Ayer por la mañana, al abrir la puerta de mi casa, me encontré con un muerto. Estaba bastante desorientado y balbuceaba palabras sin sentido. Lo llevé hasta la sala de mi casa y le di un poco de agua y esperé a que volviera un poco en sí. 
Rato después, cuando parecía haber recobrado la conciencia, me contó que recordaba haber muerto en un accidente pero que no había visto ninguna luz blanca ni ningún túnel negro ni nada por el estilo. Me pareció bastante curioso que me dijera esto. Le pregunté su nombre y me dijo que no lo recodaba. 
Llamé entonces a la oficina para saber si había sucedido algo extraño en las últimas horas. Mi secretaria me contó, bastante nerviosa, que un hombre había logrado escapar de uno de los infiernos. Aparentemente había sobornado a los guardias. Pregunté la descripción del hombre y al escucharla mis ojos se abrieron de par en par: era el mismo hombre que estaba en la sala de mi casa. Colgué el teléfono y sin mediar palabra llevé al hombre a rastras hasta la oficina, lo metí en uno de los peores infiernos, donde no había guardias que sobornar, y luego consulté su expediente para saber porqué estaba ahí. De inmediato la indignación me subió por la cabeza. De nuevo a rastras, llevé al hombre hasta el peor de los infiernos.
Él hombre, que hasta el momento no había dicho mucho sabiéndose descubierto, comenzó a gritar: que era injusto, que en vida nunca le había hecho mal a nadie, que su trabajo en la televisión era visto por muchos... Yo, con la indignación al máximo, me acerqué a él, lo miré a los ojos y le dije: ¡Comé mierda hijueputa! Ni yo me atrevería a aprovecharme de las necesidades de la gente para hacer dinero, ¡al menos no de una manera tan pendeja como tu programita!
Pero es que aquí hace mucho calor, me dijo el hombre, quiero irme.
Ni mierda, contesté yo. Y lo dejé que se pudriera.

* Ajá, odio Cantando por un Sueño. Y es que, si no hay pecado más diabólico que quitarle la comida al que tiene hambre, hacerlo todo un show es peor.

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