Actualmente estoy escribiendo cuatro novelas. Le dedico varias horas a la semana a cada una. Paso un buen tiempo leyendo para tener un sólido soporte teórico y para saber por qué caminos van mis personajes. He escrito otras antes; algunas son de final feliz, otras han quedado inconclusas. Los personajes vienen a mí y yo sólo les ayudo a atravesar su historia, les ayudo a considerar otras alternativas; yo rara vez puedo decirles qué hacer. El final depende de ellos.

Hay algunas novelas escritas sólo en la voz de, por ejemplo, la anti-heroina. Hay otras en las que cada página tiene valoraciones de personajes secundarios pero fundamentales; su padre dijo esto, su madre cree lo otro, la doctora considera pertinente aquello. Y no importa cómo son las cosas si no cómo las perciben. Una vez a la semana yo meto mi pluma de acuerdo a lo que sé, a las vidas de mis personajes, a lo que me han dicho, a las metas que juntos establecimos cuando sólo existía la página en blanco.

Los personajes y yo tenemos una alianza. Sé que nadie conoce mejor a mi personaje que sí mismo. Iniciamos con lentitud, los pilares de una alianza no se construyen en una sola sentada. A veces me desmoraliza porque hay un bache que no deja que la historia fluya; será que no he investigado lo suficiente, será que algo tiene mi personaje que yo no sé. Pero los pasos, aunque cortos, son consistentes. Y aún los malos días sirven para avanzar.

Hoy fue un buen día. Terminé de escribir un capítulo más de dos novelas. Me quedé con un nudo en la garganta porque, aunque faltan muchos capítulos, están todos los ingredientes para un final feliz...si mis personajes y yo hacemos cada uno lo que nos corresponde. Me emocionó ver que una decisión de último minuto, basándome en mi propio criterio, salvó -por el momento- a un personaje que me agarra tímidamente de la mano. Me asombró ver cómo el cúmulo de información de los capítulos anteriores me permitieron pasarle una caja de kleenex a alguien que se jactaba de no llorar. Hay algunos capítulos que, al finalizarlos, me dejan cansada y un poco nerviosa, con estrés encajado entre los hombros. Otros, me dejan nada más que una sonrisa de satisfacción. La mayoría, una mezcla de ambas.

Cada novela podría ser una película, con un guión plagado de emociones, incertidumbres, golpes y triunfos. Como cualquier otra vida. Pero estas historias no son mías para contarlas. Mi voto de confidencialidad no me lo permite, así que me asombro en silencio de la naturaleza humana. Esa es una de las razones por las que me gusta la psicología clínica. Cada expediente que abro, hojeo y al que le agrego páginas, es una historia que estoy ayudando a escribir, una historia de la que tengo el honor de ser responsable, hasta que se cierra el caso.

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