De Delia corría el chambre que se había enredado con un tal Fulanito. De Fulanito corría el chambre que andaba viendo qué ondas con Delia. Los habían visto uno a la par de la otra con frecuencia, aunque siempre actuando como si no fueran más que amigos. Eso, decían los amigos comunes, era señal de que algo se traían entre manos. El que actuaran como amigos era indicio de que eran algo más que eso.

Con el tiempo, la gente dejó de asociar a Delia con el Fulanito, porque parecían ya no tener cercanía. Sobreponiéndose a la vergüenza de ser metiches en un tema aparentemente inexistente, los amigos comunes le preguntaron a Fulanito si alguna vez se había topado a la Delia. A Delia le preguntaron lo mismo sobre Fulanito. Los dos respondieron que no. No, nada pasó entre ellos.

A mi mamá le dijeron que quería volar del nido. Se angustió tanto que lo habló con medio mundo, menos conmigo. Así que un día, de la nada comencé a recibir llamadas de familiares, amigos y hasta de un cura que me daba consejos y me explicaba que en la vida todo se paga y que hay que obrar bien si uno no se quiere ir al infierno. Le dije que gracias por explicarme cómo llegar ahí si algún día se me antojaba, pero que este no era el caso, y le colgué.

Esos días sentí a mi madre rara. No me veía a la cara, apenas me hablaba y no quería que saliera de la casa. Qué pereza, llegué a decirle. Y cuando me cansé, la confronté. Se echó a llorar y me dijo que por qué quería irme, que qué me había hecho, que adónde viviría y con qué hombre, dando por sentado que así sería; que por qué era mal agradecida, que si no pensaba terminar la universidad, y que si el padre me había dicho lo del infierno y que por qué no entendía.

La dejé hablar. Cuando al fin se cansó y se quedó sin preguntas, y sin respuestas porque yo callé todo el tiempo, me confesó: dice la Susana que te oyó decir que te vas a volar del nido.

Me reí a carcajadas como nunca. Su cara se puso roja, no sé si de pena o de furia por mi reacción. Paré y le dije: dígale a la Susana que no me voy a volar del nido, pero que si puede, que vaya al árbol que está afuera de su casa, que busque y se entere de que los pajaritos que nacieron ahí hace poco ya no están. Ah, y de paso, dígale que vaya a ver al cura para que le explique adónde se puede ir si no se fija en lo que anda hablando.

Un día:
¿Ya sabías que la María anda con Pedro?
Si, Pedro el morenito.

Tres días después:
Allá por la Concha dicen que los vieron, 
dándose una gran topada.

Una semana después:
¡Juela! ¿Y ella que no andaba con Carlos?
A mí se me hace que anduvo con los dos al mismo tiempo.

Dos semanas después:
¿Y vos no la ves un poco más gordita?
¿será que se les paso el agua a estos bichos?

Tres semanas después:
Y dicen que no es de él,
que es del otro novio con el que anduvo antes, 
un tal Carlos.

Un mes después:
Es que yo desde chiquita le veía la cara...
esa misma, de putita.

Tres meses después:
Así dicen, 
que a tenerlo donde un tío va.

Cuatro meses después:
Y el Pedro, el morenito,
que para el norte agarró me contaron hoy.

Seis meses después:
En un comedor esta trabajando.
Si, de cholera.

Nueve mesesdespués:
¿Lo perdió?
Por puta le pasa eso...

Historia verdadera:
A la María le gustaba Pedro.
Platicaban de vez en cuando.

A sus 16 años Jerónimo siempre supo ser el último en darse cuenta de los chambres. Quizás por no entender el mambo de que la culpa puede diluirse en una estructura social que comparte el mismo pecado no era capaz de aventurarse a añadirle o quitarle una parte a lo que alguna vez le contaban. Quizás porque desde siempre ese tonito en que se cuentan ciertos asuntos "como quien no quiere la cosa" le provocaba desde antes una especie de temor a ser descubierto como una suerte de delincuente, una culpa anticipada le daba un cosquilleo indescriptible (o descriptible pero no en este espacio) que le aguaba cualquier posibilidad de ser el nodo comunicativo del mesón, cosa que si era su popular compañera de cuarto. En cualquier caso, odiaba que las noticias se alterasen, así que no servía nunca de estación informativa, excepto cuando él mismo se volvió la noticia y se encargó cuidadosamente de irle diciendo a cada vecino del mesón cómo había descuartizado en la madrugada a su madre, para que nadie anduviera inventando.

