Leo, navego y escribo.

Veo tv y hago zapping.

Pienso, imagino, planeo y resuelvo el día a día y el futuro a largo plazo.

Escucho el reloj de la oficina mientras avanza la segundera y la minutera y pienso que suena como un corazón que late segundo a segundo y sostiene una vida.

Como, bebo y dejo las cascaras y los restos en la mesa de la par, aunque deteste en la mañana el espectáculo de los desperdicios y me regañe mi esposa.

Distingo a lo lejos la guitarra desafinada de un culto evangélico que mantiene el desvelo de los asistentes; así como también el sonido cumbiero y salsero de una fiesta que anima a los asistentes, e imagino que enojados deben de estar os vecinos mas aledaños a ambos eventos.

Escucho el sonido de carros y camiones que viajan a sus destinos bajo la frescura de la noche y la tranquilidad de las calles vacías.

Me remuerdo de lo que no hice y de las cosas que hice mal y de las que me arrepiento haber pensado.

Percibo la respiración tranquila y los latidos cadensiosos de la persona que comparte mi vida, que alegra mis días, emociona mis noches y me despierta con un beso en las mañanas.

Lenta y desapercibidamente me duermo también. ZZZ.

No soy capaz de desearte feliz cumpleaños. No soy capaz de desearte nada bueno. Ni nada malo. No hay nada que desear, sé que estás bien y ya. Pero si me viera con la angustiosa tarea de tener que celebrarte, te regalaría un café. Uno helado, aunque mi hermana diga que un café helado no es café.

Mientras te lo tomás, a lo mejor aprovecharía para contarte cosas, tratando de que te enorgullecieras de mí, aunque en lugar de eso te sentirías dolido, porque las hice hasta que ya no estabas. Y usarías ese argumento para justificar que estoy mejor sin vos. No te des tanto crédito; esas cosas tenían que pasar, con o sin vos. Hubiera preferido con, pero esa ya no era decisión mía.

No tuve tiempo de saber qué me golpeó. Cinco meses después de que me pedías tiempo te estaba enviando un regalo de bodas (para entonces, en mi shock, todavía era capaz de desearte algo bueno, a vos y a quien fuera que consideraras lo mejor que ha pasado en tu vida). Todo me era cuesta arriba y nunca antes aprecié tanto el que respirar sea una conducta refleja. Tan refleja como pensar en vos todos los días. Mis sentimientos hacia vos no cambian, excepto que ahora cada madrugada, antes de dormirme, doy gracias por no haberte visto en ningún lugar.

Pero todavía anoche soñé que me invitabas a tu casa. Cuando te vi venir a recibirme, sentí la presión de tres capas atmosféricas oprimiendo mi pecho. Me diste un vaso con café. Era un vaso de vidrio y estaba tan afligida por el encuentro que lo apreté hasta agrietarlo. Me anunciaste solemnemente que me habías invitado porque necesitabas que te prestara un libro verde. Me dijiste que vos o tu esposa lo irían a recoger a mi casa. Me desperté llorando a las 4 am, pero luego me calmé y me volví a dormir. Como dice el Narrador de Fight Club (ni de chiste toco el DVD que me diste, es el equivalente a un beso de Judas), después de que te dan verga, dormís mejor que un bebé.

No te deseo nada. Quizás desearía que la conversación de enero la hubiéramos tenido en octubre para ahorrarme agonías (vos sabés, soy medio Sheldon Cooper y en estos de las relaciones necesito que me hablen claro); quizás desearía que hubieras hecho la caridad de bloquearme para no verte alardear de tu asombroso cuento de hadas; quizás desearía que no fueras tan iluso y te dieras cuenta que de una devastación como la que causaste, nadie se recupera en lo que yo llevo de estar intentándolo. Pero esos son mis rollos y desde hace ratos que mi vida no te incumbe. Y viceversa. Así que lo único que puedo ofrecerte para tu cumpleaños, aparte de recordar la fecha hasta mi muerte, es que el siguiente café que tome va en tu nombre. A pesar de todo, qué bueno que en mi vida alguna vez existió alguien como vos.

