Antes de vos yo era una persona diurna, de albas y rocíos: de rubor en las mejillas, frescura y amaneceres prestos. La vida relucía en tonos amarillo tenue para mutar al celeste clarísimo y el naranja abrasivo de mediodía. Me gustaba quitarme los zapatos para que mis pies sintieran la humedad de la grama; me gustaba también perseguir al sol hasta que se me perdía detrás del volcán. Con la oscuridad venían los silencios y las sombras. Los miedos. Yo me escondía y me escondía mientras regresaban la luz y la alegría, eran una sola en aquellos tiempos.


En eso llegaste vos.

Te encontré a media tarde en un temporal veranero de esos que secuestran el sol un par de días; a media calle y ahí parado me resultabas demasiado sólido y solemne en medio de tanto gris. Yo quise traerte sol y brisa, pero vos me halaste al centro mismo de las tormentas, al negro infinito tuyo y de tus noches. Era un negro que brillaba más que el sol, así que no tuve miedo y me quedé hasta muy entrada la noche. Con paciencia me llevaste a ver a las lechuzas y los búhos mientras la noche se cerraba y la mañana, mi hábitat, se iba para no volver. Eso quería yo, pero volvía. Y vos debías dormir. Me dejabas, entonces, en el resplandor.

Y se me volvió ofensivo. Calcinante. Descarado.

Con el tiempo buscamos acomodar mis trinos y tus susurros y acordamos que las tres treinta de la madrugada era una hora linda para morir: sigue estando oscuro, pero buscando San Vicente se empiezan a asomar un par de rayos color lila, morados, turquesa, verdes, amarillo, sin llegar al anaranjado que detestabas por ser tan vulgar y chillón. A mí poco me importaba morir como fuera media vez vos y tu oscuridad estuviesen ahí, eclipsándolo todo.

Aguantaba el frío y la incertidumbre por aferrarme a la esperanza de verte aparecer a mi puerta a las siete de la noche para decirme que era hora de cazar libélulas. Resistí y las mariposas se cansaron de esperar que mis plantas revivieran, mi gato consiguió otro suministro de leche y tus lechuzas ya me saludaban al pasar. Era perfecto, hasta que te fuiste.

Se me acalambraron los brazos de tanto esperarte.
Se me acabó el amor por la noche y empecé a comprar candelas.
Ahora ya no puedo estar despierta a las tres treinta. Ya no resisto el frío (y la sensación de morir un poco a diario me desbarata el alma.)

3 comentarios:

Victor dijo...

Deliciosas las dos líneas finales.

Victor

Gero dijo...

Creo que todos hemos pasado por eso. Si bien no buscando las sombras de la madrugada, si otros cambios. Claro, todos hemos pasado pero pocos lo expresan tan bellamente.

Genius dijo...

El parentesis jueeeeeeeeeeee!!!!