- ¿Viste a la (inserte nombre aquí)?
- Ah, sí vos. Creo que se achicó cuando me vio porque andaba con los ojos hinchados.
- Qué pena. ¿Y qué le dijiste?
- Nada, me hice la maje.
- Ay, pero pobrecita vos. Que toda la mara sepa que te cortaron...
- Ajá, gran ahuevada. Pero quién la manda a hacerle caso a ese (inserte palabra antisonante aquí). ¿Qué estaba pensando?

- No sé vos. Yo creo que ni estaba pensando.
- Cabal, porque de cualquier otra persona me lo hubiera esperado, menos de ella.
- Sí. Ojalá lo supere rápido.
- Ay sí, porque pobrecita. Yo se lo dije y ella no me hizo caso...
- Cierto. Quizá hasta nos estamos preocupando por gusto, porque ella ya está grande y tendría que saber que no le convenía.
- Sí, nosotros fuimos sus amigas y se lo dijimos.
- Mirá, mejor callémonos que ahí viene

...

Supo de qué estaban hablando sin necesidad de escuchar una palabra. Solo necesitó ver como cambiaban de postura y disimulaban conversar sobre otro tema. Sobre otra pobrecita quizá, otra que en algún momento las consideró sus amigas, otra que alguna vez también les dijo "¿Ya te contaron el chambre?" -como ella en su oportunidad- y de quien después harían un delicioso festín verborréico.

Pobrecita pobrecita. Ahí supo que en verdad no tenía amigas. No las volvió a ver jamás.

El fatalismo de Berta le daba para muchas cosas. Solía pensar que el siguiente terremoto la iba a encontrar en la ducha y cubierta de Palmolive Naturals con avena; que su menstruación llegaría mientras vistiese falda blanca o que la tardanza de Roberto se debía a que había sido víctima de la violencia de posguerra y ella no lo sabría hasta ver la edición estelar de CuatroVisión. Al conocerla, Roberto pensó que alguien con la mente tan perturbada era una gema y no una carga, así que decidió quedarse con ella.


Sin embargo a Berta el fatalismo, la soberbia conyugal y el morbo le daban para muchas cosas. A últimas fechas le dio por pensar qué pasaría el día que Roberto muriera. Ella estaba segura que iba a morir antes que ella por suicidio u asesinato -él era más bien misántropo y depresivo al estilo Tony Soprano- y despertaba en las noches pensando en miles de escenarios posibles. Obviaba labores hogareñas, deberes conyugales, citas con las rasuradoras por pensar en costos de féretros y cartas de defunción. Una madrugada y mientras observaba al Roberto inocente e indefenso que era mientras dormía, tomó papel y lápiz para escribirle una carta:

Roberto,

Sé que vas a morir antes que yo. Valorás tan poco lo que tenés, te importa tan poco la gente a tu alrededor que una lacra como vos no puede vivir mucho tiempo antes de hacer que alguien saque un cuete o que vos decidás que sos demasiado culo para este mundo. A pesar de eso, sigo pensando que cambiaste mi vida. Por eso me resulta difícil pensarte muerto.

Considero que la muerte es una ocasión para honrar la vida y sus matices, quién fuiste para quienes te quisieron y cómo te recordarán. Me pregunto cómo voy a honrarte yo. Me pregunto qué diré y dónde estaré cuando te sepa muerto. Sobre todo, me pregunto si alguna vez me quisiste ¿Cuando mencionan mi nombre sonreís o rezumás? Decime Roberto, porque aunque quisiera dejar de contemplar el recuerdo de tus brazos no dejo de pensar que sos un grandísimo cerote. Definite. Amame. Amá la vida. Hacelo ya.

Al terminar de escribir, Berta abrazó a su marido. Nunca entregó la carta, pero siguió temiendo por Roberto en el mercado, en la tienda, en la gasolinera, en el baño y en el trabajo. Temía y temía, mientras el infrascrito repartía su misantropía a granel, orgulloso de "no ser como los demás", creyendo que su arrogancia era lo que lo separaba del resto. Lo que lo hacía mejor que todos esos imbéciles patéticos con el único interés de meter la verga. Y eso, decía, era lo que Berta debía reflexionar: cómo pudo merecer un hombre tan excepcional. Ella no dijo nada y lo dejó hablar de sus virtudes mientras ella sólo veía 1.78mts de pura mierda hablando pura mierda en un país pura mierda. Rió, perversa.

Roberto apareció en la edición estelar de CuatroVisión, Hechos, Teledos, Teleprensa y Telenoticias 21 como el extraño caso del arquitecto que fue cosido a balazos por no ceder el paso a un joven estudiante de cierto instituto nacional. A la viuda le preguntaron cómo se sentía ante el asesinato de su esposo, que se pudiese haber prevenido si las leyes se aplicaran con prontitud: ella contestó que le había advertido muchas veces que esa calle era peligrosa y que le pedía a la Primera Dama ayuda para costear el entierro. El periodista nunca entendió por qué ella sonreía tanto. Tampoco entendió qué llegó a hacer el Crazy a la vela, testigos aseguran que lo vieron contando billetes afuera, pero él decidió no incluírlo en la nota porque en esas colonias la mara sólo es chambres ¿Veá?

