Encima de la refri está la solución a mi futuro incierto. La tengo encerrada en un bote blanco, para que no se le ocurra huír. Está fuera del alcance de los niños, los gatos, los pericos australianos y generalmente también de mí, pero está ahí, viéndome, esperándome. Sabe que algún día sucumbiré.


Es que no tengo temple.

Llegó a mi vida en una tarde de esas en que hasta los colibríes parecen volar en slow motion. Manuel me la trajo y me dijo que de algo serviría, que la guardara para los tiempos álgidos que seguramente vendrían. Ah, Manuel, no volvió a ser el mismo desde que un botellazo furtivo le trastornó los sentidos y le aventó a la calle, donde recoge botellas y se hace acompañar de un bote de Frutsi. Lo recuerdo entrar al parque, venía cabizbajo: acababa de aplazar un examen definitorio y ni las hierbas lo hicieron sentir mejor. Metió la mano en su morral, buscó entre su recetario portátil y cuando encontró lo que buscaba, sonrió. Tomó mi mano. Puso el bote y me dijo que no lo abriese hasta que no estuviese convencida que no queda recurso qué quemar. Habló de incertidumbres, dudas, resoluciones y tiempos aciagos, hasta que se fue corriendo detrás de una ardilla escuálida. Luego vendrían el botellazo y las incertidumbres y las dudas y las resoluciones.

Los tiempos aciagos aún no vienen, pero vendrán. Igual, yo tengo mi bote salvador sobre la refri. Lo bueno es que no se le han metido las hormigas.

He decidido no borrar esta entrada. Sería la séptima vez que lo hago esta noche.
En este momento y en otra parte alguien sueña; mientras, yo he decidido escuchar la lluvia, esperar a que llegue la madrugada, callar toda música y aguardar a ver si esta noche aparecen mis pequeños sonidos. Pero mis sonidos no llegan, asi que relleno el silencio con estas palabras y las encuentro cada vez más inútiles.

No se me ocurre otra cosa más honrosa que cesar este mal esfuerzo. Lo mejor será guardar silencio lo que queda de esta noche y esperar que a lo mejor usted entienda que no supe armar mis manos con mejores palabras. Que he decidido dejarle en compañía de mi amigo, mi silencio, que es también suyo.

Victor

Saludos desde la burbuja. Aquí hay una guitarra permanentemente afinada y tres Nintendos polvosos; un atrapasueños con un botón que dice "not wise to privatize", y un Spiderman que tiene un Dr. Octopus en el ojo, que por más que se lo soplo no se le va; y una pared de madera con calcomanias noventeras que incluyen marcas reconocidas, estaciones de radio, tarjetas del álbum de Los Picapiedra, hielocos, Como Toi, Salvanatura, El Imposible y "Entrémole, la victoria es de la gente".

La memoria histórica se guarda en tres cajas sagradas, que cuelgan de la cúpula de la burbuja: la de las caricaturas desde 1996; la de correspondencia, desde tarjetas de cumpleaños hasta postales de Etiopía; y la de documentación académica desde prepa hasta la licenciatura (con esperanza de que se expanda en los años venideros). Luego están los CDs y libros y memorabilia de fan con arranques psicóticos, más las colecciones fallidas de muñequitos Lego y globos de esos que traen agua adentro, se sacuden y se ve bien bonito.

Mi asiento predilecto, por ser el único, es un chocolate Snickers a medio derretir, con la sonrisa irónica de Tyler Durden colgando encima. Arriba del amargado Narrador, los Beatles cruzan Abbey Road. Al lado del señor Durden está John Lennon recitando "Imagine" y Steven Tyler fuma un cigarro, con una cuchilla de afeitar como collar. Fuera de mi ventana, suena la radionovela que son mis vecinos; por la ventana sólo veo verde y hay un cementerio clandestino. Y la burbuja no se revienta.

Escribo desde esta habitación que es a veces azul, a veces verde, a veces oscura (cuando duermo). Me gusta la luz que entra por la ventana y el color que traen las horas. Acá tengo una librera, un escritorio, y hasta un pupitre que no lo ocupo para lo que fue hecho.

La mayoría de las veces está ordenado o eso creo, a veces hay un desorden que me parece hermoso. Hay catástrofes que se ven hermosas, como la de los libros que están a punto de caerse, a penas se sostiene Madame Bovary, o Sabato en el escritor y sus fantasmas.

Tengo, además, la belleza de los objetos que me recuerdan instantes, los cuadernos, la música en discos, esas cosas que se coleccionan. Arriba el cielo falso blanco, abajo el piso gris y cerrar la puerta.



Entré a la habitación y en lo más profundo pude encontrar a Gero. Estaba escribiendo en un libro negro con un café en su mano, sentado frente a un escritorio. Desde la entrada pude divisar algunas cosas distribuidas en la habitación: una mesa, una cama que parecía no haber sido usada en mucho tiempo, una librera y y una mesa con un par de bonsáis. Me acerqué a Gero y pude ver su cara con media barba. A su lado estaba otra cama que también parecía no haber sido ocupada en mucho tiempo y, en una especie de repisa, un rimero de libros. 
Con su mirada parecía estar pidiéndome ayuda: me dio la impresión que había olvidado como comunicarse con otros seres, no necesariamente vivos.
Me acerqué y le dije mi nombre. De inmediato sus ojos se abrieron de par en par. Me preguntó que qué estaba yo haciendo allí. Le dije que estaba soñando y que el azar me había llevado. Le pregunté lo mismo. Su respuesta me provocó la mayor lastima que he podido sentir en mi vida por otro ser: estoy escribiendo la historia. Sentí tanta tristeza en su respuesta que mi vi obligado a sugerirle que se fuera, que fuera feliz en alguna parte. Me dijo que no podía, que en el instante en que dejara de escribir todo acabaría. No le creí. Le dije que me parecía un pretexto barato, una excusa para encubrir su miedo.
Por primera vez sus ojos no mostraron emoción alguna. Con la mano me hizo señas para que me acercara al libro negro y leyera lo que acababa de escribir. Al hacerlo tuve la seguridad de que no estaba en un sueño.
En aquel libro e páginas amarillentas pude leer: 'Entré a la habitación y en lo más profundo pude encontrar a Gero. Estaba escribiendo en un libro negro con un café en su mano...

