Jueves, pasadas las 5 de la tarde, el cielo gris amenazado de lluvia. Irse caminando cuesta abajo por el Paseo General Escalón hasta donde pueda abordar la 30-B ya no es una buena idea. Quizá sea mejor perderle el amor a los veinticinco centavos y subirme a una 52. A la primera que pase, que da igual, a esta hora todas van llenas.

Una coaster. Menos mal. Aunque vaya toda apretada, aún me puedo quedar cerca de la puerta y así no pasarme de la parada. Que ya me ha pasado varias veces y, seamos sinceros, hoy no tengo ganas de caminar. Mejor me subo, que quedarme esperando en la parada tampoco me inspira confianza.

"Mmm, tuve suerte", me digo. No va tan lleno como imaginaba. Aún no siento invadido mi espacio personal. La proxémica aún es tolerable. Además, ya casi me bajo. La coaster arranca, las fachadas de los negocios se mueven con ella. Entre los carros, va serpenteando por la calle, con el eventual chollón de llantas por algún rojo.

De pronto, ya estoy en Corazón de María, pero las ganas de ir a dar el tour por toda la Zona Rosa y San Benito se me han quitado. Creo que me bajaré hasta La Joya. Igual, así hasta gano un poco de tiempo y llego antes a mi casa. Sí, bien pensado. Eso haré.

Una mujer a la par mía empieza a hacerme ojos. ¿Por qué? No sabía que emitiera esas vibras. Pasa de los ojos a las señas. Pero no le entiendo. ¿Será que me está asaltando? No, no puede ser. Debe ser mi paranoia, ella no parece ni del otro bando ni ladrona. Quizá me lo estoy imaginando. Sí, eso tiene que ser.

Pero, ¿qué tal si me está asaltando? Soy despistada, pero no puede ser para tanto. Si me estuviera asaltando ya me habría dado cuenta. Al menos eso espero. Mejor empiezo a zocarla, que ya casi llegamos al Salvador del Mundo. Con algo de suerte, la mujer se va a bajar en la próxima parada.

Ya estamos en La Campana. Absorta pienso en que se baja y sube tanta gente que ya ni se distingue. La de la par rompe el silencio. "¡Le dije que le estaban sacando la cartera!", exclama. En menos de un minuto pasan por mis ojos las horas de fila que hice para sacar el DUI, el NIT y la licencia y cuánto me dolería volver a pagar por cada documento que me proclama ciudadana, conductora y contribuyente. No soy buena para las cuentas mentales, pero aparte del mísero dólar que llevo en la billetera, ando más de 60 bolas en papeles.

Sin pensarlo, o tal vez pensándolo, le digo molesta "¿Quién fue? Enséñeme quién fue". "Ese, el que se está bajando con la mochila", me responde. Mi cuerpo y mi cerebro se desconectan y mi mano se mueve sin seguir órdenes de nadie. Como puedo, lo alcanzo y lo agarro del cuello de la camisa. Mi voz se amplía y, entre otras cosas de las cuales no estoy segura, le grito que me devuelva mi cartera.

"¿Cuál cartera?", pregunta el sinvergüenza, haciéndose el de los panes. "La que me sacaste, que me la devolvás te estoy diciendo", le respondo. Hijueputa, creías que por verme mujer me iba a dejar. No sé que cara puse, pero surte efecto. Temeroso me dice que el que va adelante es el que la tiene. Lo suelto y saco las manos por la ventana y repito el procedimiento con su compinche.

Este muestra más resistencia, pero yo también. Que por ningún mal parido vuelvo a ir a plantarme en el solón afuera del Duicentro del Parque Cuscatlán. "Vaya, tené loca", dice mientas extiende la mano y me devuelve la pequeña billetera negra. Podría jurar que le di las gracias, pero a 6 años el recuerdo de las palabras exactas aún es vago.

Los dos se pierden en la multitud de La Campana y la coaster arranca de nuevo. Las voces de los otros solo son murmullos. "¿Qué acabo de hacer?", me pregunto, pero no tengo respuesta en mi cabeza. La Joya al fin. Me bajo, las piernas temblorosas y la sangre hirviendo, sobre todo cuando el cobrador dice "Vaya la cartereada" y se ríe.

Me subo a la 30 B, aferrándome al morral con mi billetera adentro. Respiro. Hospital Militar, me bajo. Camino hacia mi casa, las piernas ya me responden, aunque aún aguadas. Toco el timbre, entro, cuento mi historia y obtengo halagos y reproches por igual. "Qué imprudente", sentencia mi mamá. "Está bien que no te hayas dejado", me consuela mi abuela.

Una semana después otra mano curiosa se hundió en mi mochila, esta vez en una 42 camino a la Universidad. Adiós billetera. Así es el karma supongo. Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

1 comentarios:

SK Mario dijo...

De poco sirvió que le gritaras pero te aseguro q te ganaste el respeto de los tripulantes de la unidad automotora.