La puerta del bus se abrió frente a mí. Las siete de la mañana, sentarse en el segundo asiento de la fila de la derecha. Los postes de energía eléctrica, los árboles, las casas, comienzan a avanzar. Mi mirada en el cielo algo nublado. Se suben algunos rostros conocidos, es decir, conocidos porque siempre se suben, como yo, a la misma hora. Un par de paradas después se sube mi desconocido favorito, camisa blanca, ojos grises y brillosos, propensos a la tristeza, pienso. Lleva sus audífonos y siempre es lo mismo, siempre lo miro y él me mira y sonreímos por un segundo que parece un minuto. Él se sienta en la fila de la izquierda y puedo sentir su fresco perfume de siete y quince de la mañana. Sigue sonando The Cure en mis audífonos, yo llevo un libro que no comienzo a leer, miro por la ventana y casi es momento de bajarme, hasta mañana, pienso, pero no se lo digo.

Tengan muy buenos días amables personas que se movilizan en esta unidad de blog colectivo. Mi intención no es venir a ofenderle, ni causar daño, ni robarle sus pertenencias, sino más bien, como un pequeña publicidad, venir a hablarle de lo que son los viajes en bus. Le cuento que desde hace un poco más de un año ando en carro para movilizarme a casi todos lados; sin embargo, viera como me gustaba eso de andar en bus. Digo, era rebonito no tener que andarse preocupando por eso de la manejada, de andarse preocupando por quien se nos atraviesa. 
Eso sí, la seguridad siempre es un huevo en los buses.  Y últimamente en cualquier lado.
La cosa es que era chivo cuando encontraba un asiento vacío y podía desconectarme de todo lo que pasaba a mi alrededor. Muchas entradas nacieron allí, en esos asientos de material sintéticos tatuados de 'técnicos locos' o de confesiones de amor para la 'Silbia'. Me entienden, o sea que por el módico precio de veinte centavos yo me podía ir a mi mundo y ocuparme de cosas no tan terrenales o bien, sacaba algún folleto y pegaba la última calentada antes de algún parcial. Y no sólo eso, en invierno veía las pringas pegarse a los vidrios. Espectáculo no visto en cualquier parte.
Me llevaría toda la tarde para contar lo feliz que era en un bus pero como ya sé que viene su parada, termino. Pasaré por cada uno de sus comentarios agradeciéndole su amable atención.

Salgo de mi casa y comienzo a caminar en línea recta; realmente no sé adónde voy pero sí sé lo que quiero; doy un par de vueltas por la cuadra y me consigo una cerveza para quitarme la weba; me pongo a caminar un rato mientras decido en cuál ruta sería mejor mi viaje; veo un bus medio lleno y me subo; comienzo mi rutina:

"Damas y caballeros que abordan esta unidad de transporte; discúlpeme la bulla, la interrupción; seré breve; el objetivo de mi visita no es venirle a molestar, mucho menos a faltarle el respeto; el motivo de mi presencia es para venirle a pedir su valiosa colaboración; yo vengo de un hogar de rehabilitación para jóvenes de pandillas que están perdidos en la droga y en el alcohol; como dice 3a. de Romanos 7:29, "que el Señor nos juzgará por nuestras acciones" o algo así; nuestro hogar no recibe ayuda del Gobierno, mucho menos de otras instituciones; por eso estamos pidiendo su valiosa colaboración..."
Mientras termino mis líneas, enseño el carné que imprimí en mi casa ayer; analizo a la gente en sus asientos, los cuales están sentados según lo esperado: detrás del conductor está la señora o el tipo que lleva más dinero; del lado opuesto está el tipo con la novia y la viejita; las líneas tres y cuatro son para las personas más jóvenes; después va el área más variada que consiste en personas que casualmente hallaron asiento; los que van con prisa y los temerarios van atrás. Mi experiencia me ha enseñado que los buses son un mini ecosistema en el que interactúan clases económicas que para muchos podrían ser similares, pero que para quien viaja día a día en un bus son tan marcadas como se puede. Es bastante fácil suponer que las personas con mayor perfil económico son las que van sentadas adelante en el bus; aunque es menos obvio, también se ve que las personas más inseguras se sientan del lado izquierdo de la unidad. Los verdaderos asaltantes no van atrás, como muchos piensan; van parados, en medio. No es algo desconocido, realmente. En fin de cuentas, no veo a nadie interesante; así que sigo con mi parte para poder terminar:

