La culpa es un látigo de lento efecto esta mañana; su cuerpo no responde tan rápido desconcentrando la sangre de su entrepierna como lo hizo para poner tanta de una vez en el tiempo que le tomó caminar de la banca de la parada de buses hasta pasar del contador de pasajeros. Armando no sabe como disimular su erección, la imagen de la corona de espinas no surte efecto inmediato, y el bus va lleno de alumnas de la escuelita parroquial, y a cada lado van paradas dos o tres señoras de la guardia del santísimo con sus vestidos blancos, las mantillas y el medallón. La que se va a armar cuando sientan pasar su firme virilidad rozando las beatas nalgas de medio autobús.

Y Armando tiene que sentarse hasta el final porque debe tocar el órgano en la misa de siete y media, tiene que hallar como no caer en la tentación. El bus va lleno y Armando está dudando entre retroceder y esperar diez minutos a que pase el otro bus, pero la gente atropellada en la puerta le dice que se apure y el pene no se baja y el ave-maría-purísima-sin-pecado-concebida no funciona, y el motorista lo apura y la hermana Martita ya casi va a saludarlo. Dios mío, Dios mío porqué me has abandonado, musita Armando.

No hay modo de pasar en medio de ese pasillo a las siete de la mañana sin rozar y ser rozado por la tentación o la mala suerte. Armando, culpable él de ser uno más, suspira y camina hasta el fondo del infierno mientras grita el motorista que atrás todavía hay espacio.

2 comentarios:

iba pasando dijo...

ja ja las erecciones incontrolables de la adolescencia son algo incómodo. Un jeans medio logra disimular, un pants es lo peor en una situación así.

Genius dijo...

Y para donde pues? ninguna plegaria aplaca un deseo...

jajaja "de buenas intenciones esta lleno el camino al infierno"