A la derecha un estante metálico. Abajo tiene una caja con varias peliculas que no he visto y mi papá compra de manera cuasi compulsiva o al menos irreflexiva cada vez que un vendedor de dvd's pirata se le acerca. A la par de la caja el case de mi computadora, el de antes, esperando una reparación que nunca llega. Arriba de ellos el scanner y la impresora. En el estante de arriba, diccionarios varios, libros de historia; arriba de eso la colección de National Geographic en español. Atrás hay un póster de Monseñor Romero en blanco y negro con la frase lapidaria de Ellacuría: "Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador".  A la par un viejo cuadro con un reconocimiento del Ateneo Salvadoreño a mi papá por un ensayo sobre Alberto Masferrer, no le dieron el primer lugar porque era muy subversivo el ensayo y diocuarde. A la derecha, siempre en la pared, dos cuadros que le regalaron a mi papá uno sobre otro; atrás de uno de ellos hay un reconocimiento a su colaboración en una actividad científica, una de tantas. Luego sigue la ventana que da a la bodega y a la que los ratones le carcomieron la tela contra los zancudos en la parte más baja. En esa pared está un escritorio que he tapado con una colcha vieja y que tiene bolsas con papeles, espuma para hacer cojines y otro cachivachero diverso. A la par una caja de plástico con tela que mi mamá dice ocupará alguna vez para hacer nueva ropa de cama.

Luego sigue la pared que tengo a mi espalda. Esta cubierta por otros tres estantes metálicos Todos tienen libros y folletos médicos, algunos de los '70 que no he botado porque tienen algún valor histórico, digo yo. Sobre los estantes cajas con cassettes de cosas religiosas de mi mamá, aparatos electrónicos que comprara alguna vez mi papá. Allí una vez hallé un pequeño folleto con un cuento o parábola que buscaba despertar la conciencia del lector sobre la explotación a los obreros y la necesidad de la acción guerrillera. Literatura pro-revolucionaria entre textos de anatomía.

En la siguiente pared, otro estante metálico gris, de dos metros de alto por uno de ancho. Arriba un aparato para hacer sopa de patas, o pedicure, que les gusta decirle. Abajo los álbumes de fotos de la familia. Abajo materiales diversos que mi mamá usa para hacer manualidades. En la esquina que forma ese estante con el de la pared previa, hay una maleta, otra caja con tela y ropa que se usa excepcionalmente. Luego un recipiente para la ropa de planchar, y otras dos cajas plásticas para ropa que también es susceptible de ser planchada. Casi siempre están vacías y la ropa queda afuera. Luego, siempre sobre esa pared, está el arreglo que hice para poder conectar otro foco y el polo a tierra.

Luego sigue la puerta y a la derecha, el revistero que he cubierto con una vieja cortina y que me sirve para poner libros y papeles que están en uso mientras alguien de la familia está en la computadora. Luego sigue el escritorio de la computadora. El monitor que tiene ya bastantes años y que nunca tuvo base propia y le he hecho una con viejas revistas de computación. Los parlantes que me costaron 50 dólares y que conservo desde que estaba en la universidad. El CPU que alberga dos discos duros de 320 GB, uno con 100 GB de música y el resto para películas y fotos, el otro con los sistemas operativos. Atrás, la pared de durapanel que separa este cuarto del comedor. Ahí atrás esta el mueble de la televisión, lo que obliga a que use audífonos con frecuencia. En esa pared cuelga un calendario de Monseñor Romero que compré en la entrada de la cripta de Catedral  y otro póster de Monseñor haciendo la consagración, en una misa en algún lugar pobre: esta bajo una ramada hecha de palmas de coco y atrás una señora sostiene una niña, un niño con camisa de adulto tiene los brazos cruzados mientras mira a Monseñor. Debía ser el acólito, supongo.

Este fue mi primer cuarto en esta casa a la que llegué ya de un año de nacido. Ahora casi nada de él me pertenece, casi nada en él me ha pertenecido. Aún lo que tengo en la computadora, mis recuerdos, mis poemas, están en un lugar que es en cierto modo, prestado. Lo único que me pertenece es cada memoria, como aquellas veces que acá armábamos la casita de colchones porque había balacera, o cuando hicimos un horno con una vela entre ladrillos, o aquella silueta de mujer semidesnuda que imaginaba mientras se cambiaba de ropa tras esa pared que milagrosamente no han carcomido los insectos. Todo eso (y otras cosas que de contarles me abstengo) caben en el polvo que circula en este espacio que requiere otra mano de pintura y una ventana donde entre algo de aire fresco, un poco de sol y no los sempiternos zancudos. Este es mi veinte.

Victor

P.D.: Se me escapaba. Frente a mí, arriba del monitor, un poco a la derecha, entre el calendario y el póster de Monseñor Romero cuelga un marco vacío, como esperando una imagen nueva para poner en la pared, para poner en la memoria, a la par de la casa de colchones que me protegía durante las balaceras.

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