"(...) pasaré por cada uno de sus asientos solicitando su valiosa colaboración; muchas gracias, y que Dios los lleve en paz hacia sus hogares".
Paso por cada asiento, dando la mejor sonrisa que puedo a todas las personas; me paso al último asiento y cuento mi dinero: $0.78. No es suficiente, así que me bajo y subo a otro que me da más suerte: $1.36; después a otro; y a otro... Al fin, después de dos horas, 14 buses y $16.54, antes de mi parada se sube a un bus un viejito ciego, a tocar su guitarra. Se sube con dificultad a la unidad; camina lentamente hacia su espacio, y le sonríe a su público, con su talle sucio: "Les voy a cantar una alabanza: EL FUEGO SE MOVÍA, SE MOVÍA...". Por supuesto que no es del gusto de la gente, pero el señor termina y saca un vasito de plástico; no es menos que una hazaña el verlo caminar entre el tumulto y tocar sus canciones sin gracia. Ofrece los dulces que vende, y pasa por cada asiento esperando lograr un par de centavos; no me extraña que logre una venta ridícula con sus dulcitos sucios. Así, al llegar al final del bus, se sienta con dificultad en un asiento, momento en el que me siento seguro de mí mismo, me levanto y le digo: "Lo estaba esperando". El ciego levanta la cabeza, y le doy la bolsa con mis $16.54, y me bajo sin decir nada más.

Es así como Juan vivió feliz para siempre; claro, al ciego le duró la felicidad hasta que se gastó sus dieciséis dólares y la necesidad lo hizo volver a pedir en la calle.

FIN

Pues sí.

Durante mucho tiempo pensé que el "pesero" era "pecero"; hasta que un buen samaritano mexicano me explicó que el "pecero" no tenía que ver con los peces, sino con los "pesos" con que se paga.

Y entonces dije: "Pesero".

Los "peseros" son los buses mexicanos. Poco tienen que ver con los buses salvadoreños más allá de que son medios de transportes. Los peseros llevan música banda (he oído banda hasta de canciones de Ricky Martin), son verdes casi todos, y no tienen ruletita para entrar. La gente entra por delante y por detrás y se bajan por delante y por detrás. No tienen nombres (a lo mejor leyeron ese poema de Roque Dalton "A los locos no nos quedan bien los nombres"), pero no sólo les falta "Yesenia Yamileth" del parabrisas, les falta el nombre de la ruta. No hay 30-B ni 101-C que los identifique, más bien hay un rótulo que dice para dónde va. Y a uno no le dicen "Tome el bus XX", sino que le dicen "Tomas el pesero que dice Mercado de la Bola".

Y no hay costers, sino peseritos más chiquitos donde los altos deben encorvarse, y no hay microbuses, sino "combis" que es un microbus al estilo escarabajo de Wolkswagen. Es raro, pero igual de útil. He de decir que hay unos peseros manejados por pubertos cuyas destrezas al volante no son nada diferentes a las del motorista (aquí conductor) de una 44 a las 5 pm camino a la UCA.

Y me subo a un pesero casi todo los días. Debo decir a dónde voy, porque las tarifas cambian por destino. Y confían en mí. Si digo "Metro copilco" me cobran menos que si digo "Taxqueña", sin embargo me creen siempre que voy para Copilco y no para Taxqueña. Y sí voy para Copilco, pero me extraña que me crean con tanta facilidad. Y cuando los buses van llenos y le gente entra por detrás, pasan el pasaje de mano en mano hasta que llega al conductor. "Dos para taxqueña" y te dan el dinero, incluso a veces necesita el vuelto, (el cambio), y el vuelto regresa de mano en mano hasta los pasajero atorados en la parte de atrás.

