Seis páginas tamaño carta de color azul, azul. Bien azul. Todas pegadas unas con otras como fondo. Encima va un trozo de cartulina verde, cortado en forma de cono, con el pico apuntando hacia arriba; hay que pasarle plumón verde para énfasis y dibujarles colochos por toda la superficie. Después hay que pegar trozos de algodón sobre el fondo azul, y no está de más colocar una sobre el pico del cono, que pareza que está envolviéndolo. No es toque artístico, suele ocurrir.

Un día yo me voy. O eso desaparece. Pero te dejo el póster, para que recordés la vista desde abajo.

El Salvador esta rodeado de noticias todos los días. Me pongo a pensar en un enorme póster lleno de distintas imágenes, cada una de distinto tamaño, de acuerdo a la "popularidad" del tema. De buen tamaño sería la del Mundial de fútbol. Un poco más pequeña la "movidas" de GANA. Significativa sería la de las lluvias. Pero la más grande sería, no cabe duda, la de la violencia en nuestro país. Tengo amigos que viven en las zonas más peligrosas de nuestro país y a diario arriesgan sus vidas en sus buses y calles. Ellos son como mis hermanos y ver cada muertos por estos lados me quita un poquito de vida.
Al hablar del tema, rápidamente muchos dedos se apresuran a señalar a las autoridades, politizando el tema, criticando sus acciones sin entender, en muchos casos de lo que hablan. 
Otros se animan a "proponer". Y hablan de endurecer las penas e, incluso, de la pena de muerte. Me gustaría saber de algún país donde haya funcionado. Quienes proponen esto ignoran además que tendrían que pasar unos tres años para ver esto hecho una realidad. Se habla además del regreso de Martínez y yo sólo digo 'ajá'.
No faltan quienes crean grupos de Facebook y yo, al verlos, me pregunto en qué se diferencian estos con esos otros grupos que "eSZtán en konTrA de HusAR Kalcetins blanKos kOn sApatos neGros".
Están también quienes piden el regreso de la famosa Sombra Negra. Yo no voy a entregar mi libertad a desconocidos que supuestamente impartirán justicia.
Hace algunos meses salio lo del grupo de don Ramón, para oponerse al pago de la renta. Creo que sólo el que esta bajo esa situación sabe lo arriesgado que es el asunto, yo no puedo pedirle que no lo haga.
Y, en diferentes magnitudes, aparecen los que maldicen, putean, a los criminales, como si a ellos les importara algo.
Creo que hay que proponer y tomar acción. En lo personal, propongo:
  • Poner a trabajar a los presos. Ellos están allí porque tienen una deuda con la sociedad pero se les da de comer y donde vivir, bonita manera de pagar su deuda. Además buena parte de los crímenes se ordenan desde la cárceles.
  • Poner gente capaz en los puestos clave. Soy sincero al decir que el director de la PNC me parece más el abuelito de Heydi que uno de los responsables de dirigir la seguridad en nuestro país. Los directores de los penales son otros que... bueno, sin comentario.
  • Rotación de los guardia de las cárceles. Es una manera de limitar el contacto.
  • Pruebas periódicas de polígrafo a los policías.
Estás son medidas superfluas, lo sé. Están en la libertad de criticar lo que aquí escribo, pero también en la obligación de proponer. Hagamos algo. Qué el póster diario de nuestro país tenga imágenes de paz.
Y finalmente recomiendo leer esto, me puso a pensar en muchas cosas.

*Minutos antes de publicar esta entrada me di cuenta de otra muy interesante y detuve de inmediato la publicación de la presente.Como dije antes, lo que yo propongo aquí son cuestiones vagas. Para algo más concreto por favor lea la entrada de Ligia y la de Virginia.

El descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado. Un accidente con resultados buenos. Ese es el significado del título de este post. Y es el nombre (literal) en español de una película que a mí me encanto desde que la vi. Serendipity.

Aunque entiendo que algunos relacionen la palabra poster con cualquier cromo impreso en papel cuché de su artista, equipo deportivo o banda de música favorito pegado en su cuarto, para mí, esa palabra me hace pensar en las carteleras de las películas que solo suelen verse en las salas de cine.

En Internet aprendí que estas carteleras están disponibles a la venta en varios sitios para cinéfilos. El de la película en cuestión cuesta alrededor de 50 dólares, y eso que no fue un éxito de taquilla, ni tiene actuaciones memorables, es otra “comedia-romántica” más. Pero capto mi atención la frase “de venta” (o “tag line” como suelen llamarlos los gringos) del poster en cuestión: “Destiny ... With A Sense Of Humor.



Sinceramente no creo en el destino. Pero, si me gusta la idea de los “accidentes afortunados”. Por ese tipo de “serendipias” ó chiripas, tenemos a la penicilina y los post-it. Y me gusta pensar, que fue por un accidente afortunado, lleno de humor, por el que conocí a la persona que ahora comparte mi vida. Y por eso, es que me gusta tanto el poster de Serendipity, porque nos veo reflejados, a ella y a mí, como las dos personas que están juntas allí, al fin, con un sentido de estar donde deben estar, después de transitar por las veredas feas de esta vida con otras gentes desperdiciando el tiempo hasta que una chiripa las une y se quedan felices.

