Creo yo que no hay placer más popular y disfrutable por gente de todo lugar, edad, color y cultura que el de comer junto a los que queremos, junto con quienes confiamos.

De hecho, este es el acto que denota que alguien es nuestro amigo, que alguien es objeto de nuestro aprecio y cariño, que nos citemos o juntemos para ir a comer con esa persona.

Grandes y largas historias de amor, excelentes y duraderas amistades, proyectos inmensos y millonarios se han forjado tras una comida, una cena.

En lo que a mí me respecta, mi pasatiempo favorito es salir a cenar. Ó cenar en casa, con los amigos o con la familia. En lo que tiene que ver con el menú, este puede ser simple o complicado. Desde unos sencillo macarrones con queso y ensalada o una sopita de frijoles con "huesoetunco”, hasta un asado con su chirmolcito, vino y postre con café.

Lo importante no es el con que, sino el con quien o quienes.

Atribuyo a cenar juntos la unidad y cercanía que siento con mis papás y hermanos. Mi papá siempre fue un hombre atareado en mil cosas y mi mamá que le echaba el hombro en todo también, pero siempre tuvo tiempo para que, sin tener tv encendido a la mano, nos sentaremos a la mesa, se escuchara una oración y se sirviera lo que hubiera, que en "tiempos de lipidia" (como nosotros los llamábamos) podían ser unos pipiancitos sudados o unos ejotes con huevos. Ese tiempo, esa pausa, nos ponía a hablar de una y mil cosas, todos hablábamos, todos reíamos y todos opinábamos.

Años después, con todos sus hijas e hijos casados (menos uno) en la casa de mis papas todavía hay un día a la semana para que hijos e hijas, nueras y yernos, sobrinos y nietos nos sentemos a la mesa, para escuchar una oración y compartir nuestra cena. Ese tiempo es muy especial para mí. No diré en exageración que somos perfectos, pero si una prohibición tácita hay en esa mesa, es la que amarguras, sarcasmos, acusaciones, burlas y reproches quedan fuera. En esa mesa, todos somos uno para todos y todos para uno. Claro que hay ocasiones en las cuales, cada quien tiene sus rollos, sus desdichas y tristezas, pero sirve aquel momento para distraerse, para recargar baterías, para terminar el postre, teniendo confianza y fe que las cosas mas difíciles pueden arreglarse.

Y ahora que casado, fuera de la casa de mis papás, viviendo en otra, solo dos personas, mi esposa y yo donde compartimos el espacio y el tiempo, el momento de la cena sigue siendo muy especial para mí. Y es curioso, dado que mi esposa viene de una casa con costumbres diferentes, de una familia que cenaba junta pero con la tv enfrente, que ocupaba la mesa del comedor solo para los días festivos. Pero para nuestra familia, ella y yo, la cena es el momento en el que nos sentamos y conversamos, de lo pasado y de lo futuro, de lo chistoso y de lo formal, de nuestros temores y de nuestros anhelos. Y eso es justo lo que pasa también, cuando invitamos a los amigos para que sentados a la mesa, compartamos el placer mas popular y disfrutable por gente de todo lugar, edad, color y cultura que es: el de comer junto a los que queremos, junto con quienes confiamos.

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