Hay tardes que no tiene nombre, no caben en una palabra, ni siquiera en varios oraciones, hay tardes que contienen una belleza que no se puede explicar si no estás exactamente ese día, si no es exactamente esa hora, si no sos vos y y si no soy yo.

Hay cosas que van mucho más allá de una simple brisa. No importa la gente alrededor, no importa la pareja de la mesa que está a la par y que sabés que ella está enamorada de él, pero se nota que él no, y que se nota eso cada tarde que se citan ahí mismo. No importa los que están en la mesa que sigue, esos que son amigos a veces y a veces no. Y no importa la mujer que toma a solas su café, y que la soledad de ella no te alcanza y quizás nunca la has sentido. No importa, hay tardes que no caben en un café, hay cafés que nunca debieron ser, pero hay cafés que siempre han sido y serán y eso es lo que me importa.

Soy un hombre de gustos simples. No preciso de mucho para ser feliz: una buena película, alguna canción tranquila, un libro. Ahora bien, para tomar café la cosa cambia: 90% café, 10% leche y cucharada y media de azúcar. Con eso soy feliz.
Debo decir, sin embargo, que, como amante cafetero, no desprecio nunca una taza de café. Y así he probado café de casi todas partes: Apaneca, Honduras, Los Planes, San Ignacio, Guatemala, Cojute, Cayo San Pedro... Ante esta basta pero humilde experiencia, la pregunta es obligatoria: ¿cuál considero que es el mejor café? El mejor café que he probado en mi vida es el de Ataco a las 5 del tarde (sí, la hora influye).
Bien sé que muchos vendrán a decirme que no es así, que el café de este lado es el mejor o el de este otro... Así que mejor coincidamos en algo: el mejor café es el que se toma con la mejor compañía,  ¿verdad?

"Termino mi café. Ese delicioso café que estaba (parafraseando un dicho turco sobre el café perfecto y que nunca recuerdo bien) negro como la noche, caliente como el infierno, amargo como la vida. Y salgo."

Negro como la noche

Soy un ser de obscuridad, qué diría aquella canción de los Caifanes. Como esas obsidianas que atesoro, brillo suficiente en mi oscura dureza y corto con facilidad ahí donde fui quebrado. Soy flecha, cuchillo para sacar corazones sangrantes, hacha para decapitar y elevar ofrendas a  los infinitos. No hay queja que valga, lo sabías: estabas condenada a que te abriese el pecho y sacase la canción de tu sangre al sol.


Caliente como el infierno

Un febrero como éste metías tus manos bajo las mías y decías disfrutar de mi calor mientras me pedías que masajeara tu cuello. Te encantaba entrar a mi casa por las tardes a encender pequeños infiernos en mi cabeza. Nunca te gustó el calor en realidad, y mucho menos te gusté yo. Solo disfrutabas de poner calentar el agua a punto de ebullición. Maldita.

Amargo como la vida

Es contranatura querer endulzar lo que debe ser amargo per se. El café se toma sin azúcar y la vida es amarga.  Y en su amargor habrá de disfrutarse la vida, como se disfruta de un espeso café de palo a las cuatro de la tarde: con un pedazo de semita* alta con dulce de panela, de la "Ayúdame a Vivir" que le mientan.


Y salgo.


Victor



* Yo escribo semita con S. Aunque la RAE diga que va con C.

Todo debería ser más sencillo. Llegar, una linda viejecita, amable, de esas que te dicen cómo has crecido muchacha, yo te vi cuando eras bebé, y cómo pasan los años, te atiende y vos decís "Quiero café". "Café Listo", no "Nescafé Listo" -hábrase visto tanta aberración en el mundo- un cafélisto para tomar con leche caliente. Podría ser.

