Algo ficticio puede evolucionar sutilmente hacia algo real. Por ejemplo, en una carrera nueva, como profesor, soldado o persona de negocios, representamos un papel que moldea actitudes nuevas. Lo mismo pasa con los actos que causan daño a terceros: dañar a una víctima -dicen los libros de psicología social en sus magnos apartados sobre el estudio de las actitudes-, puede provocar que los agresores la menosprecien, lo cual contribuye a su vez a justificar su comportamiento. Es decir, no sólo tendemos a lastimar a quienes nos desagradan, también sentimos desagrado por aquellos a los que lastimamos.

Dicen que se pasa de la teoría a la práctica. Pero a veces es al revés. Eso me lo dijeron en psicología social: teorícese desde la praxis, desde su propio contexto; la realidad me apuntaría a lo que yo debería englobar en ideas. Y también me lo dijo el conductismo: a veces la conducta precede al pensamiento. Existo, luego pienso.

Las teorías me trajeron una debacle de la que aún no me recupero completamente. Pasé tanto tiempo teorizando que cuando miré a mi alrededor, el mundo que yo conocía estaba en ruinas. Y comencé a actuar, a pesar de las limitantes que mis propios pensamientos me ponía. "Si te da miedo, hacelo". Y al actuar diferente, pensé diferente. Ahora tengo nuevas teorías, sujetas a un reality-check constante.

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