No es casualidad, entonces, que en las primeras platicas mientras nos conocíamos, tras preguntarle cual era su película favorita, ella me dijera: “Serendipity”.

No pondría un póster con tu foto, no. No puedo ponerte en una imagen porque sos un borrón en la vida, un paseo fugaz de noches y mañanas; bastante tengo con aquella pared llena de de fotos recargadas de vacíos, de demasiadas frases que me trascienden con la facilidad de los rayos gamma. No estás hecho para ser visto noche a noche ni para salir de estas cuatro paredes esenciales con tu recuerdo como primera evocación del día. No, tu vocación de héroe se cayó un poquito cada sábado por la tarde, tu mejor perfil se quedó en cada cuneta donde arrastraste tu cara, tus mejores frases se hicieron espuma en los labios de las putas que te dieron la espalda cuando te cagaron a patadas. Sos material de páginas amarillas, de rotulitos de "Se busca" en la página izquierda de la sección de servicios sociales, de cuchicheos de compañeros de abrazo fácil y puñalada trapera inmediata.

Eso. No necesito un póster. No puedo ponerte en mi pared. Vos ya estás demasiado presente. No necesito una gran foto tuya porque a vos te llevo tatuado en los recuerdos y el espejo me recuerda que aún con mis negaciones, nos parecemos demasiado.

Actualmente estoy escribiendo cuatro novelas. Le dedico varias horas a la semana a cada una. Paso un buen tiempo leyendo para tener un sólido soporte teórico y para saber por qué caminos van mis personajes. He escrito otras antes; algunas son de final feliz, otras han quedado inconclusas. Los personajes vienen a mí y yo sólo les ayudo a atravesar su historia, les ayudo a considerar otras alternativas; yo rara vez puedo decirles qué hacer. El final depende de ellos.

Hay algunas novelas escritas sólo en la voz de, por ejemplo, la anti-heroina. Hay otras en las que cada página tiene valoraciones de personajes secundarios pero fundamentales; su padre dijo esto, su madre cree lo otro, la doctora considera pertinente aquello. Y no importa cómo son las cosas si no cómo las perciben. Una vez a la semana yo meto mi pluma de acuerdo a lo que sé, a las vidas de mis personajes, a lo que me han dicho, a las metas que juntos establecimos cuando sólo existía la página en blanco.

Los personajes y yo tenemos una alianza. Sé que nadie conoce mejor a mi personaje que sí mismo. Iniciamos con lentitud, los pilares de una alianza no se construyen en una sola sentada. A veces me desmoraliza porque hay un bache que no deja que la historia fluya; será que no he investigado lo suficiente, será que algo tiene mi personaje que yo no sé. Pero los pasos, aunque cortos, son consistentes. Y aún los malos días sirven para avanzar.

Hoy fue un buen día. Terminé de escribir un capítulo más de dos novelas. Me quedé con un nudo en la garganta porque, aunque faltan muchos capítulos, están todos los ingredientes para un final feliz...si mis personajes y yo hacemos cada uno lo que nos corresponde. Me emocionó ver que una decisión de último minuto, basándome en mi propio criterio, salvó -por el momento- a un personaje que me agarra tímidamente de la mano. Me asombró ver cómo el cúmulo de información de los capítulos anteriores me permitieron pasarle una caja de kleenex a alguien que se jactaba de no llorar. Hay algunos capítulos que, al finalizarlos, me dejan cansada y un poco nerviosa, con estrés encajado entre los hombros. Otros, me dejan nada más que una sonrisa de satisfacción. La mayoría, una mezcla de ambas.

Cada novela podría ser una película, con un guión plagado de emociones, incertidumbres, golpes y triunfos. Como cualquier otra vida. Pero estas historias no son mías para contarlas. Mi voto de confidencialidad no me lo permite, así que me asombro en silencio de la naturaleza humana. Esa es una de las razones por las que me gusta la psicología clínica. Cada expediente que abro, hojeo y al que le agrego páginas, es una historia que estoy ayudando a escribir, una historia de la que tengo el honor de ser responsable, hasta que se cierra el caso.