No he podido averiguar a ciencia cierta de donde y como salió la idea que al lugar donde se disponían los desechos fisiológicos se le llamaba "el 100". Y es chistoso porque he visto a personas mayores decir que alguien "fue al 100" cuando esa persona se fue al inodoro o baño.

De la misma manera, no se porque al lugar donde se escribe se la llama "el 20". Lo que sé, es que, para un escritor, el lugar donde es escribe es importante. Algunos escritores hasta han desarrollado ritos bien especiales antes de escribir. Algunos lo único que necesitan es un lugar privado o solo. Soy de esos, aunque no soy escritor profesional.

Habiendo crecido en un hogar con muchos hermanos, siempre dispuse poco espacio solo para mi. Hubo un tiempo lejanísimo cuando tuve mi propio cuarto hasta que llegaron los demás. Así es bien difícil trabajar, estudiar o escribir. Lo único que puedo hacer es leer, porque me meto en el libro sin importar el ambiente, voces, ruidos, luces que me rodean. Allí es donde "el 100" me sirvió mucho. Me metía al baño de mi casa, y me ponía a leer. Lo único malo es que de vez en cuando, siempre llegaban mis hermanos con algunas urgencias y después de ellos usarlo, no podía volver después de pasado algún tiempo, ustedes saben: el olor...

Pensé que al casarme, seria difícil tener un espacio también solo para mí. Hasta que me adueñe de un cuarto de mi casa y la llame: "mi oficina".



Ese es mi santuario, mi lugar especial. Allí están mis 2 libreras llenas de libros, que puedo hoy lucir, porque de soltero, mis libros solo habitaban en cajas o espacios robados. Allí están mis calendarios, mis termómetros, mis lapiceras para "solo plumones", "solo lapiceros" y "solo lápices". Allí están todos los chunchecitos que se compran en "Office Depot", lugar del que me tienen que sacar de arrastras justo como cuando voy a "La Ceiba" o la "La Casita". Me encanta comprar clips, depósitos, tarjeteros y demás. En mi oficina también esta mi archivero, ordenado por carpetas, mi impresora-escáner, mi colección de vasos y carros de escala 1:32. Televisor, ventilador y radio complementan mi espacio. Allí soy feliz. Allí puedo leer, estudiar, escribir y mirar al vacio mientras pienso o reflexiono. Allí suelo orar también en quietud.

Me gusta pensar que tiendo a ser una persona solitaria, por lo que estar en mi oficina es como estar “solo conmigo”. Lástima que el tiempo sea tan corto y los deberes familiares tan importantes, porque yo me despegaría del mi oficina solo para comer y dormir. Al cabo que mi 20 esta pegado al 100.

Creo que todos debemos tener un espacio, o sino un tiempo en solitario, para pensar y meditar. Quizás cuando los demás duermen o están en otro lugar. Hacerlo es algo que refresca el alma, algo como "darle agua" y eso es bueno, para uno y para los que viven con uno.

Yo escribo desde el ruido. No existe mejor manera de decirlo. Es el precio a pagar por vivir en el seno del proletariado. Escribo desde el ruido y el calor. No existe mejor manera de escribir.

En serio.



Aquí, en los 2.25 x 3 mts2 de mi soberanía, se divisan diferentes accidentes geográficos. Al ingresar al territorio: una planicie acolchonada que en este preciso momento me invita a dormir, aunque mis ojos traten de resistirse a la tentación. Si mi cabeza se posara sobre las montañas mullidas de sus almohadas, tal vez no saldría tan bien librada.

Al lado, una mesa plegable -que últimamente nunca pasa plegada-, sobre la cual se eleva un peñasco que desafía la ley de la gravedad al apilarse ahí objetos de distintas formas, tamaños y pesos uno sobre el otro. En el otro extremo, una pequeña silla le hace la competencia para ver cuál de las dos acumula más chunches, pero pierde la batalla por unos cuantos centímetros.

Opuesto a la cama, un tocador bajito con su banco -heredado de no me acuerdo quien-, que sirve de valle adonde van a parar más y más chunches, cajitas y botecitos en su mayoría. La verdad es que no sé para qué está aquí, sino es para ponerle cosas encima o adentro de sus gavetas, porque tengo meses de estar peleada con el espejo y no fui a las clases de "Cómo ser señorita".

A la par, en la cima de un gavetero remodelado por mis propias manos de DIY wannabe, un televisor que anima con su bulla los pocos ratos que paso aquí: cuando ya me voy o cuando ya vengo. Al interior de las gavetas no queda terreno virgen: ¡está lleno de más chunches! (aunque relativamente organizados, si me permito decirlo).

No es un terreno vasto. No. Pero me basta y sobra con que sea solo para mí. Mi propiedad privada, aunque no tenga la escritura ni dejen de entrar y salir las otras inquilinas.

PD. No sé qué es más accidentado, si el desorden de mi cuarto o la redacción de esta entrada.

A la derecha un estante metálico. Abajo tiene una caja con varias peliculas que no he visto y mi papá compra de manera cuasi compulsiva o al menos irreflexiva cada vez que un vendedor de dvd's pirata se le acerca. A la par de la caja el case de mi computadora, el de antes, esperando una reparación que nunca llega. Arriba de ellos el scanner y la impresora. En el estante de arriba, diccionarios varios, libros de historia; arriba de eso la colección de National Geographic en español. Atrás hay un póster de Monseñor Romero en blanco y negro con la frase lapidaria de Ellacuría: "Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador".  A la par un viejo cuadro con un reconocimiento del Ateneo Salvadoreño a mi papá por un ensayo sobre Alberto Masferrer, no le dieron el primer lugar porque era muy subversivo el ensayo y diocuarde. A la derecha, siempre en la pared, dos cuadros que le regalaron a mi papá uno sobre otro; atrás de uno de ellos hay un reconocimiento a su colaboración en una actividad científica, una de tantas. Luego sigue la ventana que da a la bodega y a la que los ratones le carcomieron la tela contra los zancudos en la parte más baja. En esa pared está un escritorio que he tapado con una colcha vieja y que tiene bolsas con papeles, espuma para hacer cojines y otro cachivachero diverso. A la par una caja de plástico con tela que mi mamá dice ocupará alguna vez para hacer nueva ropa de cama.

