La profesión más ingrata de todas las profesiones ingratas en el Tercer Mundo es ser motorista de un bus. Mantener el temple y el buen humor mientras se maneja entre el calor y la multitud de las tres de la tarde en un San Salvador con llovizna es una cosa utópica. En esto pienso cuando veo al motorista del bríoso corcel de a veinte centavos la subida gritar a diestra y siniestra mientras presiona el pito del timón sin parar. Eso y "relajalas, maje".


Suena la segunda sirena del día: una patrulla del 911 enciende sus luces y corren, pero saben que ya van tarde. Al menos eso dice la cara del agente que va de copiloto. De vuelta en el mundo del transporte público, dos bichas de la Nacional tachan a otra, acusada en ausencia, de irresponsable por haberse puesto una Vermagest. Como el ejercicio de hoy es no escuchar música para poder escuchar lo que la calle tiene para decirme, simplemente saco el libro que acabo de comprar y leo, leo y leo. Mientras lo hago, me entero que la irresponsable en cuestión es una promiscua, se ha dado a media facultad de Agronomía. Las universitarias se bajan en Metro y mi chambre se queda a medias. Más caras se suben al bus, caras grises y empapadas de tóxica lluvia tropical. Todos tienen cara de estoicismo.

Es que San Salvador es un infierno incluso cuando llueve.

Ya en la cola del banco, me concentro en mis relatos. Me asignan el número de cliente 175 de la misma manera que el gobierno me asignó el xxxxxxxx-x. La grabación llama al 145. Mientras mi mente escapa hacia los travestis de Cali -la trama del cuento-, llaman mi nombre y me agrada haber vuelto a los tiempos en que no siento pasar el tiempo al leer. Llego a la caja; saludo y pago. Los cajeros siempre se desconciertan cuando la niña con cara de desvelo les sonríe y les dice buenos días-tardes-noches, -inserte nombre del empleado aquí-. Ni hablar de su cara cuando les doy las gracias, es un hit.

Esta juventud que ya no sabe ser cortés, homb'.

Más buses, más gente, más kilometraje (me gusta vagar en buses. Se ven y se escuchan muchas cosas.) Llegar de nuevo a Metro y comprar el esmalte rojo más rojo del universo, junto al tinte menos rojo del universo. Comprar té, un chocolate para mi hermana y champú. Cajero que me ve reprobatoriamente y hace que deje los cigarros en la canasta.

Mñe.

Hambre.

Un par de empanadas que cuestan $1.10, una estafa con pies y platitos de colores. Me gusta el ruido, me gusta escribir con ruido ajeno, la próxima vez que venga al Mister Donut voy a traer la netbook, acá si me fluye, especialmente cuando los tres oficinistas de la mesa de junto se dan vuelta a verle el culo a otra oficinista, especialmente cuando uno de ellos se toca el pene por encima de la tela al hacerlo, especialmente cuando yo estoy ahí con mi croissant junior de pollo, mi libro, mi iPod sin wifi y mis empanadas carísimas viéndolo todo. Sí, cuando vuelva a necesitar salir de casa para escribir algo, voy a venir al Míster Donut a la hora que los oficinistas salen de trabajar.

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