A veces uno se encuentra con alguien y, por costumbre o lo que sea, hace un comentario. El clima, la novia, el trabajo... o algo así como un chiste de apertura. esto ayuda a que la conversación sea amena y la otra persona se sienta en confianza. Pero, ¿qué tal que ese pequeño comentario toque las más intimas fibras de la otra persona por A o B motivo? Imaginen  que van por la calle y se encuentran con algún amigo quien anda con cara llena de cansancio. Ustedes le preguntan '¿Quien murió?', sin saber que hace un par de días ha enterrado a su padre. O, después de mucho tiempo, nos encontramos con alguna amiga y de inmediato le comentamos lo delgada que esta, ignorando alguna enfermedad.
Pues bien, esto se debe a la ignorancia y fue esta misma la que ocasionó el comentario más 'hecho leña' de mi vida. Todo sucedió así:
Al encontrarme con un amigo en la U me contó de inmediato que la ha comprado una memoria USB a su novia. "¡Ah! ¿Para que no te olvide?", contesté sin pensar, como siempre.  Al instante mi amigo, entendiendo el juego de palabras, comienza a reírse y a llorar al mismo tiempo. Ignoraba yo que hacía unas horas ella lo había cortado... De cualquier forma me dijo que a pesar de lo cruel, mi comentario había sido 'el más hecho mierda' y 'matado de la risa' que le habían hecho en su vida. Así que cuidado con la ignorancia, ¿ok?

La profesión más ingrata de todas las profesiones ingratas en el Tercer Mundo es ser motorista de un bus. Mantener el temple y el buen humor mientras se maneja entre el calor y la multitud de las tres de la tarde en un San Salvador con llovizna es una cosa utópica. En esto pienso cuando veo al motorista del bríoso corcel de a veinte centavos la subida gritar a diestra y siniestra mientras presiona el pito del timón sin parar. Eso y "relajalas, maje".


Suena la segunda sirena del día: una patrulla del 911 enciende sus luces y corren, pero saben que ya van tarde. Al menos eso dice la cara del agente que va de copiloto. De vuelta en el mundo del transporte público, dos bichas de la Nacional tachan a otra, acusada en ausencia, de irresponsable por haberse puesto una Vermagest. Como el ejercicio de hoy es no escuchar música para poder escuchar lo que la calle tiene para decirme, simplemente saco el libro que acabo de comprar y leo, leo y leo. Mientras lo hago, me entero que la irresponsable en cuestión es una promiscua, se ha dado a media facultad de Agronomía. Las universitarias se bajan en Metro y mi chambre se queda a medias. Más caras se suben al bus, caras grises y empapadas de tóxica lluvia tropical. Todos tienen cara de estoicismo.

Es que San Salvador es un infierno incluso cuando llueve.

Ya en la cola del banco, me concentro en mis relatos. Me asignan el número de cliente 175 de la misma manera que el gobierno me asignó el xxxxxxxx-x. La grabación llama al 145. Mientras mi mente escapa hacia los travestis de Cali -la trama del cuento-, llaman mi nombre y me agrada haber vuelto a los tiempos en que no siento pasar el tiempo al leer. Llego a la caja; saludo y pago. Los cajeros siempre se desconciertan cuando la niña con cara de desvelo les sonríe y les dice buenos días-tardes-noches, -inserte nombre del empleado aquí-. Ni hablar de su cara cuando les doy las gracias, es un hit.

Esta juventud que ya no sabe ser cortés, homb'.

Más buses, más gente, más kilometraje (me gusta vagar en buses. Se ven y se escuchan muchas cosas.) Llegar de nuevo a Metro y comprar el esmalte rojo más rojo del universo, junto al tinte menos rojo del universo. Comprar té, un chocolate para mi hermana y champú. Cajero que me ve reprobatoriamente y hace que deje los cigarros en la canasta.

Mñe.

Hambre.

Un par de empanadas que cuestan $1.10, una estafa con pies y platitos de colores. Me gusta el ruido, me gusta escribir con ruido ajeno, la próxima vez que venga al Mister Donut voy a traer la netbook, acá si me fluye, especialmente cuando los tres oficinistas de la mesa de junto se dan vuelta a verle el culo a otra oficinista, especialmente cuando uno de ellos se toca el pene por encima de la tela al hacerlo, especialmente cuando yo estoy ahí con mi croissant junior de pollo, mi libro, mi iPod sin wifi y mis empanadas carísimas viéndolo todo. Sí, cuando vuelva a necesitar salir de casa para escribir algo, voy a venir al Míster Donut a la hora que los oficinistas salen de trabajar.

Este es un blog colectivo. Seguramente, si no lee mi blog personal, no sabrá que yo soy una quejumbrosa de primera. O quizás sí lo sabe, pero no sabe qué tanto.

Entonces aquí hay una lista de cosas mías, muy mías que no pidió saber, pero en aras de que me expongo aquí como la que soy, porque de eso se trata esta semana empezaré:

1. Creo en pocas cosas pero creo en muchas. Algo así como el que mucho abarca poco aprieta. No creo que un solo dios que monopolice mis creencias, sino más bien, creo en un poco de todo y no dejo de creer. Creo que el ser humano es muy imperfecto para ser dueño y señor y que todo el universo es superior a él. Y también creo en las corazonadas, en las supersticiones, en el amor al prójimo y un poco en la astrología.

2. Soy esencialmente racional, pero estoy loca. Soy calculadora. Calculo costos y beneficios. Ajá, sí, pinche economista neoliberal, podrían decir. Aunque mis ideales están más bien a la izquierda. Por otro lado, hablo conmigo misma, en voz alta. Canto en momentos inoportunos y "no tengo filtro", me salto muchas convenciones sociales (eufemismo para decir que soy bien salida y digo y hago cosas que no son socialmente aceptables).

