Encima de la refri está la solución a mi futuro incierto. La tengo encerrada en un bote blanco, para que no se le ocurra huír. Está fuera del alcance de los niños, los gatos, los pericos australianos y generalmente también de mí, pero está ahí, viéndome, esperándome. Sabe que algún día sucumbiré.


Es que no tengo temple.

Llegó a mi vida en una tarde de esas en que hasta los colibríes parecen volar en slow motion. Manuel me la trajo y me dijo que de algo serviría, que la guardara para los tiempos álgidos que seguramente vendrían. Ah, Manuel, no volvió a ser el mismo desde que un botellazo furtivo le trastornó los sentidos y le aventó a la calle, donde recoge botellas y se hace acompañar de un bote de Frutsi. Lo recuerdo entrar al parque, venía cabizbajo: acababa de aplazar un examen definitorio y ni las hierbas lo hicieron sentir mejor. Metió la mano en su morral, buscó entre su recetario portátil y cuando encontró lo que buscaba, sonrió. Tomó mi mano. Puso el bote y me dijo que no lo abriese hasta que no estuviese convencida que no queda recurso qué quemar. Habló de incertidumbres, dudas, resoluciones y tiempos aciagos, hasta que se fue corriendo detrás de una ardilla escuálida. Luego vendrían el botellazo y las incertidumbres y las dudas y las resoluciones.

Los tiempos aciagos aún no vienen, pero vendrán. Igual, yo tengo mi bote salvador sobre la refri. Lo bueno es que no se le han metido las hormigas.

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