No soy capaz de desearte feliz cumpleaños. No soy capaz de desearte nada bueno. Ni nada malo. No hay nada que desear, sé que estás bien y ya. Pero si me viera con la angustiosa tarea de tener que celebrarte, te regalaría un café. Uno helado, aunque mi hermana diga que un café helado no es café.

Mientras te lo tomás, a lo mejor aprovecharía para contarte cosas, tratando de que te enorgullecieras de mí, aunque en lugar de eso te sentirías dolido, porque las hice hasta que ya no estabas. Y usarías ese argumento para justificar que estoy mejor sin vos. No te des tanto crédito; esas cosas tenían que pasar, con o sin vos. Hubiera preferido con, pero esa ya no era decisión mía.

No tuve tiempo de saber qué me golpeó. Cinco meses después de que me pedías tiempo te estaba enviando un regalo de bodas (para entonces, en mi shock, todavía era capaz de desearte algo bueno, a vos y a quien fuera que consideraras lo mejor que ha pasado en tu vida). Todo me era cuesta arriba y nunca antes aprecié tanto el que respirar sea una conducta refleja. Tan refleja como pensar en vos todos los días. Mis sentimientos hacia vos no cambian, excepto que ahora cada madrugada, antes de dormirme, doy gracias por no haberte visto en ningún lugar.

Pero todavía anoche soñé que me invitabas a tu casa. Cuando te vi venir a recibirme, sentí la presión de tres capas atmosféricas oprimiendo mi pecho. Me diste un vaso con café. Era un vaso de vidrio y estaba tan afligida por el encuentro que lo apreté hasta agrietarlo. Me anunciaste solemnemente que me habías invitado porque necesitabas que te prestara un libro verde. Me dijiste que vos o tu esposa lo irían a recoger a mi casa. Me desperté llorando a las 4 am, pero luego me calmé y me volví a dormir. Como dice el Narrador de Fight Club (ni de chiste toco el DVD que me diste, es el equivalente a un beso de Judas), después de que te dan verga, dormís mejor que un bebé.

No te deseo nada. Quizás desearía que la conversación de enero la hubiéramos tenido en octubre para ahorrarme agonías (vos sabés, soy medio Sheldon Cooper y en estos de las relaciones necesito que me hablen claro); quizás desearía que hubieras hecho la caridad de bloquearme para no verte alardear de tu asombroso cuento de hadas; quizás desearía que no fueras tan iluso y te dieras cuenta que de una devastación como la que causaste, nadie se recupera en lo que yo llevo de estar intentándolo. Pero esos son mis rollos y desde hace ratos que mi vida no te incumbe. Y viceversa. Así que lo único que puedo ofrecerte para tu cumpleaños, aparte de recordar la fecha hasta mi muerte, es que el siguiente café que tome va en tu nombre. A pesar de todo, qué bueno que en mi vida alguna vez existió alguien como vos.

3 comentarios:

Genius dijo...

=/

Clau dijo...

"un café helado no es café" jamás pensé que encontraría otra persona en el mundo a quien le dijeran eso...

Rocío dijo...

Been there! Uff, qué historias las que compartimos, chera.