Abro un ojo y vuelvo a cerrarlo. De pronto, al sentir el sol pegándome en la cara, salto de la cama. Son las seis y ya voy tarde. Mientras corro hacia el baño me  pregunto que qué habrá pasado con el tipo que religiosamente me despierta a las cinco y media con el ruido de su destartalado bus, ¿acaso tiene que hacer tanto ruido y despertar a medio edificio?
Llego al baño y, oh sorpresa, no tendré que bañarme con el agua fría del barril: el agua esta cayendo. Llegaré tarde al trabajo pero no con residuos de jabón en el cuello esta vez. Me baño. Corro a buscar mi ropa y misteriosamente la encuentro completa, planchada y doblada. Me la pongo sin pensar mucho en que por fin la señora que llega a lavar y planchar la ropa había entendido como hacerlo.
Corro como loco hasta el parqueo del edificio seguro que, como siempre, encontraría los vehículos de medio vecindario justo frente al mío... pero me equivoco, no hay ninguno y esto me comienza a parecer sospechoso. Introduzco la llave para encender el motor y lo hace sin problema, alimentando aún más mi curiosidad.
Salgo a la calle y me preparo psicológicamente para pelear con el tipo de la 44 que cada mañana me impide el paso, siempre el mismo en el mismo lugar. Llego pero no esta, de hecho, no hay nadie. Y todos los semáforos en verde.
Llego a mi lugar de trabajo y ni siquiera el vigilante ha llegado, tan temprano era.
Me siento en la entrada, aún con desconfianza por todo lo que me acaba de pasar. Le doy vueltas a la idea, pienso. Finalmente decido olvidar toda mi desconfianza y, por fin, me convenzo de que mi suerte estaba cambiando e, incluso, me permito pensar en ese tan ansiado ascenso. En eso veo a un niño vendiendo periódicos. Debido a mi felicidad le compró uno, pensando que como me había ido tan bien que... ¡mierda! La primera plana del periódico dice, en letras pequeñas, algo que nunca pasó por mi cabeza. Me voy a mi casa a seguir durmiendo, mañana lunes seré despertado por el ruido de un destartalado bus.

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