Juan Nepomuceno De los Santos sufría de la misma suerte que su abuelo, Pascual Carmelo De los Santos: haber nacido bajo el signo de un matriarcado católico respetuoso del santoral y de las tradiciones del pueblo, que dictaban -entre otras cosas menos sacras- que los primogénitos eran carne de convento. Es así como Juan Nepomuceno fue a parar al convento de los monjes trapenses a la tierna edad de sus 16 años, la misma edad a la que Pascual Fidel llegó al convento de los monjes capuchinos. 


Juan Nepomuceno tenía toda la pinta de ser un buen candidato a monje: alto y robusto como el conacaste que bien diríamos era el palo alfa del solar donde creció el circunspecto mozalbete, recio de gesto y habitual visitante de la biblioteca municipal. Pascual Carmelo por el contrario era lo que diríamos un buen portador del nombre de su santo, San Pascual Baylón, o al menos de lo que la leyenda cuenta del santo en cuestión. Pascual Carmelo era asiduo al más mínimo intento de baile que hubiera por el pueblo, en donde era recibido con el jolgorio propio de quien está marcado por la vida a ser el alma de la fiesta dondequiera que vaya. 

Cómo se alteró la dotación genética del carácter masculino dentro de la familia De los Santos es algo que recibió amplios estudios por parte de las mentes y lenguas más punzantes del pueblo. Las más de las veces la conclusión era que la culpa venía por que generación con generación los Santos - así les decían, aunque su comportamiento no era nada sacro si no más bien un poco coccígeo - elegían cada vez a mujeres más bien bravas para hacer familia. Así pues Pascual Carmelo se arrejuntó con Tomasita, hija de la niña Inmaculada, que era bien conocida por que se dedicaba a matar cuches para hacerlos embutidos y fritada y por el lunar peludo que tenía a la izquierda de la boca,  seña inequívoca de ser de armas tomar y de puteadas dar. La hija no podía ser menos que la madre y aunque no tuviera el visible pedigrí del lunar peludo, si tenía el carácter de una chinchintora con hambre en viernes santo - que es día de santo ayuno para mas joder -, legendarias eran las puteadas que recibía Pascual Carmelo cuando osaba llegar después que sonaran las ocho campanadas del reloj de la iglesia. 

Posiblemente era el universo que equilibraba el karma de aquel pueblo juntando a la risa con la amargura, pero como fuera, el hecho es que conforme pasaron los años los Santos iban volviéndose una cosa mas bien seria y el culmen era Juan Nepomuceno, que lejos de ser el brillante geniecillo que fue su padre hasta que su mujer le puso fin a sus carcajadas mediante una lavativa de pastillas matarratas y herbicida un día que llegó cinco minutos después que la última campanada de las seis sonara, deambulaba por el pueblo dejando la sensación de ser alguien destinado al menos a ser agente funerario. 

Cuando Juan Nepomuceno cumplió los 16 años y llegó al convento nadie podía imaginar algo que no fuera la ruptura de la tradición familiar: huídas durante las fiestas, incursiones de acompañantes al cuarto de los Santos, entre otras travesuras reseñables en este espacio. Juan Nepomuceno era el candidato perfecto porque nadie se recordaba alguna vez de haberlo oído decir algo más allá de un muy murmurado buenos días, buenas tardes o buenas noches. Más aún, nadie lo había visto nunca reirse, que es así como la prueba irrefutable de que alguien existe en este mundo con vida - porque uno existe aún si está muerto y de todos modos los muertos no se carcajean, sólo en las películas de miedo -.

El caso es que Juan Nepomuceno, a pesar de los augurios, siguió la tradición familiar pero no por la vía ortodoxa, hay que decirlo. El caso es que estando en el convento se le salió la primera carcajada de su vida por culpa de un payaso que vio en el circo la noche antes de subir al convento. Cuando el abad le preguntó a Juan que qué quería ser cuando fuera grande, él le contestó que quería ser payaso de circo, el padre se carcajeó, y su abuela -que también mataba cuches- se puso iracunda y se lo llevó de la oreja de regreso a la casa y siacabuche. 

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