Give sorrow words me dijo William Shakespeare. Y siguiendo su consejo, todos los días al despertarme, bajo las escaleras desde el palomar que es mi cabeza, paso por el vestíbulo de barrotes blancos que albergan nada, y llego a la habitación subterránea de mi estómago. Ahí me encuentro al monstruo de dos cabezas taladrándome las entrañas; un solo cuerpo con dos rostros diferentes. Le doy mis palabras, se las tiro desde el umbral de la puerta, y así se mantiene con vida. Si me le acerco mucho, me lastima más de la cuenta. Aún no junto la fortaleza para dejarlo morir, pero llegará el día en que pueda decir que ya no quiero escribirle, que mis palabras se enredarán en causas menos hirientes que su existencia. Pero por hoy, prefiero la compañía del monstruo, que me mantiene hablando aunque me desgarre, al silencio y la soledad del vestíbulo.

Me he pasado meses evitando escribir lo que quiero escribir, me he negado el derecho a escribir la historia, a rehacer la historia, y no, ya no quería escribir, no quería hacerlo y lo dejé.

Tengo ocho meses en blanco, hasta que olvidé la razón por la que había dejado de escribir y me di cuenta de que a veces uno escribe y no sabe desde que deseo, desde que dolor, desde que paredes o escombros, uno sólo escribe y escribe automáticamente.

Uno escribe porque las palabras empujan, porque los dedos tiemblan si no se hace, uno escribe aunque ya no quiera. Uno escribe aunque los demás lean y no entiendan, uno termina escribiendo que ya no quiere escribir y así.

Hay algo que muy pocas personas saben de mi, al menos de quienes me leen. No es un secreto malo ni sucio, simple y sencillamente es el resultado de decisiones que se toman de manera apresurada. Y como no me gusta andar con rodeos, acá se los lanzo como bomba: a mis veinticuatro años de vida ya estuve casado una vez. Todo comenzó hace unos tres años. Ella era una amiga de toda la vida con quien siempre tuve cierta afinidad. Yo estaba a punto de cumplir mis veintiún años y quería hacer ya mi vida independiente. Llevábamos ya varios meses de andar y nunca nos alcanzan ni las noches ni las madrugadas para platicar. Y en una de esas surgió la idea que de inmediato quisimos convertir en realidad.
Sus padres, bastante liberales, estuvieron de acuerdo desde el principio. Los míos, un tanto más conservadores, se opusieron al inicio; sin embargo, al verme tan decidido, sacaron a relucir su ferviente devoción al dicho popular de "quien que por su gusto muere, que lo entierren parado".

Y así, justo una semana después de mi cumpleaños a inicios de diciembre, en una ceremonia a la que asistieron solo familiares y amigos, nos casamos.
Los padres de ambos se comprometieron a seguirnos apoyándonos para que termináramos nuestros estudios. También nos facilitaron un pequeño apartamento ubicado cerca de la universidad. Ambos conseguimos un trabajo de medio tiempo y arreglamos nuestros horarios de estudios. Todo pintaba bien.

Pasó un mes y no perdimos la costumbre de conversar por horas, a pesar del cansancio o el poco tiempo libre. Ambos nos esforzamos por hacer que el asunto funcionara.Y así era.

Sin embargo, a los tres meses noté algo sumamente raro: no podía escribir. Desde que comencé a los dieciocho años, nunca me detenía, ni siquiera cuando tenía poco tiempo disponible, ni cuando no tenía nada que escribir. Esa fue la señal.
Así que esa misma noche me planté frente a ella. No hubo necesidad de explicaciones, al verme lo supo: ¿Has dejado de escribir verdad?
Al tiempo recuperamos nuestras vidas, digamos, tal y como eran antes. Con el tiempo ella terminó sus estudios y ahora esta en España sacando un post grado. Y yo... bueno, estoy por terminar mis estudios. Y claro, volví a escribir.

Y el muchacho escuchaba una voz que le decía que dejara de escribir tonteras. Él, que ya se sabía perdedor a todas luces y oscuranas, vivía hundido en cuatro paredes chucas de tanta palabra que se le ocurría: desesperación debajo del cuadro de la virgen, rozaganteencima de la cesta de la ropa sucia. Había nombres de mujeres hasta en el excusado. Había frases colgando del techo, como si de ellas colgasen las esperanzas de una nueva vida o de una buena muerte. Escribía por una pulsión más poderosa que su propia voluntad (que, a decir verdad, no era mucha la que tenía) y llenaba de líneas hasta el papel higiénico.