No hay quien diga "Vengo de Mariona", pero sí hay quien pida por cualquier cosa e incluso de te vendan piedras mágicas y canten canciones horribles gente hippiosa e incluso extranjera (me tocó oir un poema de un gringa drogada una vez).

Y así son los buses en México. Extraño un poco el reggaeton y la euforia de la 44. Pero sin duda, andar en un bus -cuando no está muy lleno- siempre me divierte. En México y en El Salvador. Ver a la gente en sus rutinas, diferentes a las mías. En sus comentarios. En sus maneras de desayunar y pintarse (qué manera de pintarse de las mexicanas). "Y así".

Y aquí en todo caso, no son buses, son camiones. Y los camiones no sé qué serán. Porque más bien creo que el pesero es más chiquito que el camión.

La verdad aún no entiendo. Pero ahí voy pagando moneditas y subiéndome a medios de transporte para llegar a mi destino.

La culpa es un látigo de lento efecto esta mañana; su cuerpo no responde tan rápido desconcentrando la sangre de su entrepierna como lo hizo para poner tanta de una vez en el tiempo que le tomó caminar de la banca de la parada de buses hasta pasar del contador de pasajeros. Armando no sabe como disimular su erección, la imagen de la corona de espinas no surte efecto inmediato, y el bus va lleno de alumnas de la escuelita parroquial, y a cada lado van paradas dos o tres señoras de la guardia del santísimo con sus vestidos blancos, las mantillas y el medallón. La que se va a armar cuando sientan pasar su firme virilidad rozando las beatas nalgas de medio autobús.

Y Armando tiene que sentarse hasta el final porque debe tocar el órgano en la misa de siete y media, tiene que hallar como no caer en la tentación. El bus va lleno y Armando está dudando entre retroceder y esperar diez minutos a que pase el otro bus, pero la gente atropellada en la puerta le dice que se apure y el pene no se baja y el ave-maría-purísima-sin-pecado-concebida no funciona, y el motorista lo apura y la hermana Martita ya casi va a saludarlo. Dios mío, Dios mío porqué me has abandonado, musita Armando.

No hay modo de pasar en medio de ese pasillo a las siete de la mañana sin rozar y ser rozado por la tentación o la mala suerte. Armando, culpable él de ser uno más, suspira y camina hasta el fondo del infierno mientras grita el motorista que atrás todavía hay espacio.

Mi muy extranjero amigo insistía en que lo lleváramos a una cantina, y le informé que aquí lo único que había era bares, vulgares y genéricos. Después de varias semanas de ruegos, él y yo y Otra Persona entramos un viernes a las 8:30 pm a El Garrobo Carnavalero, y una densa nube de humo de cigarro ya saturaba el lugar.

En una esquina lo vi con ella; tan temprano y ya le habían alquilado su alma al diablo, borrachos hasta haber perdido la cabeza. Le expliqué al extranjero con aire aristócrata: "borracho no es suficiente para describir eso. Están reventadísimos; están a verga". "Se han puesto una gran tuza", dijo la Otra Persona.

No envidié la posición en la que se encontraban. De hecho, fueron un gran espectáculo. Le expliqué a mi muy extranjero amigo los antecedentes y las razones de por qué conocía al tipo ebrio de la esquina y a su excéntrica pareja. Él, ya en proceso de conocer eso que le decían estar a verga, me dio una palmadita en la espalda, felicitándome por haberme salvado de ocupar el lugar de la mencionada excéntrica.

