Me faltan cuarenta años para morirme. Va a pasar un jueves, mientras esté sentada debajo del palo de guayaba, leyendo El Diario de Hoy. Un jueves soleado de noviembre, en una de esas tardes donde el viento se lleva las nubes hacia el occidente, un jueves de noviembre a las cinco de la tarde. A lo mejor a las cinco y diez. Anotá, Adriana, yo sé lo que te estoy diciendo.


Para entonces seré una adulta mayor de sesenta y tres años, con los ovarios secos y la animosidad erguida. Tendré el cabello blanco, la cara llena de surcos y el corazón con cicatrices queloides. Tendré dos gatos. Tendré una pensión risible. Tendré certezas. Tendré vejez. Dejá de chillar, vos, si faltan cuarenta años.

Quiero que escribás de la manera más clara posible que yo no quiero negro ni café ni llantos en mi velatorio: yo quiero ron y cumbia y risa. Quiero gente imprudente fornicando en las esquinas oscuras, quiero peleas en las esquinas, quiero que los vecinos llamen a la policía porque los carcajeantes hacen demasiado ruido. Quiero que repartan entre ellos lo único que atesoro: mis libros. No me importa quién quiera qué ni si se van a matar por ello, repartilo todo, Adriana, que al Infierno no te permiten llevar maleta de mano.

Si dejases de llorar, te darías cuenta que moriré con mi vida redonda: los pulmones encenizados, las arterias bloqueadas, el cabello blanco y los afectos impolutos. Los libros repartidos, el corazón enmendado, las articulaciones desgastadas, los ojos cansados. ¿Ahora te imaginás mi entierro? Sí, cenizas: si al polvo volveré, es mejor hacerlo rápido. Aventá mis cenizas en las orillas del Río Sapo o donde te dé la gana, al fin y al cabo polvo es. Ahora pongámonos serias por un momento y hablemos de dinero.

¿Sabés qué? Creo que mejor me muero dentro de sesenta años. Yo no confío en vos.

1 comentarios:

iba pasando dijo...

Que triste morir leyendo el Diario de Hoy...