Luego sigue la pared que tengo a mi espalda. Esta cubierta por otros tres estantes metálicos Todos tienen libros y folletos médicos, algunos de los '70 que no he botado porque tienen algún valor histórico, digo yo. Sobre los estantes cajas con cassettes de cosas religiosas de mi mamá, aparatos electrónicos que comprara alguna vez mi papá. Allí una vez hallé un pequeño folleto con un cuento o parábola que buscaba despertar la conciencia del lector sobre la explotación a los obreros y la necesidad de la acción guerrillera. Literatura pro-revolucionaria entre textos de anatomía.

En la siguiente pared, otro estante metálico gris, de dos metros de alto por uno de ancho. Arriba un aparato para hacer sopa de patas, o pedicure, que les gusta decirle. Abajo los álbumes de fotos de la familia. Abajo materiales diversos que mi mamá usa para hacer manualidades. En la esquina que forma ese estante con el de la pared previa, hay una maleta, otra caja con tela y ropa que se usa excepcionalmente. Luego un recipiente para la ropa de planchar, y otras dos cajas plásticas para ropa que también es susceptible de ser planchada. Casi siempre están vacías y la ropa queda afuera. Luego, siempre sobre esa pared, está el arreglo que hice para poder conectar otro foco y el polo a tierra.

Luego sigue la puerta y a la derecha, el revistero que he cubierto con una vieja cortina y que me sirve para poner libros y papeles que están en uso mientras alguien de la familia está en la computadora. Luego sigue el escritorio de la computadora. El monitor que tiene ya bastantes años y que nunca tuvo base propia y le he hecho una con viejas revistas de computación. Los parlantes que me costaron 50 dólares y que conservo desde que estaba en la universidad. El CPU que alberga dos discos duros de 320 GB, uno con 100 GB de música y el resto para películas y fotos, el otro con los sistemas operativos. Atrás, la pared de durapanel que separa este cuarto del comedor. Ahí atrás esta el mueble de la televisión, lo que obliga a que use audífonos con frecuencia. En esa pared cuelga un calendario de Monseñor Romero que compré en la entrada de la cripta de Catedral  y otro póster de Monseñor haciendo la consagración, en una misa en algún lugar pobre: esta bajo una ramada hecha de palmas de coco y atrás una señora sostiene una niña, un niño con camisa de adulto tiene los brazos cruzados mientras mira a Monseñor. Debía ser el acólito, supongo.

Este fue mi primer cuarto en esta casa a la que llegué ya de un año de nacido. Ahora casi nada de él me pertenece, casi nada en él me ha pertenecido. Aún lo que tengo en la computadora, mis recuerdos, mis poemas, están en un lugar que es en cierto modo, prestado. Lo único que me pertenece es cada memoria, como aquellas veces que acá armábamos la casita de colchones porque había balacera, o cuando hicimos un horno con una vela entre ladrillos, o aquella silueta de mujer semidesnuda que imaginaba mientras se cambiaba de ropa tras esa pared que milagrosamente no han carcomido los insectos. Todo eso (y otras cosas que de contarles me abstengo) caben en el polvo que circula en este espacio que requiere otra mano de pintura y una ventana donde entre algo de aire fresco, un poco de sol y no los sempiternos zancudos. Este es mi veinte.

Victor

P.D.: Se me escapaba. Frente a mí, arriba del monitor, un poco a la derecha, entre el calendario y el póster de Monseñor Romero cuelga un marco vacío, como esperando una imagen nueva para poner en la pared, para poner en la memoria, a la par de la casa de colchones que me protegía durante las balaceras.

Se sentaron alrededor de la mesa en sillas plásticas. Después de medio día de trabajo, era la oportunidad de soltar la jerga académica y relajar la lengua. Estaba la señora hilarante que hacía juego con la jovencita risueña, la dama de alta alcurnia que contrastaba con la de espíritu comunitario. Estaba quien había llegado tan lejos como la beca le permitía y quien necesitaba volver a las aulas a recordar que 2 + 2 no implica factor de suficiencia.

En la exposición dijeron que dos formas de fortalecer vínculos rápida y naturalmente era que las partes involucradas jugaran o comieran juntas. Y ahí estaban, como una decena de sombrereros locos tomando el té al final de la tarde. Iniciaron con las charlas de cajón, sobre lo bueno que estaba el menú y el tremendo calor que había estado haciendo. Pronto comenzaron a volar descontentos, que el mal funcionamiento de esta institución que no hace nada, y el desempeño que deja mucho que desear de ciertos colegas. Me encrispé aún más cuando mencionaron nombres. Guardé silencio.

Yo conocía los nombres. Tenía contraargumentos pero no tenía voz. Y noté que el combo de lo pequeño que es el mundo y la facilidad que tenemos-la-gente para juzgar erróneamente me había anulado el apetito.

A los bares se va a beber, pero yo voy porque te extraño y quiero saber si estás ahí, pido algo de comer para saber si vos fuiste quién lo preparó, no veo a ninguno de tus amigos, tal vez no estás. Odiás que la gente pida comida, casi nunca querés cocinar, aunque lo hagás bien. Pido un café y algo de comer, tiene que ser algo vegetariano porque vos sos vegetariano, esa es la forma de saber si estás ahí, se que vas a venir a servirme la comida, yo sonreiré porque será incomodo para vos, sonreiré porque me encantará verte ahí con el plato en la mano, mirándome a los ojos, yo diré gracias, vos me vas a decir algo y yo fingiré que sólo tengo hambre. ­

Este se nos acaba.Y comienzo a preocuparme...
En la tumba el sabor de un hombre es como el de cualquier otro, no importa qué tipo de hombre haya sido. A la gente le cuesta entender eso. Y vienen aquí llorando, suplicando, reclamando, esperando no se qué del muerto. Pero nada, el muerto, muerto está.
Pero decía, este se nos acaba y en toda la semana no han traído a alguno nuevo. Lo perro es tener que esperar... ¡Silencio! Traen uno nuevo, puedo escuchar los paso sobre la grama.Hora de comer.