Al final nos fuimos del lugar, cuando esta noble dama se percató de mi presencia y asumió que yo era una amenaza para su hombre. Nada más lejano a la realidad, pero ella no estaba precisamente en un nirvana intelectual para que comprendiera que yo no tenía semejantes intenciones. Se paró a tres mesas de donde estábamos y me tiró algunas monedas de un centavo; después se acercaba y se alejaba con un vaso en la mano. Su hombre, quien alguna vez hubiera hecho lo imposible porque nadie en este mundo me pusiera una mano encima, estaba desparramado sobre una mesa, haciendo gala de una inconciencia etílicamente inducida. Y por suerte su media naranja también se desmayó, luego de tomar la sabia decisión de beberse el contenido del vaso en lugar de gastarlo sobre mi humanidad.

Mis amigos y yo salimos en fila india por la puerta trasera del recinto, y yo apenas podía contener una risa particularmente profunda. Mi muy extranjero amigo se deleitó teniendo esta anécdota para contar, pero siempre tiene que haber alguien que le corrija que eso pasó en un bar, no en una cantina.

Mis padres se conocieron en el trabajo. Anterior a ese suceso cada quien había llevado una vida muy distinta a la del otro. Mi madre creció modestamente, dentro de una familia normal, hasta donde cabe. 
Mi padre, por el contrario, nació en Ahuachapan y venía de una familia numerosa, siendo el tercero de diez hijos. Su madre, mi abuela, se casó en tres ocasiones: dos hijos en el primer matrimonio, otros dos del segundo y el resto en el último. Por diversas circunstancias, mi padre tuvo que dejar su casa y venir a San Salvador, donde tuvo que buscar trabajo y, luego de ir escalando posiciones a base de esfuerzo, conoció a mi madre.

Claro, no se hicieron novios al instante. Pasaron muchos años conociéndose y, con el paso de los mismos, ella logró que él se reconciliara con su familia, su madre y sus hermanos. Sin embargo, nunca logró sacarle algo sobre su padre. Fue la casualidad la que le permitió saber algo de él.

Un domingo por la mañana salieron a pasear en automóvil. Cuando pasaban frente a una cantina, mi madre vio un hombre tendido en una cuneta, harapiento, borracho, sucio. Una desgracia. Pero antes de poder decir algo, mi padre, con voz orgullosa, le dijo: "Ese es mi papá". Esa fue la primera vez que lo vio. La segunda, y ultima, fue justo un año antes del nacimiento de mi hermano mayor, durante su funeral.



Mi imagen de una cantina era la que se mira en una película del oeste o algún episodio de Chespirito con el "Rascabuches". O sea, un lugar con unas puertas de maderas, de esas que abren a los dos lados y que son pequeñitas en comparación con el tamaño de la puerta, donde hombres de sombrero beben tragos fuertes en mesitas pequeñas mientras juegan naipes, un tipo con un sombrero de bombín toca en un piano con una cerveza encima y mujeres de la vida alegre visten trajes puritanos a nuestros tiempos y plumas en la cabeza. Un lugar donde llega un tipo extraño y empiezan peleas campales de todos contra todos, mientras el pianista y los jugadores de naipes siguen en lo suyo absortos e ignorantes de la pelea que les rodea.

Esa imagen o escena mental que tenia de una cantina, se vino abajo cuando conocí a que se le llama una cantina en El Salvador. Una cantina aquí, es una casa humilde con una ventana pequeñita hecha de barrotes, y puerta de madera, donde un montón de bolitos piden un trago fuerte con boca de hoja de jocote o algo bien acido y se quedan dormidos en la acera de enfrente. La casita con los barrotes de hierro generalmente tiene un dibujo pintado de la marca Muñeco, Tick-Tack o de cualquier bebida de mala muerte y escasa calidad que circula en el pais a modo de señal o identificación que allí se vende aguardiente.