O bien podría ser las tres de la tarde en el edificio dos en el mercado central, la hora del café con marquesote. me declaro fan del mojar el marquesote en el café desde los cinco años.

O bien podría ser la cafetería romántica y el novio enamorado que no le gusta el café, sino que ordena esas cosas asquerosas que son todo menos café, y babear el uno por el otro a la luz de un café, que no es una bebida, es una cita, un lugar, una rutina -un lugar común que es agradable. Uno de estos pero sin tanta azúcar.

O bien, el café de Galerías, de cualquier centro comercial en San Salvador, después de andar vitrineando con las hermanas y la madrecita, y sentarse y hablar paja.

O bien, podría ser el café con los amigos entrañables que se vuelve cena, que se vuelve cervezas y uno ríe y ríe.

Pero no. Es llegar al señor Walmart en México DF, ir a la sección de café y uno dice "Quiero café" y hay mil opciones y uno -economista para su pesar- decide escoger entre una curva de indiferencia de café de calidad y una curva de isocostos muy reducida. Y esta ahí, el gran mercado, con las grandes opciones y tan pocas opciones. Que me decido por un café sabor vainilla francesa aberrante y no tan barato, pero que me gustó al final de cuentas y a pesar de ser una herejía, café que me acompaña en mis largas horas de estudio.

¿Me regalan un café?

Pero uno de verdad.

Negro, cargado y sin azúcar

Cuando un teléfono suena a las dos de la madrugada es porque alguien ha muerto. Si suena y quien timbra es un número desconocido, no contesto. Si suena muchas veces y ante mi no contestar se me envía un mensaje de texto "no seás india, necesito hablar con vos", hay que contestar la próxima vez. Contesto. Te escucho.

La rubia de Cinemax le dice a su amante que nadie la ha cogido como él.

Mi gato llora porque lo dejé afuera.

Te escucho. Preguntás cómo estoy e intentás mascullar algo en tono indolente pero apenado, diciendo que ya mucha pendejada y que yo no trabajo mañana, que nos tomemos un café y crezcamos de una vez, hablemos como adultos (adulto serás vos, papá, yo tengo 22). Digo sí. Colgás. Cuelgo. No sé si guardar tu número.

Después de una softcore, un documental, muchos infomerciales y un drama ya es hora de salir. Quiero vomitar. He pasado toda la noche pensando en qué decir: si reclamar por dos años de total indiferencia, si sentarme y poner cara de paila para ver qué tenés que decirme o simplemente correr y abrazarte, decirte que sos un pendejo pero que no se te ocurra volverme a dejar así. Mi corazón late como si me hubiera tomado tres Red Bull. Me entra shampoo en el ojo y mi pantomima ante el espejo se me hace falsa. La maldita naúsea no se va. Me cambio, me voy.

En todo el camino voy ensayando tonos de voz, caras inexpresivas, gestos amarrados para que no escuchés cómo me retumba el corazón. Paso frente al parque donde te hice probar el Frutsi, la tienda donde me compraste un chocovito y el cine donde me tomaste de la mano. Parece que fue ayer, pero todo se ve en sepia. Llego. Galerías.

Tiemblo.

Llego. Te veo. Oigo tu corazón retumbar, siento tus venas retumbar al darte la mano. Señorita, deme un espresso, siento que voy a vomitar.

Decir hola es abrir una puerta. Abrís y hablás con quien se tomó la molestia de pasar por tu casa. Cuando querés despedirte, él pone el pie entre la puerta para que no la cerrés. Y lo invitás a pasar. Y sus visitas son cada vez más frecuentes, y se queda por más tiempo.

Llega un día en que le podés confiar tu casa y todo lo que hay en ella. Salís un rato y aunque el mundo es hostil, sabés que tenés un lugar al cual regresar, una persona a la cual volver, un hogar. Y todo por un hola. Y le dedicás un hola disfrazado de "buenas tardes" a toda la gente que se cruza en tu camino, esperando alegrarle a alguien el día como te alegraron la vida a vos.