Pues llegó un día en que se le acabó la tinta de los lapiceros, la mina de los lápices, y el pisto para comprar dichos escribientes menesteres. Salió a la calle y hacía mucho sol y se le insolaron las ganas de escribir. Y pasó un día sin escribir y vio que era bueno. Al siguiente día encontró cerrada la librería porque era domingo y no le abrieron la puerta a las ganas de escribir en la librería. Paso ese otro día y no escribir y pasear en el parque era bueno. Para no hacerles largo el cuento, pasaron más días y el muchacho que escribía en las servilletas antes de sonarse los mocos no había escrito nada.

No cuesta imaginarse que con el tiempo el muchacho dejó de escribir ya no por circunstancias económicas o comerciales y se dedicó a vivir según se decía que lo haría alguien de su edad, color de cabello y condición social. Incluso llegó a escribir de nuevo, pero solo en los espacios donde se lo decía la gente: Nombre, Dirección, Teléfono, Estado Civil y Real Madrid o Barcelona. Era un convertido el hombre.

El problema era que el corazón pulsante era terco como mancha de tinta indeleble de la que no usan en las elecciones, y como todavía tenía mucho que decir en forma escrita un día al muchacho se le atragantó el corazón con un dolor coagulado que tenía desde hace años y siacabuche forever.


* Chas gracias a la ña Ligia y a la ña Virginia por su Imprimatur/ Nihil Obstat. Vaya para ellas este bolado, por las pláticas y virtuales abrazos anticoagulantes.

Cargo diez dólares prendidos de las orejas casi todo el tiempo. En sus bordes dicen Sony y ensordecen. Caminan conmigo y transmiten la banda sonora del vaivén de mis caderas, incluso recogían mis lágrimas en aquellos tiempos en los que aún recordaba cómo llorar. Se han acoplado tan bien a mí que ya no se quedan atorados en los mangos de las sillas y han aprendido a evadir mis pies cuando los arrastro por el suelo. Mis audífonos y yo ya somos uno solo.


Cargo ciento cincuenta dólares constantes y rosados en mi cara, que me recuerdan que normalmente leo en condiciones de luz pobre y mala postura lumbar. Ellos ven el mundo por mí: evaden baches; cuentan el vuelto; distinguen a mi madre entre la multitud; distinguen un fuera de lugar y ubican el párrafo que busco en un texto. Nunca se han empañado. Ellos ven por
mí.

Cargo catorce dólares en la ceja izquierda, símbolo de disconformidad social según mi maestro de sociología, pero que en realidad sirven para distraer la atención culposa que todo el rosado que cargo me hace sentir. Plante, digamos. Me hace ver malosa. Aleja a los fresas de mí.

Pero adentro cargo un músculo que no descansa y que disputa con mi cerebro la toma de decisiones por sobre mis actos... ganando, las más de las veces. Me hace ir a sitios por el puro peso de la nostalgia, me hace releer promotorios de letras que ahora son polvo, me hace secretar agua salada por los ojos. Todo esto podría ser irrelevante de no ser porque su diversión favorita es tomar control de mis manos para que todo lo que se registre de mí en vía escrita sean gritos que mi cerebro se niega a materializar. A lo mejor por eso mis teclados están llenos de gotas de sangre.

Ya no. Ya no quiero. Me declaro en huelga. En huelga de brazos caídos. Brazos caídos que del desánimo se encogen de hombros y se rehúsan a articular un tan solo dedo para posarlo sobre el teclado.

Ya no. Ya no quiero escribir. Porque si escribo, escribiré que tengo miedo. Y si lo escribo, el miedo se hará real. Más que gritarlo a todo pulmón, será decirme al oído que me siento vulnerable. No es que alguna vez me haya sentido invencible y todopoderosa. No. Pero de vez en cuando me siento más insegura de lo normal. Y cuando me siento así, en todo lo que puedo pensar es en miedo. Y si el miedo es todo lo que pienso, es todo lo que escribo.

Quisiera ser como otros y tratar de hallarle el lado bueno a todo, a todos, a todo momento y en todo momento. Ser más optimista que un libro de auto-ayuda, más positiva que un mantra budista y más paciente que un santo.

Escribir sobre papel perfumado a fresa,
en tinta rosa con brillantina, haciendo coranzoncitos colochos en lugar de puntos sobre las íes y pintando estrellas, flores, arcoirises, unicornios y mi Pequeño Pony al margen de la hoja con mis Galácticos de color.