La verdad, me hubiera querido quedar con la imagen sacada de las películas. No conozco ningún lugar decente o indecente que se parezca a algo así. Lugares que tomen el nombre si, recuerdo de uno que se llamaba "La cantina del Patrón" en la "Zona Rosa", pero ni se parecía a las de las películas, ni tuvo éxito porque creó que ni existe ya. También están los famosos "chupaderos", pero en ellos, solo se venden cervezas, los bolitos tocan a las meseras y se la pasan jayaneando, mientras ponen las 20 botellas de cerveza que se toman todas en la mesa, a modo de trofeo y ponen música en rockolas que tienen canciones más viejas que el tufo.

A veces, cuando pienso en cosas tan sin importancia como esta, y especialmente después de escribir el párrafo anterior, me doy cuenta la fijación que tengo en pensar que lo que veo en la tele que se hace en otros lados, es mejor de lo que se hace aquí. Temo, sin embargo, que no es esta una manía que solo práctico yo. Pareciera, que siempre, para imaginar o pensar en cómo puede mejorarse algo o resolverse un problema, recurrimos a recordar lo que hayamos visto en otros lados y como se hace o se maneja. Nada menos, hoy en marzo, recuerdo a gente emocionada en ir a un "pub irlandés" a celebrar el "día de San Patricio" y tomar cerveza verde. ¿Por qué. ¿Por qué un "pub" y el día de san Patricio y no una cantina de barrotes y el día de la paz, el 16 de enero? ¿Por qué en LGV, "Benihana" y "Buffalos Wing's" y no "Tipicos Margoth"? La verdad, no sé.

Hay una lágrima que no sabías que tenías. Que sale con un trago. Con varios tragos. Y cuando menos sentiste, ahí está.

La tristeza esa que sale con el alcohol y nadie sabía.

Menos el llorante.

Que suspira.

Llorante que alza la copa y entonces llora más.

Y hay un momento en el que pensás que la cantina es cercana a un templo: salvación, confesionario y hermanos.

Y entonces, como la sangre y cuerpo de cristo: bebida y botana en mano, decides que hay que seguir yendo, hasta en las fiestas de guardar.


Salut por el llanto.

Salut.






Soundtrack de este post:





Reflexión de la autora:
En México una cantina es una cantina. En El Salvador una Cantina es una idea, porque a las cantinas se les dice bares. Y eso me dejó pensando. No sé qué con exactitud,. pero sí sé que sobre las deficiencias lingüísticas y semánticas de las palabras que usamos.

Yo no sé cómo hace o cómo hizo la gente a la que le resulta fácil socializar, pero yo siempre he tenido la sensación de vivir a la expectativa del día que me rompieran el corazón. De hecho me parece que todo mundo se droga, juega, coge, habla, escribe en búsqueda de aquello que te haga sentir algo, lo que sea. Se priva tanto de humanidad el mundo en el que estamos que una sonrisa chueca nos pone a delirar y a imaginar cosas que no son. Perseguimos eso que no sabemos qué es, pero que sabemos que está... en algún lado. Y para allá vamos.


Estamos tan desesperados por sentir que equivocarse es inevitable.

Las licoreras se enriquecen en gran medida por las decepciones de millones de corazones que descubren el poder sanador del tequila de la manera que lo descubrí yo. Se agolpan de repente los millones de canciones cursis que hablan de ausencias descorazonadoras y de cómo equis no podrá vivir sin ye. Sabiduría popular que aminoriza el dolor con pop fresa, baladas setenteras para detenerse ineludiblemente en las que todo mundo odia, las rancheras y la música de cinquera. Todo por atolondrarse y querer gente inadecuada.

Y termina uno chillando a moco tendido cantando esto:



La gente te ve feo, claro. Pero ah, qué liberador es.

- ¡Pichiche! ¡Pichiche! ¡Despertá, cabrón!
- Dejalo, maje.
- Nombre, hay que ir donde la Trini.
- Ahí dejalo, como que no conociera este pendejo donde está la querencia.
-Ve, ahi va el Pulpo.
- Miralo ve, como que haciendo penitencia va el maje.
- Pulpo, ¿qué se te ha perdido algo?
- Pulpo, agachate a verme esta, ¡pendejo!
- Les voy a dar verga, pendejos. En vaca les doy verga, cuando quieran.
- Pobrecito, papá.

