Manolito Huevoduro era un hombrecito que tenía una granja free-range y que desde niño había dejado de sonreir porque rápidamente se le agrietaban los labios hasta sangrar. El único remedio conocido en su región era un humectante de uso tradicional para mujeres, de modo que él nunca usaba para evitar que el pueblo lo tachara de coqueto y peperecho.

Las gallinas de Manolito Huevoduro jugaban mica de lunes a viernes y los sábados montaban un mercado de pulgas, donde comercializaban, precisamente, pulgas. Pero también manejaban artículos de poca o nula monta, como monedas con valor humano y cadenitas de plata. La Niña Tina, una de las gallinas más ancianas de la granja, sabedora de la condición de Manolito Huevoduro pensó en encargar para él una barrita de cacao. Ella tenía facilidad para eso dado que vendía cosméticos por catálogo y productos de belleza no testeados en animales (de lo contrario, mala onda con el gremio).

Cuando le vino el furgón con el encargo de ese mes, la Niña Tina fue donde Manolito Huevoduro y le entregó la barrita de cacao. Manolito Huevoduro se enterneció inmensamente por el gesto de su gallinita y le agradeció una y otra vez, sin sonreír. Para que ningún meque lo viera, se fue atrás de un granero y se aplicó la barrita, siguiendo las instrucciones de la Niña Tina. Sintió un enorme alivio, en sus labios y en su corazón, y finalmente pudo sonreír. Le dio un abrazo a la noble gallinita, quien después de hacer la buena labor había quedado en unirse al juego de mica, que ese día era Mica Mamey (como Mica Pelota, pero con un mamey).

Cuando la Niña Tina se disponía a irse corriendo, Manolito Huevoduro le metió zancadilla y la vio caer en cámara lenta. Río como nunca lo había hecho, y río aún más porque el movimiento risueño en sus músculos faciales, hasta ahora ajeno a él, le daba cosquillas. Río tanto que se le doblaron las rodillas y se dejó caer al suelo, a la par de la Niña Tita que no se levantaba, sorprendida por la reacción de su amo. Ella también se puso a reír hasta las lágrimas.

Desde ese día, y para celebrar la risa, Manolito Huevoduro se unía todos los jueves a las gallinas para jugar la innovadora Mica Zancadilla (como Mica Mamey, pero se echaban zancadilla y quien cae la trae). La gente del pueblo escuchaba el eco de las carcajadas desde la granja cada vez que una gallina era derribada, y en lugar de llamarlo coqueto y peperecho como hubieran hecho en otra época, decían que los fusibles se le habían estallado. Alguien se lo dijo a Manolito Huevoduro en su cara, y él, al escuchar este comentario, río aún más fuerte.

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