- ¡Pichiche! ¡Pichiche! ¡Despertá, cabrón!
- Dejalo, maje.
- Nombre, hay que ir donde la Trini.
- Ahí dejalo, como que no conociera este pendejo donde está la querencia.
-Ve, ahi va el Pulpo.
- Miralo ve, como que haciendo penitencia va el maje.
- Pulpo, ¿qué se te ha perdido algo?
- Pulpo, agachate a verme esta, ¡pendejo!
- Les voy a dar verga, pendejos. En vaca les doy verga, cuando quieran.
- Pobrecito, papá.

El Pichiche se ha quedado boca abajo. Sueña con una lancha y con el mar. Al Pulpo lo siguen Chalo y el Pollo, calle abajo, hacia la salida del pueblo, ahí donde siempre están las cantinas.

El expendio número uno tiene la parroquia más grande de los bolos del pueblo. El Pulpo es el más conocido de los habituales, Chalo, el Pollo, el Pichiche son otros. Antes, el Ticuco era el cliente más reconocido, pero desde la pedrada al Pulpo lo excomulgaron de donde la Trini. A la Trini no le gustaban los bolos peleoneros, y peor, los tirapiedras. El expendio número uno no solo era el oasis para los delirios de cada parroquiano dado a la devoción diaria al aguardiente de 45º, si no además era una especie de rincon bendito por tener a menos de una pedrada de distancia, palos de jocote, almendra y mango indio. Donde la Trini reina una beata paz, si es que eso cabe dentro de un estanco.

El Pulpo grita, más que canta. Va camino del palo de almendra de la niña Chayo, hace mucho sol ya para esta hora de la mañana, acaba de levantarse todo asoleado, anoche no se quedó debajo del portal de las Sánchez si no que la fondeó en la cuneta pegado donde la Rut. Al Pulpo le arde la tripa. Va escudriñando como puede los espacios entre los adoquines con el ojo que tiene bueno - el otro está casi inservible después de una certera pedrada que le diera el Ticuco una de tantas tardes con la majada adonde la niña Trini -. El Pulpo parece ver lo que busca: una moneda. Siempre encuentra una moneda entre él y la cantina. Chalo y el Pollo encuentran otra moneda. Están de suerte este viernes.

Sara camina más rápido que de costumbre. A la niña Rosa, por mucho que le explique que el padre se emociona en el sermón de la misa de los primeros viernes, no le vale beatitud alguna; no tener a su ayudante en la tienda antes de abrirla es pecado mortal, especialmente porque está cerca navidad y la gente busca los regalos más de lo que busca la paz con el prójimo - así suele decir el padre Tomás-. Apenas ha podido encontrarlo, está unas cuadras mas arriba.

Sara no sabe exactamente porqué sigue haciendo esto, quizás por la fé, quizas por el amor, quizás por la caridad, o quizá por la esperanza, o por la llana estupidez. Saca otra mañana más unas monedas y se las da al camino, para que este las lleve a él o a lo que queda del hombre de la foto, por el que su mamá dejaba la palanquera medio abierta.

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