No me gusta este uniforme. No me gustan las mangas largas, no me gustan los horrendos tres centímetros bajo la rodilla. No me gustan las calcetas caladitas, no me gusta el fustán con almidón ni los zapatos de huérfana genérica ni las monjas ni la misa ni el incienso. Lo detesto, me da picazón sólo de pensarlo. Aire de falsa pompa y boato, aire de señoritas disciplinadas que pagan cifras infladas por abortar a sus bastardos cheles y de rasgos europeos. Aire falso. Odio este uniforme, odio este lugar. Sin embargo, si me preguntan, prefiero mil veces quedarme a comer con las monjas a ir a almorzar a mi casa.


Desde la entrada uno cree estar en la escenografía de La Tía Tula; yo podría jurar que hay una foto de nuestro comedor bajo la definición de anacrónico. A veces de verdad siento que de las sillas van a salir púas metálicas para atravesarme el pecho por haber comido chicle. A ese comedor nunca ha entrado reflejo alguno, dice mi mamá que a los crisantemos del florero les lastima la luz. Siempre que regreso la encuentro de pie, dándole instrucciones a la Pancha de dónde y cómo colocar nuestro último juego de cubiertos de plata -le gusta guardar las apariencias, incluso cuando manda a la pobre india al supermercado más lejano para que no la vean comprar cosas que no son importadas, como que a alguien le importa que comamos margarina Mirasol-. Pobre Pancha, la obligan a mantener los tenedores pulidos, teteras impolutas, servilletas tan blancas y suaves que uno siente que se limpia la cara con la nalga de un ángel. Mi madre de pie junto a la silla de cabecera, esperando a mi papá, si es que viene. Mientras tanto, el último boliqueso que me comí causa estragos en mi estómago. Muero de hambre y no lo puedo decir: es de mal gusto que las señoritas hagan públicos sus deseos de almorzar, así que sigo de pie, con el uniforme prehistórico, la gastritis alterada, el Cristo que me ve desde la repisa y las innegables ganas de salir corriendo.

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