Pero no puedo. No funciona así. No puedo escribir como otros porque yo soy yo. Y yo soy triste a veces, sombría otras y callada las restantes. Y para no escribir me callo. No, no quiero escribir.

Y aún así, me hace falta. Extraño escuchar el sonido de las teclas cuando mis dedos se deslizan por ellas y cómo el ritmo de las pausas y el compás de mi mecanografía van componiendo una melodía sin sentido. Reírme conmigo misma al escribir o de mí misma al releerme. Sentir que creo algo por insignificante que sea. Hablar aunque sea sola, con ustedes o con las piedras...

Me hace falta. Lo necesito.

Ya no. Ya no quiero no querer escribir.

Algo ficticio puede evolucionar sutilmente hacia algo real. Por ejemplo, en una carrera nueva, como profesor, soldado o persona de negocios, representamos un papel que moldea actitudes nuevas. Lo mismo pasa con los actos que causan daño a terceros: dañar a una víctima -dicen los libros de psicología social en sus magnos apartados sobre el estudio de las actitudes-, puede provocar que los agresores la menosprecien, lo cual contribuye a su vez a justificar su comportamiento. Es decir, no sólo tendemos a lastimar a quienes nos desagradan, también sentimos desagrado por aquellos a los que lastimamos.

Dicen que se pasa de la teoría a la práctica. Pero a veces es al revés. Eso me lo dijeron en psicología social: teorícese desde la praxis, desde su propio contexto; la realidad me apuntaría a lo que yo debería englobar en ideas. Y también me lo dijo el conductismo: a veces la conducta precede al pensamiento. Existo, luego pienso.

Las teorías me trajeron una debacle de la que aún no me recupero completamente. Pasé tanto tiempo teorizando que cuando miré a mi alrededor, el mundo que yo conocía estaba en ruinas. Y comencé a actuar, a pesar de las limitantes que mis propios pensamientos me ponía. "Si te da miedo, hacelo". Y al actuar diferente, pensé diferente. Ahora tengo nuevas teorías, sujetas a un reality-check constante.

Resulta que uno piensa en que la otra persona es la muerta, que la otra persona es un fantasma y uno no cabe en los espejos, no cabe en las certezas, se tienen dudas, pero al final es uno el que está muriendo, es el yo que se extingue. De ahí que todo sea inútil.

Que no hay teoría alguna que me haga recuperar lo que se fue, de ahí que las justificaciones no tengan validez y los objetivos parecen absurdos, al final en la práctica tu único fin era marchitarme, asesinarme, eso querías, lo supe siempre y te dejé.

Mi única meta, en cambio, era más simple, más limpia, justificaba el absurdo a veces. Uno sabe que va a morir y se tira a los abismos, pero nunca termina de caer.

En teoría el plan era perfecto: entrar a la casa, llegar hasta su sillón, clavarle el cuchillo y salir de nuevo. Conocía la casa como la palma de mi mano, sabía cuál ventana estaba floja y cómo pegarle para que abriera. También conocía al maldito lo suficiente como para estar segura que cada noche, sin falta alguna, se dormía en el sillón frente al televisor viendo los resultados del fútbol. Y debido a que solía vagar por las noches por la casa, salir de ella a oscuras no seria problema alguno. Todo porque viví en aquella enorme casa con ese hijueputa por tres años. Nos hizo mierda a las dos, a la casa y a mi.
Así que, la noche que podía presentar una cuartada perfecta ante una eventual acusación, me acerqué a la casa guiada por la luz de la calle. No me preocupaban mis huellas en la nieve: dentro de cinco minutos desaparecerían.
Le di un golpe con la palma de la mano a la venta y se abrió de par en par. "El muy hijueputa no la ha arreglado todavía", pensé. Llegué al pasillo y desde ahí pude escuchar la estática del televisor: ya estaba dormido. Sin embargo, un ruido extraño, como un gruñido violento, me detuvo en seco. "Mierda, otra vez le dio cerveza al gato", me dije a mi misma. Esperé unos segundos para asegurarme que podía seguir. Luego caminé hacia la sala. Al llegar, lo vi de espaldas, sentado en el sillón. Era el momento que tanto había esperado: ahí estaba el maldito que me había robado los mejores años de mi vida, mi casa y mi dinero. Despacio saqué el cuchillo y me acerqué rodeando el sillón para tenerlo de frente. Quería acercarme para despertarlo y que supiera quien lo mandaba directíto al infierno. Sin embargo, cuando estaba ya a unos centímetros lo vi mas inerte de lo normal, desparramado en el asiento, la boca abierta y con espuma, y la cerveza, aún fría, regada en el suelo. Estaba muerto.
Salí de ahí corriendo y con una cólera terrible, maldiciendo como nunca al muy hijueputa que ni en eso me había permitido darme el gusto. ¡Mierda!

