A mi mamá le dijeron que quería volar del nido. Se angustió tanto que lo habló con medio mundo, menos conmigo. Así que un día, de la nada comencé a recibir llamadas de familiares, amigos y hasta de un cura que me daba consejos y me explicaba que en la vida todo se paga y que hay que obrar bien si uno no se quiere ir al infierno. Le dije que gracias por explicarme cómo llegar ahí si algún día se me antojaba, pero que este no era el caso, y le colgué.

Esos días sentí a mi madre rara. No me veía a la cara, apenas me hablaba y no quería que saliera de la casa. Qué pereza, llegué a decirle. Y cuando me cansé, la confronté. Se echó a llorar y me dijo que por qué quería irme, que qué me había hecho, que adónde viviría y con qué hombre, dando por sentado que así sería; que por qué era mal agradecida, que si no pensaba terminar la universidad, y que si el padre me había dicho lo del infierno y que por qué no entendía.

La dejé hablar. Cuando al fin se cansó y se quedó sin preguntas, y sin respuestas porque yo callé todo el tiempo, me confesó: dice la Susana que te oyó decir que te vas a volar del nido.

Me reí a carcajadas como nunca. Su cara se puso roja, no sé si de pena o de furia por mi reacción. Paré y le dije: dígale a la Susana que no me voy a volar del nido, pero que si puede, que vaya al árbol que está afuera de su casa, que busque y se entere de que los pajaritos que nacieron ahí hace poco ya no están. Ah, y de paso, dígale que vaya a ver al cura para que le explique adónde se puede ir si no se fija en lo que anda hablando.