3. Soy ególatra, melómana megalómana y sin embargo pareciera que siempre tomo las peores decisiones para mi bienestar. ¿Qué decir? Nada.

4. Soy despistada pero detallista. Se me olvida el día que es. Las horas. Si pasa una mosca me distraigo. Pero en esa manera de distraerme encuentro cosas bien divertidas, aunque me haya perdido el hilo de una conversación. Y entonces me puedo reír. Ajá, y estoy platicando con usted y vi una cosa que me recordó otra que me recordó otra y me da risa. No es personal... es sólo que mi mente como dice U2, se mueve de manera misteriosa.

5. Me veo menor de lo que aparento y suelo aprovecharme de eso.

6. Soy nerd pero ay cómo me gusta la fiesta y el baile. Me divierto estudiando, leyendo poesía, gritando al hablar, haciendo el ridículo y bailando salsa.

7.  Soy dulce... mientras no me hagan enojar. Y hacerme enojar es tan variable, que a veces sólo se necesita el aleteo de una mariposa. Soy explosiva y suelo ser hiriente. Bastante.

8. Pienso que los colores  combinan con los olores. Sufro porque, en esta pobreza estudiantil, ya no tengo la gama de cremas y perfumes que tenía antes y siento que ando descombinada al vestirme con ciertos colores.

9. Mi familia es lo más importante en mi vida.

Hoy ya sabe demasiado de mí. Pondré algo para rastrear a cada uno de los que haya leído este post, encontrar algo sumamente vergonzoso y chanteajearlo.

Agony can kill
or
agony can sustain life

(Bukowski)

Escribo en cinco blogs. Y posiblemente escriba para un sitio más.

Comenzó todo con Alta Hora de la Noche. Fue el primero, vino en algún momento cuando yo iba a finalizar mi carrera universitaria. Inició como una cosa muy personal y acabó siendo una plataforma para alzar la voz sobre mi país. En algún momento dejó de serme agradable escribir un día sobre un candidato a alcalde que hacía desfiles de circo y al siguiente sobre mis rollos de existencia. Ahí tuvo que desprenderse de mi esa parte y nació Un Tal Self, para hablar solo de mi y de mi mundo más privado. Antes había surgido la dea de escribir desde la psicología, sobre la realidad del país y así nació Psicoloquio, un esfuerzo conjunto con Ligia (quien además postea más que yo allá) y que sigo soñando con hacerlo crecer hasta que se vuelva no solo nuestro. Luego vino Campo Pagado y el reto de hacer algo semana a semana, y de intentar hacer algo diferente a los otros blogs, de intentar poner el acento en lo literario antes que en la opinión o en la vivencia. Y luego llega Hunnapuh y me invita a colaborar cuando pueda, cosa que me halaga y me angustia un poco por lo que representa dicho blog y su repercusión. Así son mis cinco caras bloggeras.

Hace poco me preguntaba alguien porqué escribía en un blog, qué era lo que me mantenía allí. Y le dije que escribir en el blog en algún momento me salvó de la locura, de la muerte. Virginia dijo una vez algo así como que uno escribe para no morir. Mis pequeñas agonías de cuatro años atrás, que hoy puedo ver cuando quiera me recuerdan pequeños momentos de mi vida en que me debatía por dejar todo o seguir luchando. Escribir en ese momento me puso las cosas claras. Yo soy alguien que ordena mejor su pensamiento expresándolo y así lo he venido haciendo. Recibir retroalimentación lo hace más completo, aún cuando no sea siempre correctamente interpretado, aún si recibo una puteada y no un halago.

Cada semana trato de atenderlos todos estos pedazos de mi que voy dejando de manera pública, como si fuera repartiendo pequeños avisos casa por casa. En todos queda un poquito de mi, principalmente porque todos se alimentan de mis pequeñas agonías: mi vida, mi país, mi vocación, mi gusto por las letras, mi compromiso por darle un sentido a la capacidad de poner todo en palabras y líneas.

Con todo y que me guste hacer esto, no es fácil. Es una ingrata labor tener que plantarme vez a vez frente a un cuadro en blanco para poner todo en orden, para hallar la frase exacta, el título correcto, la referencia adecuada o la imagen que encaje. Sin embargo esa pequeña agonía mantiene vivo a una parte de mí que me hace distinto a mucha gente. Una parte de mi que a veces es lo más auténtico que tengo. Y si usted viene y me dice algo al respecto, es como ponerle un par de semillas de tamarindo en la jalea a la minuta.


P.D. Esta semana nos pedían: "Escribamos un post normal, de los que aparecerían en sus blogs. Así no sufren." En alguna parte podía aparecer esto. Digo yo.