Regresás y encontrás la puerta abierta. La casa ha sido saqueada. No hay nadie adentro.

Desde que ya no sos la persona que conocí prefiero decirte un 'hola' a manera de despedida, prefiero mirarte brevemente y sonreír porque alguna vez todo fue brillante y hermoso, porque alguna vez tuve tantas ganas de conocerte, porque con vos tomé la iniciativa en casi todo, aunque siempre ibas un kilómetro adelante y yo te dejaba.

Casi nunca digo un 'hola' primero, no tomo la iniciativa, es timidez, es lo que sea, pero a vos yo tenía que hablarte. Tal vez quise hablarte por la mañana en que entraste al aula 34, con tu libro de una temporada en el infierno, tal vez fue por tu cabello fresco, por tu sonrisa segura, tal vez fue por los tres botones de tu camisa, o porque te iluminás no sé cómo.
Con vos todo ha sido distinto, a vos te seleccioné, si querés llamarlo así. Yo tuve ganas de conocerte, ya te lo dije, cuando digo 'hola' primero es porque realmente me importa alguien.

Pero desde que dejaste de ser vos, para mí sos un 'hola' que suena a despedida siempre, porque de todas formas no podés, ni sabés cómo despedirte. No conocemos los adioses perfectos, así que ¡hola!

Todo comenzó con hola. Y como no podía ser de otra forma, terminó con un adiós, bueno, con un salú. Claro, entre ambas palabras se dijeron otras, dichas y no dichas. Las no dichas las he colocado entre corchetes.

Ella: Hola [Hola]
Yo: Hola, ¿qué tal? [Hola, ¿qué tal?]
Ella: Te ví ayer pero vos no me viste [Ibas muy concentrado, ¿verdad?]
Yo: Mmm, ¿a qué hora? [también te vi, pero no quise hablarte. Estabas ocupada]
Ella: Por la mañana, ibas con una chera [¿quién era?]
Yo: ¡Ah si! En la mañana [Pensé que me habías visto por la tarde pero ni cuenta te diste que pase, estaba con él]
Ella: ¿Y qué andabas haciendo? [con ella]
Yo: Iba a almorzar [Iba a almorzar con ella]
Ella: Como ibas con hambre ni me viste [como ibas con ella ni me viste]
Yo: Es que ya era tarde [Si te vi, pero pensé que podía andar por ahí tu novio y me hice el maje mejor]
Ella: Si como las 12 era [no seas pajero]
Yo: ¡Ja, ja, ja! [eso me sonó a reclamo]. ¿Y M? [¿Anda por aquí tu novio? ¿Puedo platicar con vos sin miedo?]
Ella: Esta en clase [¿A qué se debe la pregunta?]
----- Comienza tramo de conversación censurado -----
Dos horas de risas, preguntas, miradas, comentarios, confesiones a medias, más risas... Al final todo se interrumpe porque llega M. Me quedo en silencio.
----- Termina tramo de conversación censurado -----
Ella: ¿Porqué te quedaste callado? [Tenes una cara...]
Yo: Es que estoy cansado [También vos cambiaste de repente...]
Ella: Ah... [Oh..]
Yo: Bueno, ya me voy. Tengo hambre [No podemos estar los tres en el mismo lugar y fingir que todo esta bien. No lo soporto]
Ella: Vaya que te vaya bien [Que te vaya bien...]
Yo: Salú [Vayámonos a la mierda]
Ella:  Salú [Vayámonos a la mierda pues]
*Cualquier similitud con la realidad es puramente adrede.

