A veces a una parte de mí le da por descolgar el teléfono y no aceptar mis llamadas. Entonces vibro, río y las melancolías se vuelven suficientemente dulces para que me circunden los abejorros. Hablo de cosas como madréporas y continentes. Susurro canciones apoteósicas, veo a los ojos, y sé definir tres o cuatro formas en cómo me tiembla la mano mientras escribo un telegrama: Parece que hoy si ha llegado.
Cuelgo entonces el teléfono.

Al otro lado alguien llama. Observo, caigo en cuenta. Ora me vuelvo terráqueo y me estremecen los tambores pero no un arpegio de guitarra. Es un poco fútil entonces intentar que imagine un temblor que no sea tectónico, o un estallido sin químicos y combustiones. Huelo un poco a hierro. No necesito telegrama que me diga que siga esperando.

Victor

P.D.: Vuelva pronto don Snipe. La mapachada le aclama.

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