Desde su gestación fue tranquilo: un niño que no pataleaba, no giraba, no crecía. Un lagarto flotando en su amniótica piscina. Su madre brincaba, corría, fornicaba, pero el feto era imperturbable, un simple inquilino silencioso e invasor que abría de salir de entre sus piernas al pasar del tiempo.


El doctor se asustó porque el neonato no lloraba. Su madre lo agradeció, con toda una marimba de cipotes era una verdadera bendición tener a uno que no la dejara sorda a puro alarido. El neonato era pálido y su córnea casi inmóvil. Blando. Maleable. Tenía cara de llamarse Pedro.


En la escuela nunca se supo si podía hablar. No levantaba la mano para ganarse un dulce, no leía para sus compañeros, nunca intentó quitarle el Frutsi a nadie. Una tarde de abril lo encerraron en el baño un grupo de niñatos bravucones con la sola idea de romperle la boca y hacerlo hablar. La golpiza duró cinco minutos, no es disfrutable taleguear a quien no se defiende. Lo dejaron ensangrentado y sin dos dientes frontales, pero sin respuesta. Nada. Muerto en vida.


En el instituto su mutismo era tremendamente atrayente para la Mayra, que no hallaba qué hacer con ella misma cuando lo veía. Le mandaba cartas, le daba copia, le enseñó las chiches en aquella excursión a Apulo, nada. Ni un gesto. Ni un roce. Ni un tope. Nada.


A Pedro lo atrapó una encuestadora vivaz y chispeante un día en la Terminal de Occidente. Su plan era conseguir quién llenara su último formulario del día para poder irse a su casa a soñar despierta con el día que se graduara de la u. Vio a Pedro de lejos y con su voz de melcocha le expuso su petición. Pedro quedó ido, no pudo ver más allá de los ojos color miel de la señorita chele y . Tomó el papel y se sentó sobre una caja de Coca Cola a intentar descifrar qué decía ese pliego que hablaba de gobiernos e impuestos y referendums; Funes y ministros y contrabando y traición. Pedro sudó porque no entendió nada y la señorita era culta y qué parazón de mona me acaba de entrar, necesito un baño. Vio un No Sabe/No Responde. Puso una equis. Dio las gracias. Se vino. Y se fue.