*Para un comprensión completa de esta entrada visite la del amigo Victor el domingo pasado.




Creo yo que no hay placer más popular y disfrutable por gente de todo lugar, edad, color y cultura que el de comer junto a los que queremos, junto con quienes confiamos.

De hecho, este es el acto que denota que alguien es nuestro amigo, que alguien es objeto de nuestro aprecio y cariño, que nos citemos o juntemos para ir a comer con esa persona.

Grandes y largas historias de amor, excelentes y duraderas amistades, proyectos inmensos y millonarios se han forjado tras una comida, una cena.

En lo que a mí me respecta, mi pasatiempo favorito es salir a cenar. Ó cenar en casa, con los amigos o con la familia. En lo que tiene que ver con el menú, este puede ser simple o complicado. Desde unos sencillo macarrones con queso y ensalada o una sopita de frijoles con "huesoetunco”, hasta un asado con su chirmolcito, vino y postre con café.

Lo importante no es el con que, sino el con quien o quienes.

Atribuyo a cenar juntos la unidad y cercanía que siento con mis papás y hermanos. Mi papá siempre fue un hombre atareado en mil cosas y mi mamá que le echaba el hombro en todo también, pero siempre tuvo tiempo para que, sin tener tv encendido a la mano, nos sentaremos a la mesa, se escuchara una oración y se sirviera lo que hubiera, que en "tiempos de lipidia" (como nosotros los llamábamos) podían ser unos pipiancitos sudados o unos ejotes con huevos. Ese tiempo, esa pausa, nos ponía a hablar de una y mil cosas, todos hablábamos, todos reíamos y todos opinábamos.

Años después, con todos sus hijas e hijos casados (menos uno) en la casa de mis papas todavía hay un día a la semana para que hijos e hijas, nueras y yernos, sobrinos y nietos nos sentemos a la mesa, para escuchar una oración y compartir nuestra cena. Ese tiempo es muy especial para mí. No diré en exageración que somos perfectos, pero si una prohibición tácita hay en esa mesa, es la que amarguras, sarcasmos, acusaciones, burlas y reproches quedan fuera. En esa mesa, todos somos uno para todos y todos para uno. Claro que hay ocasiones en las cuales, cada quien tiene sus rollos, sus desdichas y tristezas, pero sirve aquel momento para distraerse, para recargar baterías, para terminar el postre, teniendo confianza y fe que las cosas mas difíciles pueden arreglarse.

Y ahora que casado, fuera de la casa de mis papás, viviendo en otra, solo dos personas, mi esposa y yo donde compartimos el espacio y el tiempo, el momento de la cena sigue siendo muy especial para mí. Y es curioso, dado que mi esposa viene de una casa con costumbres diferentes, de una familia que cenaba junta pero con la tv enfrente, que ocupaba la mesa del comedor solo para los días festivos. Pero para nuestra familia, ella y yo, la cena es el momento en el que nos sentamos y conversamos, de lo pasado y de lo futuro, de lo chistoso y de lo formal, de nuestros temores y de nuestros anhelos. Y eso es justo lo que pasa también, cuando invitamos a los amigos para que sentados a la mesa, compartamos el placer mas popular y disfrutable por gente de todo lugar, edad, color y cultura que es: el de comer junto a los que queremos, junto con quienes confiamos.

No me gusta este uniforme. No me gustan las mangas largas, no me gustan los horrendos tres centímetros bajo la rodilla. No me gustan las calcetas caladitas, no me gusta el fustán con almidón ni los zapatos de huérfana genérica ni las monjas ni la misa ni el incienso. Lo detesto, me da picazón sólo de pensarlo. Aire de falsa pompa y boato, aire de señoritas disciplinadas que pagan cifras infladas por abortar a sus bastardos cheles y de rasgos europeos. Aire falso. Odio este uniforme, odio este lugar. Sin embargo, si me preguntan, prefiero mil veces quedarme a comer con las monjas a ir a almorzar a mi casa.


Desde la entrada uno cree estar en la escenografía de La Tía Tula; yo podría jurar que hay una foto de nuestro comedor bajo la definición de anacrónico. A veces de verdad siento que de las sillas van a salir púas metálicas para atravesarme el pecho por haber comido chicle. A ese comedor nunca ha entrado reflejo alguno, dice mi mamá que a los crisantemos del florero les lastima la luz. Siempre que regreso la encuentro de pie, dándole instrucciones a la Pancha de dónde y cómo colocar nuestro último juego de cubiertos de plata -le gusta guardar las apariencias, incluso cuando manda a la pobre india al supermercado más lejano para que no la vean comprar cosas que no son importadas, como que a alguien le importa que comamos margarina Mirasol-. Pobre Pancha, la obligan a mantener los tenedores pulidos, teteras impolutas, servilletas tan blancas y suaves que uno siente que se limpia la cara con la nalga de un ángel. Mi madre de pie junto a la silla de cabecera, esperando a mi papá, si es que viene. Mientras tanto, el último boliqueso que me comí causa estragos en mi estómago. Muero de hambre y no lo puedo decir: es de mal gusto que las señoritas hagan públicos sus deseos de almorzar, así que sigo de pie, con el uniforme prehistórico, la gastritis alterada, el Cristo que me ve desde la repisa y las innegables ganas de salir corriendo.

Las sillas perfectas. El olor a la cocina. Las comidas familiares. Luego, las comidas sin familia.

Las comidas sin comida

¿Dónde pudiera meterte?. Debajo es un mundo. Debajo cabemos dos. Y un juego.

Te invito a comer. Te invito a cenar. Y te invito a sentarte. Tomá asiento y desayuná.

