Cuando un teléfono suena a las dos de la madrugada es porque alguien ha muerto. Si suena y quien timbra es un número desconocido, no contesto. Si suena muchas veces y ante mi no contestar se me envía un mensaje de texto "no seás india, necesito hablar con vos", hay que contestar la próxima vez. Contesto. Te escucho.

La rubia de Cinemax le dice a su amante que nadie la ha cogido como él.

Mi gato llora porque lo dejé afuera.

Te escucho. Preguntás cómo estoy e intentás mascullar algo en tono indolente pero apenado, diciendo que ya mucha pendejada y que yo no trabajo mañana, que nos tomemos un café y crezcamos de una vez, hablemos como adultos (adulto serás vos, papá, yo tengo 22). Digo sí. Colgás. Cuelgo. No sé si guardar tu número.

Después de una softcore, un documental, muchos infomerciales y un drama ya es hora de salir. Quiero vomitar. He pasado toda la noche pensando en qué decir: si reclamar por dos años de total indiferencia, si sentarme y poner cara de paila para ver qué tenés que decirme o simplemente correr y abrazarte, decirte que sos un pendejo pero que no se te ocurra volverme a dejar así. Mi corazón late como si me hubiera tomado tres Red Bull. Me entra shampoo en el ojo y mi pantomima ante el espejo se me hace falsa. La maldita naúsea no se va. Me cambio, me voy.

En todo el camino voy ensayando tonos de voz, caras inexpresivas, gestos amarrados para que no escuchés cómo me retumba el corazón. Paso frente al parque donde te hice probar el Frutsi, la tienda donde me compraste un chocovito y el cine donde me tomaste de la mano. Parece que fue ayer, pero todo se ve en sepia. Llego. Galerías.

Tiemblo.

Llego. Te veo. Oigo tu corazón retumbar, siento tus venas retumbar al darte la mano. Señorita, deme un espresso, siento que voy a vomitar.

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