Saludos desde la burbuja. Aquí hay una guitarra permanentemente afinada y tres Nintendos polvosos; un atrapasueños con un botón que dice "not wise to privatize", y un Spiderman que tiene un Dr. Octopus en el ojo, que por más que se lo soplo no se le va; y una pared de madera con calcomanias noventeras que incluyen marcas reconocidas, estaciones de radio, tarjetas del álbum de Los Picapiedra, hielocos, Como Toi, Salvanatura, El Imposible y "Entrémole, la victoria es de la gente".

La memoria histórica se guarda en tres cajas sagradas, que cuelgan de la cúpula de la burbuja: la de las caricaturas desde 1996; la de correspondencia, desde tarjetas de cumpleaños hasta postales de Etiopía; y la de documentación académica desde prepa hasta la licenciatura (con esperanza de que se expanda en los años venideros). Luego están los CDs y libros y memorabilia de fan con arranques psicóticos, más las colecciones fallidas de muñequitos Lego y globos de esos que traen agua adentro, se sacuden y se ve bien bonito.

Mi asiento predilecto, por ser el único, es un chocolate Snickers a medio derretir, con la sonrisa irónica de Tyler Durden colgando encima. Arriba del amargado Narrador, los Beatles cruzan Abbey Road. Al lado del señor Durden está John Lennon recitando "Imagine" y Steven Tyler fuma un cigarro, con una cuchilla de afeitar como collar. Fuera de mi ventana, suena la radionovela que son mis vecinos; por la ventana sólo veo verde y hay un cementerio clandestino. Y la burbuja no se revienta.

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