Se sentaron alrededor de la mesa en sillas plásticas. Después de medio día de trabajo, era la oportunidad de soltar la jerga académica y relajar la lengua. Estaba la señora hilarante que hacía juego con la jovencita risueña, la dama de alta alcurnia que contrastaba con la de espíritu comunitario. Estaba quien había llegado tan lejos como la beca le permitía y quien necesitaba volver a las aulas a recordar que 2 + 2 no implica factor de suficiencia.

En la exposición dijeron que dos formas de fortalecer vínculos rápida y naturalmente era que las partes involucradas jugaran o comieran juntas. Y ahí estaban, como una decena de sombrereros locos tomando el té al final de la tarde. Iniciaron con las charlas de cajón, sobre lo bueno que estaba el menú y el tremendo calor que había estado haciendo. Pronto comenzaron a volar descontentos, que el mal funcionamiento de esta institución que no hace nada, y el desempeño que deja mucho que desear de ciertos colegas. Me encrispé aún más cuando mencionaron nombres. Guardé silencio.

Yo conocía los nombres. Tenía contraargumentos pero no tenía voz. Y noté que el combo de lo pequeño que es el mundo y la facilidad que tenemos-la-gente para juzgar erróneamente me había anulado el apetito.

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