El Pichiche se ha quedado boca abajo. Sueña con una lancha y con el mar. Al Pulpo lo siguen Chalo y el Pollo, calle abajo, hacia la salida del pueblo, ahí donde siempre están las cantinas.

El expendio número uno tiene la parroquia más grande de los bolos del pueblo. El Pulpo es el más conocido de los habituales, Chalo, el Pollo, el Pichiche son otros. Antes, el Ticuco era el cliente más reconocido, pero desde la pedrada al Pulpo lo excomulgaron de donde la Trini. A la Trini no le gustaban los bolos peleoneros, y peor, los tirapiedras. El expendio número uno no solo era el oasis para los delirios de cada parroquiano dado a la devoción diaria al aguardiente de 45º, si no además era una especie de rincon bendito por tener a menos de una pedrada de distancia, palos de jocote, almendra y mango indio. Donde la Trini reina una beata paz, si es que eso cabe dentro de un estanco.

El Pulpo grita, más que canta. Va camino del palo de almendra de la niña Chayo, hace mucho sol ya para esta hora de la mañana, acaba de levantarse todo asoleado, anoche no se quedó debajo del portal de las Sánchez si no que la fondeó en la cuneta pegado donde la Rut. Al Pulpo le arde la tripa. Va escudriñando como puede los espacios entre los adoquines con el ojo que tiene bueno - el otro está casi inservible después de una certera pedrada que le diera el Ticuco una de tantas tardes con la majada adonde la niña Trini -. El Pulpo parece ver lo que busca: una moneda. Siempre encuentra una moneda entre él y la cantina. Chalo y el Pollo encuentran otra moneda. Están de suerte este viernes.

Sara camina más rápido que de costumbre. A la niña Rosa, por mucho que le explique que el padre se emociona en el sermón de la misa de los primeros viernes, no le vale beatitud alguna; no tener a su ayudante en la tienda antes de abrirla es pecado mortal, especialmente porque está cerca navidad y la gente busca los regalos más de lo que busca la paz con el prójimo - así suele decir el padre Tomás-. Apenas ha podido encontrarlo, está unas cuadras mas arriba.

Sara no sabe exactamente porqué sigue haciendo esto, quizás por la fé, quizas por el amor, quizás por la caridad, o quizá por la esperanza, o por la llana estupidez. Saca otra mañana más unas monedas y se las da al camino, para que este las lleve a él o a lo que queda del hombre de la foto, por el que su mamá dejaba la palanquera medio abierta.

Vos sabés, el calor es energía. El movimiento genera calor. Lo contrario, lo frío, está muerto. Hace ya un buen rato que vengo encontrándome con hombres de hielo, que entran con sutileza en mi organismo y cuando salen me dejan hecha escarcha. Yo no sé, quizás vos seás igual que ellos. Eso temo, porque también ellos, antes de que yo llegara a su gélido núcleo, me calentaron como el sol. Yo no sé. Dejame averiguarlo.

Sale a la calle, el aire y el tibio abril no parecen ayudar, le duele su lado izquierdo, le duele demasiado, tanto que se tambalea. Las horas avanzan y siente el infierno en las suelas de sus zapatos. Él es flaco, moreno y alto. Siempre ha llevado una especie de calor adentro, siempre ha destilado miel a las horas de mediodía en que siente todo lejano. Tiene diez años sin ella y el calor que hace a mediodía no se compara con el que lleva por dentro, porque a ella la lleva por dentro, la tiene en la sangre. Él sigue caminando por las calles áridas en medio del vapor del día, se sienta en una esquina y extiende la mano.