Que yo tengo un gran marco teórico. Que estoy enterrado en mis marcos teóricos, pero de algún modo me estoy cultivando. Que mi teoría agota sistemáticamente lo existente, y orilla a enfrentarlo todo. Que me detengo más en el marco teórico que el resto de la gente. Que veo tanto para adentro que no logro ver todo desde fuera.  Que no me veo en toda dimensión. Que soy complejo. Que lo que me hace cachimbón es justo lo que pierdo de vista.

Que la próxima teoría sobre mi mismo la haré juntando las palabras de quienes su recuerdo me he tatuado a fuego en el alma.

Rut es.
Rut trina.
Rut canta.
Rut ama sin cautela.
Rut desea con alevosía.
Rut posee.

Rut toma sin cautela.
Rut rompe sin piedad.

Rut yace.

Rut cojea, pero camina.
Rut habla con voz trémula, pero no calla.
Rut odia que a su nombre le añadan una hache al final.

Rut come sin apetito.
Rut fornica sin deseo.
Rut escribe sin idea.
Rut empuña sin convicción.
Rut odia, a su vez, el café con leche.

Rut bebe sin despecho.
Rut idealiza sin horizonte.
Rut clama sin causa.
Rut masturba sin morbo.
Rut odia los libros delgados.

Rut duerme sin mañana.
Rut clama sin dios.

Rut gira.
Rut palpita.
Rut suda.

Rut llora.
Rut suplica.
Rut ruega.

Rut pierde.

Rut

existe, pero no vive.




Pues... soy una recicladora... dejaré a cual copy paste, algo que escribí para Metodología de la Investigación, hace dos trimestres... todos los puntos suspensivos indican que me avergüenza no tener creatividad y que les dejo un post aburrido

La construcción del objeto de investigación

La construcción de un objeto viene dado por la observación del mismo, que no es sino una acción que está en mucha medida afectada el mismo observador y su conocimiento, tal como lo planteará Hanson (1985), desde una perspectiva de las ciencias “duras” como la física, aspecto que será compartido por Bourdieu et al, desde la sociología.

Hanson explica que la visión es una acción que lleva una “carga teórica”, explicará que lo que se observa depende la configuración, del conocimiento previo y del contexto en que se realiza esa acción. Es decir, está atada al individuo que la experimenta, y varios individuos pueden tener resultados diferentes. Dirá que esto último es importante para examinar los conceptos de observación y visión (Hanson, 1985, pág. 97).

Pero esta “carga teórica” también hace referencia al “lenguaje o las notaciones usadas para expresar lo que conocemos” (Hanson, 1985, pág. 99). Explicará que “Existe un factor lingüístico en la visión, aunque no haya nada lingüístico en lo que se forma en el ojo o en el ojo de la mente (...) Pues ¿qué es que las cosas tengan sentido sino que las descripciones que ellas de ellas se hagan estén compuestas de oraciones significativas?...” (Hanson, 1985, pág. 106). Por tanto si no se toma en cuenta el lenguaje, nos olvidaríamos de que la ciencia es además una manera de pensar acerca del mundo.

Hanson retoma a Wittgenstein, cuando dice que lo sicológico es un símbolo de lógico (Hanson, 1985, pág. 97), del mismo modo que retoma la relevancia de lo que vemos a través del lenguaje, “El conocimiento del mundo no es un montaje de piedras, palos, manchas de color y ruidos, sino un sistema de proposiciones” (Hanson, 1985, pág. 107).

La carga teórica que explicaba Hanson de la visión, la retomará Bourdieu et al con respecto a la construcción del objeto, al expresar que “Un objeto de investigación, por parcial y parcelario que sea, no puede ser definido y construido sino en función de una problemática teórica que permita someter a un examen sistemático todos los aspectos de la realidad puestos en relación por los problemas que le son planteados” (Bourdieu, Chamboredon, & Passeron, 2008, pág. 60).

Bourdieu et al retomaría a Saussure diciendo “El punto de vista crea el objeto” (Bourdieu, Chamboredon, & Passeron, 2008, pág. 57). La preocupación del Hanson es el momento del descubrimiento de las hipótesis y plantea que el paradigma del observador radica en un proceso de transformación al decir “es el hombre que ve y comunica lo que todos los observadores normales ven y comunican, sino el hombre que ve en objetos familiares lo que nadie ha visto anteriormente” (Hanson, 1985, pág. 112). Para Bourdieu et al la preocupación será dejar atrás el empirismo y las pre-nociones en la creación de esas hipótesis: "nada se opone más al sentido común que la diferencia entre objeto "real", preconstruido por la percepción, y objeto científico, como sistema de relaciones expresamente construido" (Bourdieu, Chamboredon, & Passeron, 2008, pág. 58). Dirá pues, en otras palabras, la misma paradoja de Hanson: “No basta multiplicar el acoplamiento de criterios tomados de la experiencia común (…) para construir un objeto que, producto de una serie de divisiones reales, sigue siendo un objeto común y no accede a la dignidad del objeto científico por el solo hecho de prestarse a la aplicación de técnicas científicas” (Bourdieu, Chamboredon, & Passeron, 2008, pág. 59). Estos falsos objetos serían los artefactos.

