Salgo de mi casa y comienzo a caminar en línea recta; realmente no sé adónde voy pero sí sé lo que quiero; doy un par de vueltas por la cuadra y me consigo una cerveza para quitarme la weba; me pongo a caminar un rato mientras decido en cuál ruta sería mejor mi viaje; veo un bus medio lleno y me subo; comienzo mi rutina:

"Damas y caballeros que abordan esta unidad de transporte; discúlpeme la bulla, la interrupción; seré breve; el objetivo de mi visita no es venirle a molestar, mucho menos a faltarle el respeto; el motivo de mi presencia es para venirle a pedir su valiosa colaboración; yo vengo de un hogar de rehabilitación para jóvenes de pandillas que están perdidos en la droga y en el alcohol; como dice 3a. de Romanos 7:29, "que el Señor nos juzgará por nuestras acciones" o algo así; nuestro hogar no recibe ayuda del Gobierno, mucho menos de otras instituciones; por eso estamos pidiendo su valiosa colaboración..."
Mientras termino mis líneas, enseño el carné que imprimí en mi casa ayer; analizo a la gente en sus asientos, los cuales están sentados según lo esperado: detrás del conductor está la señora o el tipo que lleva más dinero; del lado opuesto está el tipo con la novia y la viejita; las líneas tres y cuatro son para las personas más jóvenes; después va el área más variada que consiste en personas que casualmente hallaron asiento; los que van con prisa y los temerarios van atrás. Mi experiencia me ha enseñado que los buses son un mini ecosistema en el que interactúan clases económicas que para muchos podrían ser similares, pero que para quien viaja día a día en un bus son tan marcadas como se puede. Es bastante fácil suponer que las personas con mayor perfil económico son las que van sentadas adelante en el bus; aunque es menos obvio, también se ve que las personas más inseguras se sientan del lado izquierdo de la unidad. Los verdaderos asaltantes no van atrás, como muchos piensan; van parados, en medio. No es algo desconocido, realmente. En fin de cuentas, no veo a nadie interesante; así que sigo con mi parte para poder terminar:

"(...) pasaré por cada uno de sus asientos solicitando su valiosa colaboración; muchas gracias, y que Dios los lleve en paz hacia sus hogares".
Paso por cada asiento, dando la mejor sonrisa que puedo a todas las personas; me paso al último asiento y cuento mi dinero: $0.78. No es suficiente, así que me bajo y subo a otro que me da más suerte: $1.36; después a otro; y a otro... Al fin, después de dos horas, 14 buses y $16.54, antes de mi parada se sube a un bus un viejito ciego, a tocar su guitarra. Se sube con dificultad a la unidad; camina lentamente hacia su espacio, y le sonríe a su público, con su talle sucio: "Les voy a cantar una alabanza: EL FUEGO SE MOVÍA, SE MOVÍA...". Por supuesto que no es del gusto de la gente, pero el señor termina y saca un vasito de plástico; no es menos que una hazaña el verlo caminar entre el tumulto y tocar sus canciones sin gracia. Ofrece los dulces que vende, y pasa por cada asiento esperando lograr un par de centavos; no me extraña que logre una venta ridícula con sus dulcitos sucios. Así, al llegar al final del bus, se sienta con dificultad en un asiento, momento en el que me siento seguro de mí mismo, me levanto y le digo: "Lo estaba esperando". El ciego levanta la cabeza, y le doy la bolsa con mis $16.54, y me bajo sin decir nada más.

Es así como Juan vivió feliz para siempre; claro, al ciego le duró la felicidad hasta que se gastó sus dieciséis dólares y la necesidad lo hizo volver a pedir en la calle.

FIN

2 comentarios:

Ligia dijo...

Jue, awesome!

Dafne dijo...

jajaja :O!!! interesante observacion respecto a la disfribucion de los asientos ;)