Decir hola es abrir una puerta. Abrís y hablás con quien se tomó la molestia de pasar por tu casa. Cuando querés despedirte, él pone el pie entre la puerta para que no la cerrés. Y lo invitás a pasar. Y sus visitas son cada vez más frecuentes, y se queda por más tiempo.

Llega un día en que le podés confiar tu casa y todo lo que hay en ella. Salís un rato y aunque el mundo es hostil, sabés que tenés un lugar al cual regresar, una persona a la cual volver, un hogar. Y todo por un hola. Y le dedicás un hola disfrazado de "buenas tardes" a toda la gente que se cruza en tu camino, esperando alegrarle a alguien el día como te alegraron la vida a vos.

Regresás y encontrás la puerta abierta. La casa ha sido saqueada. No hay nadie adentro.