Yo digo que la hora de comer más jodida que uno puede experimentar no es ni la última comida que uno tendría antes de ser fusilado, o la última comida en que tu pareja te da veneno en los frijoles molidos con cebolla y yerbabuena. No; tampoco es la hora de la comida importante de trabajo en que todo el mundo te observa feo feo porque no hiciste caso cuando pequeño y hacés un ruido enorme al masticar los grandes pedazos dela pierna de pavo en salsa que te zampás sin mayor decoro y observancia de los buenos modales que te quisieron enseñar justo para cuando fueran estas ocasiones, ni tampoco será la hora en que vas a comer con esa compañera destinada en tus sueños húmedos y secos a ser la-mujer-de-tu-vida y demostrás tu torpeza derramando sobre su impoluto vestido la cocacola cuando te cuenta que anda con el tipo ese que vos desaparecerías del mapa, y mucho menos la comida en que te comentarán del último conocido que falleció del corazón mientras te embutís un jugoso pedazo de lomo de tunco. No, no será esa la hora de comer mas jodida, y no creás que va a ser cuando te toque recoger comida semipodrida de entre los basureros porque necesitás hartar aunque sea mierda para callar la tripa. La peor hora de comer es esta, cuando ves cómo el primer gusano satisfecho sale alegremente por la que solía ser tu oreja izquierda.

Me caés bien. Tanto, que me hubiera gustado que estuvieras disponible para acompañarme en mi viaje, compartir el desayuno incluido del hotel e irnos a perder a la ciudad, mientras se llegaba la hora de separarnos. Sí hicimos planes, pero sos como el resto: hicimos planes y los deshiciste a la primera oportunidad que tuviste. Y el tuyo es una copia carbón de un guión anterior: había otro nombre femenino de por medio.

Y a pesar de eso, me caés bien. Te conozco, algo, si no es que mucho. Tengo fotos de vos, en mi casa, en la iglesia, en el viaje. Vos no eras un extraño y tenías toda mi confianza. Por eso fue una sorpresa verte ponerme en la mesa de las apuestas, y aún más ver tu diversión mientras me perdías. Quizás te pareció que yo también lo encontraba divertido y que los años de ser "nosotros" disminuirían el dolor y la decepción. No. Y si no te queda claro, te lo repito: no. Pero eso me hizo conocerte mejor. Y todavía me caés bien. Pero ahora desconfío de vos y por eso te prefiero lejos.

Vos y yo, hasta aquí llegamos. Andate.

Si algo le genera temor a Agustina es salir a la calle, se tiene que cuidar de todo, de los transeúntes que pretenden invadir su espacio personal, de los transportistas que olvidan las señales de transito, de los delincuentes que fingen vender dulces en pleno soleado centro de San Salvador.

Todos los días Agustina se sube al bus y se tiene que cuidar de todos los que le llegan a pedir por no robar, la pobre Agustina desconfía de todos. Sin embargo, ella desconfía mucho más de la gente que se siente a salvo del desconcierto y el descontento que generan los días en un país como este.

Abro un ojo y vuelvo a cerrarlo. De pronto, al sentir el sol pegándome en la cara, salto de la cama. Son las seis y ya voy tarde. Mientras corro hacia el baño me  pregunto que qué habrá pasado con el tipo que religiosamente me despierta a las cinco y media con el ruido de su destartalado bus, ¿acaso tiene que hacer tanto ruido y despertar a medio edificio?
Llego al baño y, oh sorpresa, no tendré que bañarme con el agua fría del barril: el agua esta cayendo. Llegaré tarde al trabajo pero no con residuos de jabón en el cuello esta vez. Me baño. Corro a buscar mi ropa y misteriosamente la encuentro completa, planchada y doblada. Me la pongo sin pensar mucho en que por fin la señora que llega a lavar y planchar la ropa había entendido como hacerlo.
Corro como loco hasta el parqueo del edificio seguro que, como siempre, encontraría los vehículos de medio vecindario justo frente al mío... pero me equivoco, no hay ninguno y esto me comienza a parecer sospechoso. Introduzco la llave para encender el motor y lo hace sin problema, alimentando aún más mi curiosidad.
Salgo a la calle y me preparo psicológicamente para pelear con el tipo de la 44 que cada mañana me impide el paso, siempre el mismo en el mismo lugar. Llego pero no esta, de hecho, no hay nadie. Y todos los semáforos en verde.
Llego a mi lugar de trabajo y ni siquiera el vigilante ha llegado, tan temprano era.
Me siento en la entrada, aún con desconfianza por todo lo que me acaba de pasar. Le doy vueltas a la idea, pienso. Finalmente decido olvidar toda mi desconfianza y, por fin, me convenzo de que mi suerte estaba cambiando e, incluso, me permito pensar en ese tan ansiado ascenso. En eso veo a un niño vendiendo periódicos. Debido a mi felicidad le compró uno, pensando que como me había ido tan bien que... ¡mierda! La primera plana del periódico dice, en letras pequeñas, algo que nunca pasó por mi cabeza. Me voy a mi casa a seguir durmiendo, mañana lunes seré despertado por el ruido de un destartalado bus.

Me faltan cuarenta años para morirme. Va a pasar un jueves, mientras esté sentada debajo del palo de guayaba, leyendo El Diario de Hoy. Un jueves soleado de noviembre, en una de esas tardes donde el viento se lleva las nubes hacia el occidente, un jueves de noviembre a las cinco de la tarde. A lo mejor a las cinco y diez. Anotá, Adriana, yo sé lo que te estoy diciendo.


Para entonces seré una adulta mayor de sesenta y tres años, con los ovarios secos y la animosidad erguida. Tendré el cabello blanco, la cara llena de surcos y el corazón con cicatrices queloides. Tendré dos gatos. Tendré una pensión risible. Tendré certezas. Tendré vejez. Dejá de chillar, vos, si faltan cuarenta años.

Quiero que escribás de la manera más clara posible que yo no quiero negro ni café ni llantos en mi velatorio: yo quiero ron y cumbia y risa. Quiero gente imprudente fornicando en las esquinas oscuras, quiero peleas en las esquinas, quiero que los vecinos llamen a la policía porque los carcajeantes hacen demasiado ruido. Quiero que repartan entre ellos lo único que atesoro: mis libros. No me importa quién quiera qué ni si se van a matar por ello, repartilo todo, Adriana, que al Infierno no te permiten llevar maleta de mano.