Ayer por la mañana, al abrir la puerta de mi casa, me encontré con un muerto. Estaba bastante desorientado y balbuceaba palabras sin sentido. Lo llevé hasta la sala de mi casa y le di un poco de agua y esperé a que volviera un poco en sí. 
Rato después, cuando parecía haber recobrado la conciencia, me contó que recordaba haber muerto en un accidente pero que no había visto ninguna luz blanca ni ningún túnel negro ni nada por el estilo. Me pareció bastante curioso que me dijera esto. Le pregunté su nombre y me dijo que no lo recodaba. 
Llamé entonces a la oficina para saber si había sucedido algo extraño en las últimas horas. Mi secretaria me contó, bastante nerviosa, que un hombre había logrado escapar de uno de los infiernos. Aparentemente había sobornado a los guardias. Pregunté la descripción del hombre y al escucharla mis ojos se abrieron de par en par: era el mismo hombre que estaba en la sala de mi casa. Colgué el teléfono y sin mediar palabra llevé al hombre a rastras hasta la oficina, lo metí en uno de los peores infiernos, donde no había guardias que sobornar, y luego consulté su expediente para saber porqué estaba ahí. De inmediato la indignación me subió por la cabeza. De nuevo a rastras, llevé al hombre hasta el peor de los infiernos.
Él hombre, que hasta el momento no había dicho mucho sabiéndose descubierto, comenzó a gritar: que era injusto, que en vida nunca le había hecho mal a nadie, que su trabajo en la televisión era visto por muchos... Yo, con la indignación al máximo, me acerqué a él, lo miré a los ojos y le dije: ¡Comé mierda hijueputa! Ni yo me atrevería a aprovecharme de las necesidades de la gente para hacer dinero, ¡al menos no de una manera tan pendeja como tu programita!
Pero es que aquí hace mucho calor, me dijo el hombre, quiero irme.
Ni mierda, contesté yo. Y lo dejé que se pudriera.

* Ajá, odio Cantando por un Sueño. Y es que, si no hay pecado más diabólico que quitarle la comida al que tiene hambre, hacerlo todo un show es peor.




Nunca he sido demasiado caluriento, palabra que no debe confundirse con calenturiento, que tampoco (creo yo) lo he sido. Desde pequeño, me acostumbraron a dormir con pijamas, de esas de de mangas largas tanto en la camisa como en el pantalon. Y cobertor incluido. En invierno o en verano. En mi cama solo y en un cuarto solo para mi.

Hasta que me case.

Compramos (o nos endeudamos) con una casita en un lugar caliente. Y mas caliente en los meses de marzo a septiembre. Tan calientes, que se despierta uno con temperaturas de 30 grados en la mañana. Un sauna. Se baña uno y se sale de la ducha sudando a chorros. Encerrarse en un cuarto por unos pocos minutos equivale a meterse en un horno.

Y fue cuando descubri que el cuerpo humano es tan caliente como un bombillo. Asi, de dormir solo en un lugar fresco me encontre durmiendo en compañia y con calor. Descubri entonces que se puede dormir sin pijamas ganando algunos ventajas, pero definitivamente pagando un costo: los zancudos y la incomodidad.

El ventilador era compañía obligatoria, pero no ayuda mucho un aparato que solo revuelve el aire y lo tira a la temperatura a la que este. Aparte que deja una mocosera y un tapon en la nariz, causado creo yo, por el polvo y los acaros que vuelan felices.

El remedio: aire acondicionado. Que rico dormir a 22 grados cuando afuera esta a 28 o 30. Puedo de nuevo dormir con pijamas y cobertor y sentirme calentido. Por supuesto, la modernidad tiene sus costos, la factura del distribuidor de energía ha subido a las nubes.

Decia alguien que la vida es feliz en los tropicos. Es posible, ha de ser infernal dormir, vivir y trabajar en lugares donde la temperatura del dia puede ser a 10 grados bajo el punto de congelacion en invierno. Pero esa clase de infierno es el que deseo yo, algunas veces, algunos dias y noches de marzo a septiembre.

