El fatalismo de Berta le daba para muchas cosas. Solía pensar que el siguiente terremoto la iba a encontrar en la ducha y cubierta de Palmolive Naturals con avena; que su menstruación llegaría mientras vistiese falda blanca o que la tardanza de Roberto se debía a que había sido víctima de la violencia de posguerra y ella no lo sabría hasta ver la edición estelar de CuatroVisión. Al conocerla, Roberto pensó que alguien con la mente tan perturbada era una gema y no una carga, así que decidió quedarse con ella.


Sin embargo a Berta el fatalismo, la soberbia conyugal y el morbo le daban para muchas cosas. A últimas fechas le dio por pensar qué pasaría el día que Roberto muriera. Ella estaba segura que iba a morir antes que ella por suicidio u asesinato -él era más bien misántropo y depresivo al estilo Tony Soprano- y despertaba en las noches pensando en miles de escenarios posibles. Obviaba labores hogareñas, deberes conyugales, citas con las rasuradoras por pensar en costos de féretros y cartas de defunción. Una madrugada y mientras observaba al Roberto inocente e indefenso que era mientras dormía, tomó papel y lápiz para escribirle una carta:

Roberto,

Sé que vas a morir antes que yo. Valorás tan poco lo que tenés, te importa tan poco la gente a tu alrededor que una lacra como vos no puede vivir mucho tiempo antes de hacer que alguien saque un cuete o que vos decidás que sos demasiado culo para este mundo. A pesar de eso, sigo pensando que cambiaste mi vida. Por eso me resulta difícil pensarte muerto.

Considero que la muerte es una ocasión para honrar la vida y sus matices, quién fuiste para quienes te quisieron y cómo te recordarán. Me pregunto cómo voy a honrarte yo. Me pregunto qué diré y dónde estaré cuando te sepa muerto. Sobre todo, me pregunto si alguna vez me quisiste ¿Cuando mencionan mi nombre sonreís o rezumás? Decime Roberto, porque aunque quisiera dejar de contemplar el recuerdo de tus brazos no dejo de pensar que sos un grandísimo cerote. Definite. Amame. Amá la vida. Hacelo ya.

Al terminar de escribir, Berta abrazó a su marido. Nunca entregó la carta, pero siguió temiendo por Roberto en el mercado, en la tienda, en la gasolinera, en el baño y en el trabajo. Temía y temía, mientras el infrascrito repartía su misantropía a granel, orgulloso de "no ser como los demás", creyendo que su arrogancia era lo que lo separaba del resto. Lo que lo hacía mejor que todos esos imbéciles patéticos con el único interés de meter la verga. Y eso, decía, era lo que Berta debía reflexionar: cómo pudo merecer un hombre tan excepcional. Ella no dijo nada y lo dejó hablar de sus virtudes mientras ella sólo veía 1.78mts de pura mierda hablando pura mierda en un país pura mierda. Rió, perversa.

Roberto apareció en la edición estelar de CuatroVisión, Hechos, Teledos, Teleprensa y Telenoticias 21 como el extraño caso del arquitecto que fue cosido a balazos por no ceder el paso a un joven estudiante de cierto instituto nacional. A la viuda le preguntaron cómo se sentía ante el asesinato de su esposo, que se pudiese haber prevenido si las leyes se aplicaran con prontitud: ella contestó que le había advertido muchas veces que esa calle era peligrosa y que le pedía a la Primera Dama ayuda para costear el entierro. El periodista nunca entendió por qué ella sonreía tanto. Tampoco entendió qué llegó a hacer el Crazy a la vela, testigos aseguran que lo vieron contando billetes afuera, pero él decidió no incluírlo en la nota porque en esas colonias la mara sólo es chambres ¿Veá?

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