Si dejases de llorar, te darías cuenta que moriré con mi vida redonda: los pulmones encenizados, las arterias bloqueadas, el cabello blanco y los afectos impolutos. Los libros repartidos, el corazón enmendado, las articulaciones desgastadas, los ojos cansados. ¿Ahora te imaginás mi entierro? Sí, cenizas: si al polvo volveré, es mejor hacerlo rápido. Aventá mis cenizas en las orillas del Río Sapo o donde te dé la gana, al fin y al cabo polvo es. Ahora pongámonos serias por un momento y hablemos de dinero.

¿Sabés qué? Creo que mejor me muero dentro de sesenta años. Yo no confío en vos.

de: Aniuxa < aniuxa.XXX@XXX.org >
para campo.pagado@XXX.com

Asunto: Desconfianza

En respuesta a su correo anterior, explico los asuntos que a mi persona le causan desconfianza. Favor tener en cuenta la siguiente lista:


Desconfío de los besos dados a la luz de la luna que pretender descifrar estrellas en bocas.
Desconfío de quien pretende quitarme la paz. Desconfío de quien no quiere la guerra.
Desconfío de los que olvidan, pero más de los que perdonan.
Desconfío de quien quiera bajar estrellas para ponerlas en mi pelo.
Desconfío también de dulces y flores y mensajes debajo de la almohada.
Desconfío de Fulano y de Sutano.
Desconfío de la que piensa que sabe regalar confianza.
Desconfío, aún más, de quien desconfía de las mariposas.
Desconfío de la que escribe con tal confianza su desconfianza.

Y desconfío de los correos electrónicos.

Atentamente,

--
Aniuxa

Sabes, yo no confío en vos. Voy a ser honesto en esto: no confío. Cada vez que me despida de vos voy a creerte menos lo que me digás antes de irme, cada vez que me veás a los ojos, después de derretirme un poquito la coraza,  voy a sentirme menos seguro de lo que he visto en tu mirada. No sé cómo explicártelo. No te voy a creer los "te quiero", voy a poner en tela de juicio cada vez que me digás que sos mía. Detesto la mutua pertenencia y detesto sentirme en tus manos porque sabré entonces que es momento de irme antes de que salga el sol. Detesto que seás tan linda como para no creerte cierta, que seás tan inteligente como para que al verme a los ojos vas a saber que huyo de vos en cada beso. No confío en vos porque en las mañanas abrís los ojos y te me entregás en la primera mirada, porque cuando exhalás después de un beso me dejás un poquito de tu alma. Desconfío de vos, de tus labios recién pintados, de la piel de tus antebrazos, de la textura de melocotón de tus nalgas recién bañadas. No creo en vos, en tus palabras, no te creo nada cuando siento que te abrazás a mi porque soy el lugar más seguro del mundo, no te creo nada de cuando me tomás de la mano con el orgullo de quien ha encontrado lo que no soñaba encontrar en la vida. Si, no te creo y estoy a tu lado, condenado a desconfiar de vos porque sé que no sos eterna. 


Manolito Huevoduro era un hombrecito que tenía una granja free-range y que desde niño había dejado de sonreir porque rápidamente se le agrietaban los labios hasta sangrar. El único remedio conocido en su región era un humectante de uso tradicional para mujeres, de modo que él nunca usaba para evitar que el pueblo lo tachara de coqueto y peperecho.

Las gallinas de Manolito Huevoduro jugaban mica de lunes a viernes y los sábados montaban un mercado de pulgas, donde comercializaban, precisamente, pulgas. Pero también manejaban artículos de poca o nula monta, como monedas con valor humano y cadenitas de plata. La Niña Tina, una de las gallinas más ancianas de la granja, sabedora de la condición de Manolito Huevoduro pensó en encargar para él una barrita de cacao. Ella tenía facilidad para eso dado que vendía cosméticos por catálogo y productos de belleza no testeados en animales (de lo contrario, mala onda con el gremio).

Cuando le vino el furgón con el encargo de ese mes, la Niña Tina fue donde Manolito Huevoduro y le entregó la barrita de cacao. Manolito Huevoduro se enterneció inmensamente por el gesto de su gallinita y le agradeció una y otra vez, sin sonreír. Para que ningún meque lo viera, se fue atrás de un granero y se aplicó la barrita, siguiendo las instrucciones de la Niña Tina. Sintió un enorme alivio, en sus labios y en su corazón, y finalmente pudo sonreír. Le dio un abrazo a la noble gallinita, quien después de hacer la buena labor había quedado en unirse al juego de mica, que ese día era Mica Mamey (como Mica Pelota, pero con un mamey).

Cuando la Niña Tina se disponía a irse corriendo, Manolito Huevoduro le metió zancadilla y la vio caer en cámara lenta. Río como nunca lo había hecho, y río aún más porque el movimiento risueño en sus músculos faciales, hasta ahora ajeno a él, le daba cosquillas. Río tanto que se le doblaron las rodillas y se dejó caer al suelo, a la par de la Niña Tita que no se levantaba, sorprendida por la reacción de su amo. Ella también se puso a reír hasta las lágrimas.

Desde ese día, y para celebrar la risa, Manolito Huevoduro se unía todos los jueves a las gallinas para jugar la innovadora Mica Zancadilla (como Mica Mamey, pero se echaban zancadilla y quien cae la trae). La gente del pueblo escuchaba el eco de las carcajadas desde la granja cada vez que una gallina era derribada, y en lugar de llamarlo coqueto y peperecho como hubieran hecho en otra época, decían que los fusibles se le habían estallado. Alguien se lo dijo a Manolito Huevoduro en su cara, y él, al escuchar este comentario, río aún más fuerte.

El bien que le hace a la vida vestirse de rigurosa risa, intentar sonreír aún en el momento más difícil de la vida. A veces sólo decido no darle importancia a ciertas cosas y reír de las nimiedades, es la otra forma de ver la vida.

El tema me recuerda a Roque: "Ríete a todas luces, cariño./ Ríe en toda esta etapa de bella vecindad./ Ríete, ríete,/ aunque sea de mí."