A veces me pregunto como será tener un romance por correspondencia. Supongo que en esas, ser como yo y tener muchas palabras qué usar es complicado. No tanto como si hay demasiado qué decir, muchos significados añadidos para cada cosa. Un "Espero te encontrés bien" garabateado a tinta negra con tu mejor letra de carta en el papel fabriano puede ir saturado de todos los colores de intenciones posibles desde la primera letra E. Cada palabra como un extracto de historias, sinrazones, motivos, influencias y carencias que espeluznaría a la destinataria si pudiése ver qué hay exactamente tras de cada línea.

Para alguien como yo, que no economiza palabras y que entre más preciso logra hacer la expresión mayor tranquilidad se le aviene sería caro un amor escrito. Y es que a alguien como yo, de algún modo le angustia comunicarse adecuadamente, le angustia sobremanera el malentendido y por ello decir lo adecuado puede llevarle una sola palabra o dos párrafos enteros para poder dejar caer con tranquilidad el pez al agua. Supongo que alguien como yo, metido en uno de esos romances de largo aliento, gastaría bastante en estampillas.

Lo preocupante es que ahora alguien como yo va encontrando reducidas sus posibilidades para ejercitarse en ese arte de armar cada línea como si fuera la tormenta perfecta, con la pasión de quien le va la vida en cada letra. Ahora con la influencia "moderna" y eso de que los párrafos tienen que ser cortos, que las ideas principales deben plantearse al principio de cada párrafo, que digamos todo en menos de tantas palabras o caracteres, hace todo mucho más horrible de imaginar. Y es que imagínese lo jodido que sería amarrar al esquivo amor solo con 136 letras por vez. 136 letras para armar un pequeño universo después de cada "Hola".

Te vi bajar en el Cine España. Era febrero. Caminaste media cuadra con rumbo norte y diste con un puesto de latón donde venden libros usados. Buscabas alguna novela rusa asequible, Dostoievsky era muy conocido para tu gusto, así que asumiste que encontraste nada. Decidiste buscar otra cosa. Yo seguí el cliché y me compré El Principito en edición francesa. Te fuiste.


Te seguí.

No lo pude evitar.

Cuadra y media más abajo, en el Hula Hula, compraste Breakfast at Tiffany's y me dio repelús tu aparente gusto por el "cine clásico". Vos seguías sin notarme ahí, siguiéndote, acechándote ¿Acosándote? Seguí cumpliendo el cliché y me compré otro documental de la guerra. Te fuiste a tomarle fotos al Palacio Nacional, vos y tu película de a dólar, vos y andar firme pero pausado, vos y tu actitud "nada va a pasarme en el centro". Gallardía del siglo XXI. Yo caminé hacia la Iglesia El Rosario y pensé en correr y decirte que ahí está enterrado mi padrino, que lo encontraron en El Playón, pero vos tenés cara de perestroiko y no creo que te importe recordar a los héroes caídos por quienes juramos vencer (vos y yo, vi tu pulsera de Mauricio Presidente). Giraste hacia Catedral, pero sé que buscabas el teatro aquel donde iba a ir con la Caro a ver a Guardabarranco, pero tuve que trabajar; al teatro que amo y que sé que amás por su Gran Sala roja y aterciopelada que se presta para pegarte una cogida espectacular de no ser porque el teatro es una cosa muy seria. No hay función, pero entrás. Yo corro tras de vos. Entramos. Sacás tu carné, UES dice, Facultad de Ciencias y Humanidades. Si estudiás Sociología te juro que me caso con vos. Saco mi carné que también dice UES, pero el mío tiene la mancha insolente del Derecho. Ves mi carné, me ves a mí.

Me viste.

Me sonrojé. Por un momento se me vino la ilusión de cafés sin azúcar en el Bella Nápoles mientras hablamos de Kabah y Sailor Moon R (no ves animé y te lo agradezco en demasía) para honrar la seriedad del momento; de Ferias del Libro donde busco a Sartori y vos a Kant, de viajes a Cuba para tomarnos una foto en el mural del Ché por puro vacil; de viajes a Barcelona para reírnos de la obra de Gaudi mancillada por Ronaldinho e imaginarme que le dábamos vuelta a Perquín buscando horchata de coco.