No recuerdo en qué grado vi la película, sé que fue para una clase de filosofía. Esa película fue una ruptura en mi vida, por más razones de las que me atrevería a enumerar aquí. Pero como dice Chuck Palahniuk, el autor: antes de la película, hubo un libro*:


"Sólo fue una historia corta. Fue sólo un experimento para matar una tarde lenta en el trabajo. En lugar de llevar a un persona de escena a escena en una historia, debía haber una forma de sólo- cortar, cortar, cortar. Saltar. De escena a escena. Sin perder al lector. De mostrar cada aspecto de una historia pero sólo el núcleo de cada momento. Un momento esencial. Luego otro momento esencial. Luego, otro".
Personas que no han visto la película ni leído el libro conocen al menos las dos primeras reglas del Club de la Pelea. Y lo que tiene Palahniuk en sus libros, aparte de hilarante, perturbador y cínico, es que es sumamente certero para hacer frases que te golpean, frases que querés sacar del libro y mandar a enmarcar para ponerlas en la sala de tu casa. Lo que tiene, es que te habla de situaciones curiosas, como tener grasa humana en la refrigeradora, sentarse en la Mano de la Perfección por un segundo, como hacer napalm, parar una quemadura química con saliva, y cómo los primeros jabones están hechos a base de héroes.

Mi primera copia de Fight Club fue robada. Se la presté a quien(es) actualmente funge(n) como Tyler y el Narrador en las páginas de mi marginal vida como Marla, sin que yo atine adónde termina uno y comienza el otro. Le(s) sacaron el libro del bolsón, dentro de su propia casa; me encabronó, pero no tanto. En un país con tanto desdén hacia las letras, qué lujo que alguien aprecie tanto un libro como para robarlo. Espero que de verdad lo aprecie. Bueno, decía, mi primera copia estaba subrayada, que es lo que me hubiera servido aquí.

Pero inexistentes muestras del libro aparte, lo leo porque soy el Narrador en proceso de auto-destrucción. A veces soy una Marla, a veces un Tyler Durden en ciernes. Por lo general, soy el corazón roto de Jack**, su encolerizado conducto biliar, y su inflamada sensación de rechazo. Nunca me han reventado la boca (excepto por la vez que me dieron un pelotazo y encima usaba frenos), pero entiendo. Entiendo muchas cosas. Eso de "no cuentas nada porque el club de la pelea sólo existe en las horas entre las que el club de la pelea comienza y el club de la pelea termina". Eso de conocer a Tyler Durden, de amarlo, de que él se apunte el arma hacia sí mismo, aprete el gatillo y seás vos quien se muere. Eso de alcanzar momentos sublimes en los que "nada se resuelve, pero nada importa". Eso de dejar papeles personales en la fotocopiadora y el escáner de la oficina. Eso de volver sobre mis pasos y preguntarme si yo hice eso.

"El Club de la Pelea no es sobre ganar o perder peleas...no es sobre verse bien. Hay gritos histéricos en lenguas como en la iglesia, y cuando te despiertas el domingo por la tarde te sientes salvo".
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* La portada es la edición que tengo; no he encontrado edición en español, pero honestamente, no la he buscado. El primer fragmento citado es del prólogo, escrito por el mismo Palahniuk; el segundo fragmento es de la historia.
** En el libro es Joe; "I am Joe's broken heart". Dejé Jack porque así lo dicta la cultura pop.

Tal vez usted ya la conozca sin conocerla. Tal vez hasta ya haya caído rendido ante sus exquisitos perfiles femeninos. Tal vez admire a una de sus heroínas sin saberlo. Es mi querida Jane, y su Lizzy Bennett, las hermanas Elinor y Marianne Dashwood, la melancólica Anne Elliot y la engreída Emma Woodhouse. 

Cada vez que me preguntan por qué me gustan tanto las novelas de Jane Austen me quedo en blanco. Sé por qué me gustan, pero no lo sé explicar. Si es por el romance o por el inglés de finales del siglo XVIII (Oh, how delightful dear!), aún no me logro decidir.

Creo que la obsesión se reduce a los personajes y las relaciones entre ellos: los amas o los desprecias, pero sus historias te mueven y, a menos que seas el Grinch y estés en un régimen estricto para evitar que el corazón te crezca, te tocan una fibra.

De todas las obras, permítame recomendarle 3: 

En Orgullo y Prejuicio, sigue entre líneas el debate interno de Mr. Darcy por admitir a sí mismo que está enamorado de alguien que no es de su consecuencia en la vida y su intempestuosa declaración de amor da un sobresalto al lector: "In vain have I struggled, it will not do, my feelings will not be repressed. You must allow me to tell you how ardently I admire and love you".

En Sensatez y Sentimiento, tal vez se identifique con la reservada Miss Dashwood que tiene que guardar la confidencia que le hace "la otra" acerca de su compromiso secreto con el hombre de quien ella está enamorada; sin poder compartir con nadie más su desdicha. O con la enamoradiza Marianne, que descubre que el hombre que ama prefiere casarse con otra por su dote, a pesar de corresponder su afecto.