Soy una persona bastante enamoradiza, demasiado quizás. Sin embargo, la lista de mujeres que en realidad he querido es muy pequeña, las cuento con los dedos de la mano y me sobran dedos. 
La pregunta obvia si, a cuál he querido más. Y se los diré sin rodeos:  a Bocabarata. Ajá, era una niña con una risa tan fácil, tan sencilla y relaja al mismo tiempo, que fue imposible para mi no quererla. 
Por escucharla reír yo dormía poco o no dormía. Por escucharla reír yo me gastaba las yemas de los dedos en el celular. ¿Qué cómo era su risa para que la haya querido tanto? Como nuestros conceptos de belleza pueden diferir, no digo que era bella. Les puedo decir que era una risa contagiosa, de esas que hacen feliz a cualquiera. ¿Ya han conocido a gente que se pone a contarles un chiste y antes de terminar explotan en carcajada y uno acaba matándose de la risa sin saber exactamente la razón ni el final del chiste? Bueno, así era ella. Hacerla reír era más fácil respirar, como diría cierto señor guatemalteco. 
Que si pasó algo entre nosotros, que si no; que si era mutuo, que si no; ¡que qué onda con ella! Nada de eso importa, sólo que estábamos en la capacidad de hacernos felices mutuamente. Y créanme cuando les digo que hacer feliz a otra persona en un país como este es cosa cercana a lo imposible...
La quise y mucho, más de lo que me había permitido hasta ese momento querer a alguien, más de lo que logré querer después.
La quise y su risa me hacía feliz.

Vení, Isabel, te tengo que contar qué pasó cuando te fuiste al Seguro. Llegó ella, por fin ese día la vi de frente. Ella era alta y su piel era preocupantemente pálida, casi amarillenta. Caminaba cual pajarito desvalido, con la vista fija al suelo y me dio la impresión de arrastrar algo más pesado que su propio cuerpo. Sin embargo, una mujer vestida de traje sastre está destinada a verse más poderosa de lo que en realidad es, peor cuando carga un ataché y todos le llaman "licenciada". Andaba una cartera horrible, pero ella y su porte me hizo pararme en seco.


Ella caminó hacia mi ventanilla y me entregó un folio medio deshecho. Al dármelo rozó mis manos, pero ella no me vio, distante como se proyectaba estando enfundada en satín negro. Pobre imbécil, tenía cara de frígida. Llené la ficha de recepción mientras ella me dictaba un nombre y una dirección que yo conocía demasiado bien; yo he estado en su cama más veces que ella misma. Ella no sabe que el verdadero motivo por el cual la base de su cama ya no tiene patas es porque su dulce y sumiso marido estaba cogiéndome como nadie la tarde aquella de su gran audiencia inicial. De seguro esas sábanas nunca han recogido su sudor. Ella no sabe que duerme sobre el lecho de mis gemidos -cuando duerme-. Así que no, Isabel, no me importa que ella tenga el Mercedes, el apellido ni la casa. Los orgasmos los tengo yo.

Bodhisattva

Nombre que recibe quien esté destinado a convertirse en un nuevo Buda, tras haber realizado un voto solemne en alguna época remota en presencia de otro Buda. Se trata de alguien que ha alcanzado la iluminación, pero que en vez de entrar en nirvana, permanece en este mudo con la misión de ayudar a los otros a alcanzar la iluminación (Tomado de aquí).




Un día de estos, en que el metro no esté tan lleno... lo voy a intentar.

Gracias a mi amiga Doris, quien sí lo hizo en el metro de España.

Yo aún no he alcanzado mi Bodhisattva.

Juan Nepomuceno De los Santos sufría de la misma suerte que su abuelo, Pascual Carmelo De los Santos: haber nacido bajo el signo de un matriarcado católico respetuoso del santoral y de las tradiciones del pueblo, que dictaban -entre otras cosas menos sacras- que los primogénitos eran carne de convento. Es así como Juan Nepomuceno fue a parar al convento de los monjes trapenses a la tierna edad de sus 16 años, la misma edad a la que Pascual Fidel llegó al convento de los monjes capuchinos. 


Juan Nepomuceno tenía toda la pinta de ser un buen candidato a monje: alto y robusto como el conacaste que bien diríamos era el palo alfa del solar donde creció el circunspecto mozalbete, recio de gesto y habitual visitante de la biblioteca municipal. Pascual Carmelo por el contrario era lo que diríamos un buen portador del nombre de su santo, San Pascual Baylón, o al menos de lo que la leyenda cuenta del santo en cuestión. Pascual Carmelo era asiduo al más mínimo intento de baile que hubiera por el pueblo, en donde era recibido con el jolgorio propio de quien está marcado por la vida a ser el alma de la fiesta dondequiera que vaya. 

Cómo se alteró la dotación genética del carácter masculino dentro de la familia De los Santos es algo que recibió amplios estudios por parte de las mentes y lenguas más punzantes del pueblo. Las más de las veces la conclusión era que la culpa venía por que generación con generación los Santos - así les decían, aunque su comportamiento no era nada sacro si no más bien un poco coccígeo - elegían cada vez a mujeres más bien bravas para hacer familia. Así pues Pascual Carmelo se arrejuntó con Tomasita, hija de la niña Inmaculada, que era bien conocida por que se dedicaba a matar cuches para hacerlos embutidos y fritada y por el lunar peludo que tenía a la izquierda de la boca,  seña inequívoca de ser de armas tomar y de puteadas dar. La hija no podía ser menos que la madre y aunque no tuviera el visible pedigrí del lunar peludo, si tenía el carácter de una chinchintora con hambre en viernes santo - que es día de santo ayuno para mas joder -, legendarias eran las puteadas que recibía Pascual Carmelo cuando osaba llegar después que sonaran las ocho campanadas del reloj de la iglesia. 

Posiblemente era el universo que equilibraba el karma de aquel pueblo juntando a la risa con la amargura, pero como fuera, el hecho es que conforme pasaron los años los Santos iban volviéndose una cosa mas bien seria y el culmen era Juan Nepomuceno, que lejos de ser el brillante geniecillo que fue su padre hasta que su mujer le puso fin a sus carcajadas mediante una lavativa de pastillas matarratas y herbicida un día que llegó cinco minutos después que la última campanada de las seis sonara, deambulaba por el pueblo dejando la sensación de ser alguien destinado al menos a ser agente funerario. 