Que noches mas calurosas.

listening to Mucho Mejor by Los Rodriguez on @Grooveshark: http://tinysong.com/a5Ya

Hace calor, estaba esperando que toques mi canción, Y que abras esa botella....


Si uno pudiera hacer un soundtrack para enamorarse no necesita a alguien que escriba bien. O cante bien.

O que diga cosas dulces
O cosas tristes.
O cosas más bien.
Asociación se necesit.a No más.


** Me acuerdo una vez que me asaltaron a mí y a toda mi familia en "lo que es" un reconocido café cultural. Aún puedo nombrar todas las canciones que sonaban. Pero me recordaré siempre de "Amor se llama el juego", sobre todo porque sonaba mientras me registraban que no llevaba artículo personal de valor alguno**

Todo es asociación y amamos por asociación.

Odiamos por asociación.

Y olvidamos sin asociación alguna.

Sólo necesitamos que la canción recuerde a alguien.
Sólo necesitamos que algo recuerde algo más.

Y el mundo parece que es una coincidencia hecha para nosotros. Cómo si una mano divina moviera todo. Y uno sonríe como inocente. O uno llora como idiota.


Y Calamaro es Dios.


Quizás.

O el Diablo

No importa.


Cuando hace calor en México me siento en El Salvador (podría ser un poquito más húmedo para sentir la sensación completa).

Y pues a veces, cuando ya llevo ocho vasos de agua del día, me da calor, pero no es un calor insoportable. Abrazo mi calor para que crezca. Nomás tantito.

Todo es asociar.

Porque El Salvador es más que calor. Y el amor sin duda mucho más que una canción. Y el odio más que un recuerdo.

Marzo es un mes rancio para Sonia. En marzo todo es un poco más detestable: él apesta a cualquiera, la gente en el microbus hiede más que nunca, el pescado seco le da náuseas, y el camión de la basura parece pasar más lento por la calle, dejando esa remezcla espantosa de las pestilencias de cada familia de esa colonia que se extiende como espinazo de pescado hasta el cementerio y más allá. Sonia detesta marzo y detesta sus chiches* tanto como a marzo, de manera que no sabe si pondría a uno o a otro en la cúspide de las cosas que detesta con mayor fervor, si es que puede sentirse fervor al detestar algo que no sea un equipo de fútbol o una creencia. Marzo y abril - que es marzo por extensión o por semejanza - traen a casa y al camino no solo los hedores, si no el ambiente creciente de desesperación, directamente proporcional a la temperatura que marca el termómetro. Quienes asocian el calor tropical con baile y buen humor no han estado en esas casas de lámina a las dos de la tarde de un domingo de cuaresma, ni han caminado desde el por toda la calle principal de la colonia adyacente desde el cementerio hasta el más allá una hora después que ha pasado el camión de la basura, ni han tenido que subirse a un bus para ir a trabajar cuando todo el mundo regresa a casa del trabajo. Si puede detestarse algo es tener la sangre caliente y vivir en una ciudad caliente, en un país caliente y tener que transitar hacia el trabajo con la ropa que te obliga a mostrar lo que detestás porque te atrae toda clase de calenturas que no deseás, porque te hace oír cosas que te dan asco y hace que se te acerquen de más hombres que huelen a sudor rancio y a la podredumbre de sus mentes y sus almas. Y detestás que tu hombre, el especial, te vea con una lujuria que podría ser la de cualquiera en la calle y que en tu casa el domingo en la tarde el espacio entre la cocina y la pila te recuerde al pasillo del microbús, porque él se te acerca por detrás y suena en la radio una cumbia cualquiera y él apesta, apesta. Marzo apenas lleva veinte días y mañana a esta hora Sonia querrá cortarse las chiches o las venas, mientras intenta sofocar el infierno con una huacalada de agua.



*pechos, senos



[A partir de ahora, su servidor va a abrir la semana en Campo Pagado con el post de los domingos y Soy Salvadoreño pasa a postear los miércoles, nomás por si se preguntaba qué hago por acá este día]