En Persuasión, ansías el reencuentro de Anne y el Capitán Wentworth, separados 8 años atrás por un mal consejo acerca de la desventaja de la relación, y dudas hasta las últimas páginas si el Capitán podrá dejar a un lado su ego herido y tratará de ir tras Anne ahora que ambos están en una mejor posición para estar juntos. Y si Anne será capaz de ser firme y defender su amor.

Esto es lo que leo, cuando ando en modo ladylike on.

PD. Si los títulos le suenan, probablemente ha visto las películas o mini series de televisión. Algunas versiones son muy apegadas a la literatura, como la mini serie de 5 horas que la BBC hizo para "Orgullo y Prejuicio", y la oscarizada "Sensatez y Sentimiento" de Ang Lee y Emma Thompson. Incluso Gwyneth Paltrow es rescatable como "Emma". Pero, hágase un favor: jamás diga que conoce a Jane Austen si lo único que ha visto es la versión de O&P con Keira Knightley.

Por lo general, cuando hablo con alguien sobre libros, recomiendo este. Es  un libro de estilo sencillo, tranquilo, como una platica. Me gusta porque me ayudó a entenderme y, en buena medida, entender a otros.
Como decía en mi entrada de la semana pasada, yo no sabía cómo conectarme con mi lado creativo. Fue hasta que me regalaron este libro que supe como hacerlo o, al menos, intentarlo.
Entendí que el oficio de escribir es de los más solitarios del mundo, que los demonios no lo dejan tranquilo a uno hasta que sacamos parte de ese universo de nuestro interior. Pero principalmente entendí que hay una parte dentro de nosotros que es incontrolable, como una fuerza de la naturaleza: nuestra imaginación, la loca de la casa.
Por eso les recomiendo que lean este libro de Rosa Montero.


Maldito seas, Andrés Caicedo.


No hay nada más íntimo que recomendar un libro. Yo podré hablar de lo que creo, lo que pienso, lo que ansío y lo que necesito, pero nunca de lo que leo, es demasiado intrusivo, es demasiado personal. Esto es porque los libros son los únicos objetos materiales a los que vale la pena darles valor sentimental, de ese tan enfermizo que te hace sentir culpable de tener que leer e-books y privarte del olor a libro usado o del placer de quitarle el plástico a un libro vírgen. Es difícil de explicar.

Peor cuando lo que vas a recomendar significa tanto.

A los dieciséis años todo es nuevo: los afectos, los sabores, los minutos y los recuerdos. Nuevas eran también mis clases de inglés y mis intrépidas escapadas a Simán a conseguir libros, lejanos tiempos donde se formaron las filias que hoy siguen sin soltarme. Un sábado en la tarde, me senté en una banca junto a un chero de un curso superior, esperando que dejase de llover. Yo hojeaba una Rolling Stone y él un libro casi a punto de desbaratarse. Como leer mientras llueve es de las cosas que más me gustan en la vida, ni cuenta me di cuando el tipo se fue, pero sí me di cuenta que olvidó su libro en la banca. En la portada había un tipo con cara de hippie nerdo, que tenía la sonrisa más chueca que yo había visto hasta el momento. Como no iba a perseguir al fulano bajo la lluvia, siendo yo una adolescente con culto al rock clásico y a los libros viejos, me quedé a esperar que bajase la tormenta leyendo ese libro más viejo que nuevo y que habría de cambiarme la vida. Con miedo de destrozar el libro, lo abrí y lo primero que leí fue:

Bienventurados los imbéciles, porque de ellos es el Reino de la Tierra

Infección, que inaugura Calicalabozo, sigue siendo el mejor relato que he leído en mi vida: es redondo y es asqueante, pero es perfecto. Mi idea de la narrativa hasta entonces era Cien años de soledad, Un marido ideal y Dublineses. Y sí, siguieron gustándome, pero ni Wilde ni Joyce ni Gabo tuvieron jamás la infinita desesperación por arrancarse la carne que tenía Andrés. Escribía para liberarse, que es la manera más respetable de escribir. Le asqueaba su ciudad, su gente, su estrato social y su mismo ser, sin embargo no podía vivir lejos de ninguna de esas cosas. Andrés, que consideraba que vivir más allá de los 25 era una estupidez, se mató con sesenta pastillas de secobarbital. Tenía, ajá, 25 años. Amaba el cine, el rock y los libros descarados. En sus últimos días no podía tolerar la vida sin marihuana o diazepam, pero aún así tuvo la lucidez de escribir Que viva la música, novela que no es comparable con nada de lo que se escribía ahí, en el pleno epicentro del Boom para entonces. Mientras Vargas Llosa y Gabo hablaban de pueblos fantásticos de mariposas amarillas, Andrés hablaba del hedor de Cali.

