Aquí, en los 2.25 x 3 mts2 de mi soberanía, se divisan diferentes accidentes geográficos. Al ingresar al territorio: una planicie acolchonada que en este preciso momento me invita a dormir, aunque mis ojos traten de resistirse a la tentación. Si mi cabeza se posara sobre las montañas mullidas de sus almohadas, tal vez no saldría tan bien librada.

Al lado, una mesa plegable -que últimamente nunca pasa plegada-, sobre la cual se eleva un peñasco que desafía la ley de la gravedad al apilarse ahí objetos de distintas formas, tamaños y pesos uno sobre el otro. En el otro extremo, una pequeña silla le hace la competencia para ver cuál de las dos acumula más chunches, pero pierde la batalla por unos cuantos centímetros.

Opuesto a la cama, un tocador bajito con su banco -heredado de no me acuerdo quien-, que sirve de valle adonde van a parar más y más chunches, cajitas y botecitos en su mayoría. La verdad es que no sé para qué está aquí, sino es para ponerle cosas encima o adentro de sus gavetas, porque tengo meses de estar peleada con el espejo y no fui a las clases de "Cómo ser señorita".

A la par, en la cima de un gavetero remodelado por mis propias manos de DIY wannabe, un televisor que anima con su bulla los pocos ratos que paso aquí: cuando ya me voy o cuando ya vengo. Al interior de las gavetas no queda terreno virgen: ¡está lleno de más chunches! (aunque relativamente organizados, si me permito decirlo).

No es un terreno vasto. No. Pero me basta y sobra con que sea solo para mí. Mi propiedad privada, aunque no tenga la escritura ni dejen de entrar y salir las otras inquilinas.

PD. No sé qué es más accidentado, si el desorden de mi cuarto o la redacción de esta entrada.

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