástico a un libro vírgen. Es difícil de explicar.

Peor cuando lo que vas a recomendar significa tanto.

A los dieciséis años todo es nuevo: los afectos, los sabores, los minutos y los recuerdos. Nuevas eran también mis clases de inglés y mis intrépidas escapadas a Simán a conseguir libros, lejanos tiempos donde se formaron las filias que hoy siguen sin soltarme. Un sábado en la tarde, me senté en una banca junto a un chero de un curso superior, esperando que dejase de llover. Yo hojeaba una Rolling Stone y él un libro casi a punto de desbaratarse. Como leer mientras llueve es de las cosas que más me gustan en la vida, ni cuenta me di cuando el tipo se fue, pero sí me di cuenta que olvidó su libro en la banca. En la portada había un tipo con cara de hippie nerdo, que tenía la sonrisa más chueca que yo había visto hasta el momento. Como no iba a perseguir al fulano bajo la lluvia, siendo yo una adolescente con culto al rock clásico y a los libros viejos, me quedé a esperar que bajase la tormenta leyendo ese libro más viejo que nuevo y que habría de cambiarme la vida. Con miedo de destrozar el libro, lo abrí y lo primero que leí fue:

Bienventurados los imbéciles, porque de ellos es el Reino de la Tierra

Infección, que inaugura Calicalabozo, sigue siendo el mejor relato que he leído en mi vida: es redondo y es asqueante, pero es perfecto. Mi idea de la narrativa hasta entonces era Cien años de soledad, Un marido ideal y Dublineses. Y sí, siguieron gustándome, pero ni Wilde ni Joyce ni Gabo tuvieron jamás la infinita desesperación por arrancarse la carne que tenía Andrés. Escribía para liberarse, que es la manera más respetable de escribir. Le asqueaba su ciudad, su gente, su estrato social y su mismo ser, sin embargo no podía vivir lejos de ninguna de esas cosas. Andrés, que consideraba que vivir más allá de los 25 era una estupidez, se mató con sesenta pastillas de secobarbital. Tenía, ajá, 25 años. Amaba el cine, el rock y los libros descarados. En sus últimos días no podía tolerar la vida sin marihuana o diazepam, pero aún así tuvo la lucidez de escribir Que viva la música, novela que no es comparable con nada de lo que se escribía ahí, en el pleno epicentro del Boom para entonces. Mientras Vargas Llosa y Gabo hablaban de pueblos fantásticos de mariposas amarillas, Andrés hablaba del hedor de Cali.

La manera de escribir de Andrés es demasiado redonda como para quedármelo para mí sola. Leer Calicalabozo, que es una colección de quince relatos, es leer vida, una apremiante, calurosa e imperfecta vida cuya intensidad te escupe en la cara y te impide dejar de leer. No lo encontré en .pdf en ningún lado y mi ejemplar murió en una de mis tantas mudanzas, pero pueden darle una ojeada -y una hojeada, si quieren- en Google Books. Lo venden en la Librería de la UES ... y en las ESSO. Triste. Cito algo de Infección, que lastimosamente no está completo en ningún lado online:

...Una fiesta con la mamá de la dueña de la casa, que admira el baile de su hijita, pero la muy estúpida no sabe, no se imagina siquiera lo que hace su distinguida hija cuando está sola con un muchacho, y le gusta de veras. Una fiesta donde los más hipócritas creen estar con Dios, maldita sea, y lo que están es defecándose por poder amacizar a la novia de su amigo... piensan en Dios y se defecan con toda calma mientras piensan en poder quitársela.

1 comentarios:

Patrick dijo...

Sencillamente excelente, me tope con este comentario buscando Calicalbozo online.
Que manera poco sutil de escribir la suya. Y si. Maldito seas, Andres Caicedo