Me seguías viendo.

Vi que separabas los labios, casi pude sentir a mi martillo y tímpano vibrar con tu voz, casi pude oler el 212 de tu ropa cuando sonó tu celular y tuviste que contestar. Pasaron cuatro buses, todos sonando sus pitos. Un estruendo de muerte. Vi una bandera LGBT pegada en la batería. Te seguía viendo incrédula, pensando que no era cierto, no, que sementales pretenciosos y guapos como vos no podían ser... no. Leí tus labios, "ya salgo. Ya te vi, amor". Saliste del teatro. Besaste a tu hombre. Te fuiste.

Ahora que lo pienso, me habría gustado oír tu voz.

Hola. Me llamo… / Hola, soy… / Hola, ¿qué tal…

¿Cuántas historias podrían comenzar así? Sospecho que la de seis mil millones de humanos más o menos que viven en estos momentos. Quizás un tanto menos por aquellas historias raras, violentas o inverosímiles, pero, si lo pensamos bien, casi que con esas palabras ha empezado casi que cada relación que termina en la concepción de un ser humano.

O también casi que así ha empezado de esas amistades eternas leales y sinceras que terminan en la tumba. O casi que así también han empezado esas relaciones en las que, después de una entrevista o examen, se deja establecido que por una labor x en un lugar y, se va a ganar z. Lo que es un trabajo pues.

No puedo imaginar cuantas veces al día se inicia así una conversación alrededor del mundo, en cualquier rincón del planeta. Ni cuantas veces se da en cualquiera de los 86,400 segundos del día. Sin duda, más de las veces que se reza en el día. O se baña. O se hace el amor.

Y todas estas desventuradas reflexiones surgen de un hola de apertura que quiero hacer a alguien que ha destacado en la blogosfera salvadoreña por su ocurrencia. Tan ocurrente es que escribe un post para explicar porque no es ocurrente para escribir. En fin, una introducción que marque el nacimiento, principio, comienzo, inicio, arranque de la colaboración de Raquel a escribir en este blog.

Y aprovecho esto post para decirle al Sr. Snipe (creo que es más apropiado decir Don Snipe) que este blog extrañara sus letras, diseño, colaboración y sensatez practica. Y aunque no le conozca personalmente, me encanta su forma de escribir como la de cada uno de los que escriben en este blog.

Incluimos este hasta pronto, porque todo hola tiene su adiós, su salú. Asi como los partidos, tiene su silbato de inicio y de final y los noviazgos tienen su corte, las comidas tiene su “buen provecho”, los baños tienen su toalla y los juegos mecanicos tiene su “se-acabo-la-peseta”.

Adios / Salu / Nos vidrios…

No me pidás ahorita que elabore más sobre esto. No puedo responderte ni "sí" ni "no". Pienso "tal vez", "quizás", "quién sabe", "fíjesequeno sabría decirle", y hasta cruzo la frontera de la lengua materna para escucharme decir "maybe", "perhaps", "who knows", "ummm...". No puedo ser tajante. Tengo tendencia a distraerme y no es que no sepa si esto es un sí o un no...sé qué es, pero decírtelo como se debe me duele más.

No te puedo decir ni blanco ni negro porque los colores que hay entre esos dos polos son interminables. Y si tan sólo me dieras el tiempo de considerarlo...me ponés en esta situación tan inesperada y devastadora y me exigís una respuesta para ya. Y yo pienso y pienso en silencio, y no porque sea así de indecisa. Le tengo que dar vueltas al asunto para distraerme, para que me baje la inflamación emocional. Para no gritarte, para no arañarte. Yo sé muy bien lo hiriente que puede volverse un animal herido.