Bourdieu et al explica pues, la necesidad de un “golpe de estado teórico”, la innovación que se construye, que va más allá del planteamiento positivista de conocimiento e inducción, retomando a Koyré dirá “que una hipótesis como la inercia [del paradigma de Galileo] no puede ser conquistada y construida sino a costa de un golpe de estado teórico que, al no hallar ningún punto de apoyo en las sensaciones de la experiencia, no podía legitimatizarse más que por la coherencia del desafío imaginativo lanzado a los hechos y a las imágenes ingenuas o cultas de los hechos” (Bourdieu, Chamboredon, & Passeron, 2008, pág. 79).

En conclusión, ver lo que nadie ve –a pesar y a través de la carga teórica de lo que vemos– es el eje compartido por estos autores para la construcción del objeto, a través de la observación.

Bibliografía

Bourdieu, P., Chamboredon, J.-C., & Passeron, J.-C. (2008). El oficio del sociólogo (Segunda Edición ed.). México: CONACYT y Fondo de Cultura Económica.
Cohen, M., & Nagel, E. (1976). Introducción a la lógica y al método científico. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Hanson, N. (1985). Patrones de Descubrimiento. Investigación de las bases conceptuales de la ciencia. Madrid, España: Alianza Universidad.

La madrugada es tu mejor enemiga. Te lanza un mal sueño. Te despertás con la colcha cubriéndote hasta la nariz y tus ojos se mueven hacia todos lados; suena un zancudo, un coro de grillos y a lo lejos tres disparos. La soledad se te hace más profunda que la oscuridad de una noche sin luna. Recordás qué se siente tener durmiendo a tu lado a un hombre que se te hace extraordinario; los pocos que has tenido no fueron tuyos para que te los quedaras.

La madrugada te encuentra vulnerable, con las defensas bajas, casi en catatonia. Te encuentra atascada entre las dolorosas secuelas de ayer y los planes para cuando salga el sol. Es un presente en el que no está pasando nada; excepto que a lo lejos suenan ambulancias, los grillos están en intermedio, y el zancudo es ahora un diminuto y sanguinolento punto en la palma de tu mano. Te estirás y recordás, también, lo rico que se siente no compartir la cama con nadie.

El mal sueño se diluye. "Dormite otra vez", te decís a modo de arrullo, cerrando los ojos. "Esto no será así para siempre. Nada lo es".

A las tres de la madrugada venís a traer mis palabras y te vas a dormir con ellas, a esa hora podés leerme y atravesarme con una lanza.

El tiempo toma su tiempo, la madrugada tarda en escribirse, las deshoras se desdibujan en los relojes, el insomnio es nuestro lugar común y ahí nos queremos irremediablemente.

Yo supe de árboles que florecían, de hojas azules que golpean las ventanas, de palabras y miradas que abrazan. La hora de entrar a tus sueños llega, las 05:00 am nos encuentra ya dormidos.

Cuando vos no venís, los fantasmas de todos los tiempos vienen a hacerme compañía, me dicen que afuera hace frío, que convendría tomar vino. Me dicen que hay madrugadas así y también peores.

"¿Adónde me ha llevado el insomnio? Seguramente a nada que no fuera provocado por la mejor intención del mundo" Kafka.

La Madrugada tiene cierto poder sobre las personas: las hace sentirse seguras, confiadas, impunes. Las cubre en su ilusión de estrellas y luna.Y es que, cuando deja caer su telón oscuro, todo puede suceder.
Existen, sin embargo, personas que se niegan a caer ante su embrujo. Pero la Infinita Oscuridad es lista: se mete por sus oídos como un ácido, deslizándose hasta sus cerebros, provocándoles pesadillas, matándolos de a poco.
Nadie puede resistirse a sus poderes. Ella nos llama, como una madre llama a sus hijos. 
Y es que, después de todo, todos somos hijos de la Madrugada, ¿o no?

