Y el muchacho escuchaba una voz que le decía que dejara de escribir tonteras. Él, que ya se sabía perdedor a todas luces y oscuranas, vivía hundido en cuatro paredes chucas de tanta palabra que se le ocurría: desesperación debajo del cuadro de la virgen, rozaganteencima de la cesta de la ropa sucia. Había nombres de mujeres hasta en el excusado. Había frases colgando del techo, como si de ellas colgasen las esperanzas de una nueva vida o de una buena muerte. Escribía por una pulsión más poderosa que su propia voluntad (que, a decir verdad, no era mucha la que tenía) y llenaba de líneas hasta el papel higiénico.

Pues llegó un día en que se le acabó la tinta de los lapiceros, la mina de los lápices, y el pisto para comprar dichos escribientes menesteres. Salió a la calle y hacía mucho sol y se le insolaron las ganas de escribir. Y pasó un día sin escribir y vio que era bueno. Al siguiente día encontró cerrada la librería porque era domingo y no le abrieron la puerta a las ganas de escribir en la librería. Paso ese otro día y no escribir y pasear en el parque era bueno. Para no hacerles largo el cuento, pasaron más días y el muchacho que escribía en las servilletas antes de sonarse los mocos no había escrito nada.

No cuesta imaginarse que con el tiempo el muchacho dejó de escribir ya no por circunstancias económicas o comerciales y se dedicó a vivir según se decía que lo haría alguien de su edad, color de cabello y condición social. Incluso llegó a escribir de nuevo, pero solo en los espacios donde se lo decía la gente: Nombre, Dirección, Teléfono, Estado Civil y Real Madrid o Barcelona. Era un convertido el hombre.

El problema era que el corazón pulsante era terco como mancha de tinta indeleble de la que no usan en las elecciones, y como todavía tenía mucho que decir en forma escrita un día al muchacho se le atragantó el corazón con un dolor coagulado que tenía desde hace años y siacabuche forever.


* Chas gracias a la ña Ligia y a la ña Virginia por su Imprimatur/ Nihil Obstat. Vaya para ellas este bolado, por las pláticas y virtuales abrazos anticoagulantes.

1 comentarios:

Jerry H. dijo...

Vaya deseo de no escribir, creativo cuento jefe..