Vení, Isabel, te tengo que contar qué pasó cuando te fuiste al Seguro. Llegó ella, por fin ese día la vi de frente. Ella era alta y su piel era preocupantemente pálida, casi amarillenta. Caminaba cual pajarito desvalido, con la vista fija al suelo y me dio la impresión de arrastrar algo más pesado que su propio cuerpo. Sin embargo, una mujer vestida de traje sastre está destinada a verse más poderosa de lo que en realidad es, peor cuando carga un ataché y todos le llaman "licenciada". Andaba una cartera horrible, pero ella y su porte me hizo pararme en seco.


Ella caminó hacia mi ventanilla y me entregó un folio medio deshecho. Al dármelo rozó mis manos, pero ella no me vio, distante como se proyectaba estando enfundada en satín negro. Pobre imbécil, tenía cara de frígida. Llené la ficha de recepción mientras ella me dictaba un nombre y una dirección que yo conocía demasiado bien; yo he estado en su cama más veces que ella misma. Ella no sabe que el verdadero motivo por el cual la base de su cama ya no tiene patas es porque su dulce y sumiso marido estaba cogiéndome como nadie la tarde aquella de su gran audiencia inicial. De seguro esas sábanas nunca han recogido su sudor. Ella no sabe que duerme sobre el lecho de mis gemidos -cuando duerme-. Así que no, Isabel, no me importa que ella tenga el Mercedes, el apellido ni la casa. Los orgasmos los tengo yo.

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