Hay que decir que la madrugada es un poco como yo y yo soy un poco como la madrugada: El silencio y la ausencia son mi medio ambiente más natural, encajamos sin forzar nada porque la gente está acá pero está ausente, solo suenan las canciones y mis palabras resuenan de modo brillante contra las paredes: hay armonía entre el afuera y el adentro. Es rica la madrugada porque suelo quitarme el pesado traje de todos los yo que tengo que ser durante el día para quedarme solo con esta capa de piel áspera que empieza a arrugarse. Es linda la madrugada, puedo rascarme las heridas mientras mastico la amarga raíz de día a día.

Por otra parte, de madrugada, las palabras -tímidos animalitos- bajan a beber un poco de aire. En la madrugada salen a caminar los murciélagos pensamientos que durante el día apenas pasan papaloteando para irse a esconder a un rincón donde no puedo alcanzarlos. Ora puedo asirme de ellos y cantar un poco mientras espanto los gritos que de día se me han pegado en la espalda.

Y, más que todo, soy noctámbulo porque de día vivo entre ruido y ruido apretando los puños y de madrugada se me sueltan al fin las manos. No hay necesidad de golpear o defenderse de la suave oscuridad y al necesario silencio jamás se le atrapa con el puño cerrado.

Antes de vos yo era una persona diurna, de albas y rocíos: de rubor en las mejillas, frescura y amaneceres prestos. La vida relucía en tonos amarillo tenue para mutar al celeste clarísimo y el naranja abrasivo de mediodía. Me gustaba quitarme los zapatos para que mis pies sintieran la humedad de la grama; me gustaba también perseguir al sol hasta que se me perdía detrás del volcán. Con la oscuridad venían los silencios y las sombras. Los miedos. Yo me escondía y me escondía mientras regresaban la luz y la alegría, eran una sola en aquellos tiempos.


En eso llegaste vos.

Te encontré a media tarde en un temporal veranero de esos que secuestran el sol un par de días; a media calle y ahí parado me resultabas demasiado sólido y solemne en medio de tanto gris. Yo quise traerte sol y brisa, pero vos me halaste al centro mismo de las tormentas, al negro infinito tuyo y de tus noches. Era un negro que brillaba más que el sol, así que no tuve miedo y me quedé hasta muy entrada la noche. Con paciencia me llevaste a ver a las lechuzas y los búhos mientras la noche se cerraba y la mañana, mi hábitat, se iba para no volver. Eso quería yo, pero volvía. Y vos debías dormir. Me dejabas, entonces, en el resplandor.

Y se me volvió ofensivo. Calcinante. Descarado.

Con el tiempo buscamos acomodar mis trinos y tus susurros y acordamos que las tres treinta de la madrugada era una hora linda para morir: sigue estando oscuro, pero buscando San Vicente se empiezan a asomar un par de rayos color lila, morados, turquesa, verdes, amarillo, sin llegar al anaranjado que detestabas por ser tan vulgar y chillón. A mí poco me importaba morir como fuera media vez vos y tu oscuridad estuviesen ahí, eclipsándolo todo.

Aguantaba el frío y la incertidumbre por aferrarme a la esperanza de verte aparecer a mi puerta a las siete de la noche para decirme que era hora de cazar libélulas. Resistí y las mariposas se cansaron de esperar que mis plantas revivieran, mi gato consiguió otro suministro de leche y tus lechuzas ya me saludaban al pasar. Era perfecto, hasta que te fuiste.

Se me acalambraron los brazos de tanto esperarte.
Se me acabó el amor por la noche y empecé a comprar candelas.
Ahora ya no puedo estar despierta a las tres treinta. Ya no resisto el frío (y la sensación de morir un poco a diario me desbarata el alma.)

Es como si quisieras que nadie te escuchara. Te gusta venir en las madrugadas. Decir cinco cosas al oído e irte de puntillas. O más bien volando. Pero irte. Como una brisita. Sí, un viento pequeño escondido en una habitación oscura. Esos que ponen la piel de gallina, sin saber muy bien porqué.

Pero has fallado.

Alguien te escuchó.

Es como si quisieras que nadie te viera. Como si en la habitación oscura el mundo se acabara. Y sólo existe un mundo de oscuridad que se parece a ser invisible. Y sonreís por engañar al mundo, pretendiendo ser un hombre.

Pero también alguien te vio.

Has querido, querido, irte, volver y pensar que no te escucho. Jugar a aparecer y desaparecer, y pretender que todo sigue igual.

Pero en mi madrugada podés ser todo y ser menos nada que en cualquieras noches y tardes que se recuerdan, que se sueñan. Y no por eso dejan de ser. No por eso deja de amanecer. Y sonreís y yo pienso que la lluvia puede caer hacia arriba si llegaras a la luz del día.

Mi madrugada no es un tiempo. Mi madrugada es quizá lenguaje. Mi madrugada es sonrisa, una barata. Mi madrugada es una espera, para esperarte.