La manera de escribir de Andrés es demasiado redonda como para quedármelo para mí sola. Leer Calicalabozo, que es una colección de quince relatos, es leer vida, una apremiante, calurosa e imperfecta vida cuya intensidad te escupe en la cara y te impide dejar de leer. No lo encontré en .pdf en ningún lado y mi ejemplar murió en una de mis tantas mudanzas, pero pueden darle una ojeada -y una hojeada, si quieren- en Google Books. Lo venden en la Librería de la UES ... y en las ESSO. Triste. Cito algo de Infección, que lastimosamente no está completo en ningún lado online:

...Una fiesta con la mamá de la dueña de la casa, que admira el baile de su hijita, pero la muy estúpida no sabe, no se imagina siquiera lo que hace su distinguida hija cuando está sola con un muchacho, y le gusta de veras. Una fiesta donde los más hipócritas creen estar con Dios, maldita sea, y lo que están es defecándose por poder amacizar a la novia de su amigo... piensan en Dios y se defecan con toda calma mientras piensan en poder quitársela.

Wordle: Libros
Dele clic

He leído poco, pero he leído mucho. Soy mujer de re-leer libros. ¿Qué títulos reconoce? Son mis favoritos o bien históricos porque no pensaba leer (un caso), que me duelen, que me gustan, que releo. Otros son clásicos, otros nomás porque todos los leen.

(La aplicación quita preposiciones y artículos, así que también tiene que usar un poco su imaginación)

:)

Hace poco tuve que deshacerme de mi librera. Una de esas libreras gringas hechas de madera de mentira (porque es en realidad aserrin compactado con algún pegamento fuerte y al que se le da forma de tablas y se le recubre con melamina), pero que sirvió durante algún tiempo, pero que no está hecha para durar con estas humedades y casas con goteras.

Así que tocó poner todos los libros en mi cama (cosa que me dio cierto orgullo al ver que todas esas columnas de libros que cubrían mi cama ya habían sido leídos por este ser humano) y además, tocó buscar lugar para todos los libros y ordenarlos de modo que fuera improbable que alguna pila de ellos se cayera por sí sola en algún momento de la madrugada, evitándole el trabajo a mi imaginación de hacerse a la idea de que convivía con el fantasma de la librera podrida o algo por el estilo.

Ordenar libros es un asunto particular, porque uno puede elegir algun modo pre establecido (de pequeño a grande, de grande a pequeño, por temáticas, por títulos, por autores, a la vale verga, etc.) Yo los ordené de grande a pequeño, pero hay una serie de libros que dejé encima pese a su tamaño. Hay tres de ellos que están en mi mesa de noche, al alcance de mi mano. Uno de ellos es éste libro de Frankl, un libro que narra su experiencia como psicólogo prisionero en un campo de concentración durante la segunda guerra mundial. No es un libro de psicología, pero encierra grandes temas que aborda esa ciencia en la que estoy titulado. No es solo un libro testimonial. En todo caso es un testimonio humano que trasciende los hechos y pone en relieve cuestiones grandes como el sentido de la vida, del sufrimiento, de la bondad y la maldad humanas.

¿Porqué ocupa un lugar en mi mesa de noche? Porque hay ocasiones que necesito recordar frases de mi ideario personal a las que se les desvanecen las palabras por las circunstancias que se atraviesan. Yo leo este libro cada tanto, así como vuelvo a Whitman o a Cuentos de Cipotes. Pero me quedo con éste porque anoche lo he leído una vez más, para recordar algo que dice sobre el sufrimiento.

Victor

Cómo tomar una decisión es una decisión en sí misma.
Se decide si hacer o no una lista de pros y de contras.
Se decide si consultar a un amigo o no, y si la respuesta es sí, a quién de todos pedirle consejo.
Se decide si es el mejor momento para tomar esa decisión o no.
Se decide si se espera, y si se espera, hasta cuándo es prudente seguir postergándolo.
Los analíticos deciden si seguir la razón; los perspicaces, si los instintos; y los románticos, si el corazón.
Hasta para actuar como uno u otro se tiene que decidir.

A veces incluso se decide no pensar para decidir.
O se decide ser indeciso. O no. O tal vez sí. O quizás no.

Es cuestión de tomar una decisión a la vez. Que de un sí o un no dependen muchos futuros "si sí" y "si no", y no se puede andar por la vida con trastorno decisivo compulsivo.
O tal vez sí. O quizás no.

Por el momento decido darle "Publicar entrada".

Sí. Bien Raquel, superaste una decisión más.

Un viernes uno se encuentra con algo roto en la calle
uno decide recogerlo porque es hermoso
hermoso como una ruina
uno se lo lleva a casa
y ya en la casa cuando es tarde
se deshace en la mano
se vuelve negro
y uno sabe que
se ha roto el cielo.