Cuando Juan Nepomuceno cumplió los 16 años y llegó al convento nadie podía imaginar algo que no fuera la ruptura de la tradición familiar: huídas durante las fiestas, incursiones de acompañantes al cuarto de los Santos, entre otras travesuras reseñables en este espacio. Juan Nepomuceno era el candidato perfecto porque nadie se recordaba alguna vez de haberlo oído decir algo más allá de un muy murmurado buenos días, buenas tardes o buenas noches. Más aún, nadie lo había visto nunca reirse, que es así como la prueba irrefutable de que alguien existe en este mundo con vida - porque uno existe aún si está muerto y de todos modos los muertos no se carcajean, sólo en las películas de miedo -.

El caso es que Juan Nepomuceno, a pesar de los augurios, siguió la tradición familiar pero no por la vía ortodoxa, hay que decirlo. El caso es que estando en el convento se le salió la primera carcajada de su vida por culpa de un payaso que vio en el circo la noche antes de subir al convento. Cuando el abad le preguntó a Juan que qué quería ser cuando fuera grande, él le contestó que quería ser payaso de circo, el padre se carcajeó, y su abuela -que también mataba cuches- se puso iracunda y se lo llevó de la oreja de regreso a la casa y siacabuche. 

Jueves, pasadas las 5 de la tarde, el cielo gris amenazado de lluvia. Irse caminando cuesta abajo por el Paseo General Escalón hasta donde pueda abordar la 30-B ya no es una buena idea. Quizá sea mejor perderle el amor a los veinticinco centavos y subirme a una 52. A la primera que pase, que da igual, a esta hora todas van llenas.

Una coaster. Menos mal. Aunque vaya toda apretada, aún me puedo quedar cerca de la puerta y así no pasarme de la parada. Que ya me ha pasado varias veces y, seamos sinceros, hoy no tengo ganas de caminar. Mejor me subo, que quedarme esperando en la parada tampoco me inspira confianza.

"Mmm, tuve suerte", me digo. No va tan lleno como imaginaba. Aún no siento invadido mi espacio personal. La proxémica aún es tolerable. Además, ya casi me bajo. La coaster arranca, las fachadas de los negocios se mueven con ella. Entre los carros, va serpenteando por la calle, con el eventual chollón de llantas por algún rojo.

De pronto, ya estoy en Corazón de María, pero las ganas de ir a dar el tour por toda la Zona Rosa y San Benito se me han quitado. Creo que me bajaré hasta La Joya. Igual, así hasta gano un poco de tiempo y llego antes a mi casa. Sí, bien pensado. Eso haré.

Una mujer a la par mía empieza a hacerme ojos. ¿Por qué? No sabía que emitiera esas vibras. Pasa de los ojos a las señas. Pero no le entiendo. ¿Será que me está asaltando? No, no puede ser. Debe ser mi paranoia, ella no parece ni del otro bando ni ladrona. Quizá me lo estoy imaginando. Sí, eso tiene que ser.

Pero, ¿qué tal si me está asaltando? Soy despistada, pero no puede ser para tanto. Si me estuviera asaltando ya me habría dado cuenta. Al menos eso espero. Mejor empiezo a zocarla, que ya casi llegamos al Salvador del Mundo. Con algo de suerte, la mujer se va a bajar en la próxima parada.

Ya estamos en La Campana. Absorta pienso en que se baja y sube tanta gente que ya ni se distingue. La de la par rompe el silencio. "¡Le dije que le estaban sacando la cartera!", exclama. En menos de un minuto pasan por mis ojos las horas de fila que hice para sacar el DUI, el NIT y la licencia y cuánto me dolería volver a pagar por cada documento que me proclama ciudadana, conductora y contribuyente. No soy buena para las cuentas mentales, pero aparte del mísero dólar que llevo en la billetera, ando más de 60 bolas en papeles.

Sin pensarlo, o tal vez pensándolo, le digo molesta "¿Quién fue? Enséñeme quién fue". "Ese, el que se está bajando con la mochila", me responde. Mi cuerpo y mi cerebro se desconectan y mi mano se mueve sin seguir órdenes de nadie. Como puedo, lo alcanzo y lo agarro del cuello de la camisa. Mi voz se amplía y, entre otras cosas de las cuales no estoy segura, le grito que me devuelva mi cartera.

"¿Cuál cartera?", pregunta el sinvergüenza, haciéndose el de los panes. "La que me sacaste, que me la devolvás te estoy diciendo", le respondo. Hijueputa, creías que por verme mujer me iba a dejar. No sé que cara puse, pero surte efecto. Temeroso me dice que el que va adelante es el que la tiene. Lo suelto y saco las manos por la ventana y repito el procedimiento con su compinche.

Este muestra más resistencia, pero yo también. Que por ningún mal parido vuelvo a ir a plantarme en el solón afuera del Duicentro del Parque Cuscatlán. "Vaya, tené loca", dice mientas extiende la mano y me devuelve la pequeña billetera negra. Podría jurar que le di las gracias, pero a 6 años el recuerdo de las palabras exactas aún es vago.

Los dos se pierden en la multitud de La Campana y la coaster arranca de nuevo. Las voces de los otros solo son murmullos. "¿Qué acabo de hacer?", me pregunto, pero no tengo respuesta en mi cabeza. La Joya al fin. Me bajo, las piernas temblorosas y la sangre hirviendo, sobre todo cuando el cobrador dice "Vaya la cartereada" y se ríe.

Me subo a la 30 B, aferrándome al morral con mi billetera adentro. Respiro. Hospital Militar, me bajo. Camino hacia mi casa, las piernas ya me responden, aunque aún aguadas. Toco el timbre, entro, cuento mi historia y obtengo halagos y reproches por igual. "Qué imprudente", sentencia mi mamá. "Está bien que no te hayas dejado", me consuela mi abuela.

Una semana después otra mano curiosa se hundió en mi mochila, esta vez en una 42 camino a la Universidad. Adiós billetera. Así es el karma supongo. Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.