A diferencia de muchas personas que desde muy pequeños saben lo que quieren hacer de  sus vidas, yo llegué a mi último año de bachillerato sin saber qué iba a ser de mi. Quería estudiar una carrera universitaria, eso era seguro, pero cuál. Mi primera opción era Diseño Gráfico. No sabía mucho de ello pero me llamaba mucho la atención. Sin embargo, para ese entonces no sabía muy bien como conectarme con mi lado creativo y eso me hacía sentir muy inseguro. Por la misma razón descarté Letras: hasta ese momento no había escrito jamás un cuento o algo.
Otra área que me llamaba fuertemente la atención era la de Ingeniería. Durante el bachillerato, y quizás desde antes, a uno lo orientan por esos lados. Además mi hermano estudiaba Ingeniería Industrial. 
Por aquella época la Ingeniería en Sistemas era el 'boom', por lo que me decidí por ella. Un error grande siendo mi único criterio de decisión el hecho de 'que no me llevaba tan mal con las computadoras'. Hice, para fundamentar mi decisión, un examen vocacional. Obvio, me recomendaron que estudiara Sistemas: yo ignoraba que las recomendaciones se basaban principalmente en la oferta académica de la Universidad que realizaba la prueba.
Luego venía otro problema: ¿en qué Universidad iba a estudiar? Sin conocer yo mucho de ella, un amigo me comentó que había comenzado el proceso de admisión de la UES. Me gustó, y sin buscar otras opciones, me decidí a entrar.
Fue así como, ya en el 2003 comencé mi carrera Universitaria, ignorando que unos nueve meses después estaría realizando los trámites para cambiarme a Ingeniería Industrial, pues no me sentía en mi charco.
Ahora, en el tramo final de mi carrera, me siento satisfecho. Sin embargo, recuerdo esas opciones que se presentaron ante mi en mí último año de bachillerato y veo que los obstáculos que sentía en aquel entonces han desaparecido, y les sumo además Periodismo.
Tengo casi 25 años y ciertas noches me preguntó sí habré tomado la decisión correcta, sí hubiera sido bueno dejar a un lado mis temores...
Dicen que no es bueno lamentarse por la leche derramada, así que estoy contento con lo hecho hasta ahora pero sé que no le haré mala cara a cualquier cambio de rumbo, a cualquier oportunidad.



Todos los días a todas horas tomamos decisiones. Desde el momento que se levanto esta mañana de su cama hasta el momento en el que empezó a leer este blog, tomo decisiones, si bien, no todas conscientes. Pero su ropa, su perfume, peinado y accesorios que lleva (o no lleva) puestos son parte de esas decisiones.

De allí que puede decirse que la mayoría de las decisiones que tomamos en la vida son intranscendentes, son las de rutina. Tortilla o pan, horchata o tamarindo, zapatos negros o cafés.

Pero, hay otras decisiones que representan verdaderas bifurcaciones en el camino de la vida. Cualquier cosa que seleccionemos en ese tipo de decisiones, nos llevara a lugares desconocidos para nuestra alma, mente y pensamientos. Ejemplo de ese tipo son las que tienen que ver a que vamos a dedicarnos, que queremos estudiar, con quien vamos a casarnos o acostarnos, entre otras.

Sin embargo, en este campo parece que algunos son reticentes a seleccionar de una manera clara y contundente. Tienden a dejar pasar el tiempo, esperando quizás que algo les ilumine la mente o el corazón y les indique que hacer. Son personas indecisas. Otras, importunan a otros con insistencia preguntando que harían en su caso, escuchan y toman una decisión inseguras si eso es lo que ellas mismas hubieran decidido o siguen alargando las cosas, preguntando a otro u otra más que harían en su caso.

Cada quien lleva la vida como puede o como quiere, y no pretende ser este post nada que se parezca a Cesar Gúzman o Coehlo. Nada mas pienso que la indecisión no es algo bueno, porque nos hace perder un recurso que si bien imaginamos infinito siempre es escaso, el tiempo. Darle largas a un asunto hace que perdamos el tiempo y se lo hagamos perder a otros, quizás personas a quienes estimemos.

Quien no toma una decisión por miedo a equivocarse o inseguridad si esta haciendo lo mejor, olvida que el siguiente paso después de decidirse es no volver atrás, ni ver para abajo. O sea, no ser la mujer de Lot ni Pedro.

Quien toma una decisión debe estar dispuesto a afrontar las consecuencias positivas o negativas de su acción. Siempre las hay. Algunas veces, las mas, serán positivas, si uno de verdad, se toma el tiempo, no a dejarlo pasar, sino a considerar las opciones con claridad. El consejo de otros siempre es útil, pero no determinantes ni concluyentes para considerar esas opciones. Y a veces, las consecuencias serán negativas o dolorosas. Y claro, habrá tiempo para llorar, condolerse, tener un tiempo de duelo después de un resultado malo, pero también siempre habrá tiempo para levantarse y seguir.

Cuando se toma una decisión mala y se experimentan consecuencias no deseadas, siempre habrá el tiempo para tomar otras decisiones, que corrijan el rumbo y minimicen los resultados malos.

Así que no vacile. Tómese el tiempo para hacer la lista famosa de los “pro y los contras”, háblelo con sus íntimos y allegados y teniendo todo eso conjuntado, tome una decisión y póngase a trabajar lo más duro que pueda para que esa opción tenga éxito olvidando las opciones que antes considero. Si las cosas salen como ud. quería será feliz y habrá ganado inmensas dosis de seguridad y auto-estima. Siempre es bueno quererse uno mismo.