Al fin reúno el coraje para llegar a lo que quiero decirte, a lo que tengo que decirte...volteo con la palabra precisa a punto de ser dicha y te has ido. Seguís con tu vida lejos de mí y yo me quedo con la respuesta temblando en mis labios.

El típico salvadoreño es Barça o Real. No existen otros equipos en España para los nacidos en las tierras de Cuscatlan. Si existen, siempre hablando de fútbol, otros equipos en El Salvador, pero son siempre dos: FAS y Águila. Sin embargo, hay quienes meten por ahí al Alianza. Cada quien.
Los salvadoreños no bebemos de otras sodas más que la Coca Cola o la Pepsi, la Salvacola es otra cosa, para el trago dicen.
Para el campo virtual la división se mantiene: Blogger o Word Press. Que uno tiene esto, que tiene lo otro, no sé, yo aún soy nuevo en esto.
La dicotomía se mantiene en muchas cosas. Y más notoria en cuestiones políticas, donde se es de izquierda o de derecha. Acá es donde menos se permite el "ni-sí-no-no, ni-blanco-ni-negro". Recuerdo con claridad a un tipo que se autoproclamaba, con orgullo, de centro-izquierda; bueno, ni lo dejaron terminar la frase, cuando aún le faltaba quierda, alguien le grito: ¡Rosadito!

Creo que desde siempre supe qué decir. Sin afirmar o negar categóricamente, sin decantarme por la luz o por la oscurana. Mi vocabulario parecía permitír referirme a la riqueza de los grises y a regodearme en la consistencia de las dudas. Posiblemente por esa facilidad, por esa tendencia a estar en ese término medio se me complicó tanto crecer en medio de ese mundo donde se es cero o uno. Quizás por eso es que no encuentro puesto en este mundo dicotómico, en esta paleta bicolor.

Desde su gestación fue tranquilo: un niño que no pataleaba, no giraba, no crecía. Un lagarto flotando en su amniótica piscina. Su madre brincaba, corría, fornicaba, pero el feto era imperturbable, un simple inquilino silencioso e invasor que abría de salir de entre sus piernas al pasar del tiempo.


El doctor se asustó porque el neonato no lloraba. Su madre lo agradeció, con toda una marimba de cipotes era una verdadera bendición tener a uno que no la dejara sorda a puro alarido. El neonato era pálido y su córnea casi inmóvil. Blando. Maleable. Tenía cara de llamarse Pedro.


En la escuela nunca se supo si podía hablar. No levantaba la mano para ganarse un dulce, no leía para sus compañeros, nunca intentó quitarle el Frutsi a nadie. Una tarde de abril lo encerraron en el baño un grupo de niñatos bravucones con la sola idea de romperle la boca y hacerlo hablar. La golpiza duró cinco minutos, no es disfrutable taleguear a quien no se defiende. Lo dejaron ensangrentado y sin dos dientes frontales, pero sin respuesta. Nada. Muerto en vida.


En el instituto su mutismo era tremendamente atrayente para la Mayra, que no hallaba qué hacer con ella misma cuando lo veía. Le mandaba cartas, le daba copia, le enseñó las chiches en aquella excursión a Apulo, nada. Ni un gesto. Ni un roce. Ni un tope. Nada.


A Pedro lo atrapó una encuestadora vivaz y chispeante un día en la Terminal de Occidente. Su plan era conseguir quién llenara su último formulario del día para poder irse a su casa a soñar despierta con el día que se graduara de la u. Vio a Pedro de lejos y con su voz de melcocha le expuso su petición. Pedro quedó ido, no pudo ver más allá de los ojos color miel de la señorita chele y . Tomó el papel y se sentó sobre una caja de Coca Cola a intentar descifrar qué decía ese pliego que hablaba de gobiernos e impuestos y referendums; Funes y ministros y contrabando y traición. Pedro sudó porque no entendió nada y la señorita era culta y qué parazón de mona me acaba de entrar, necesito un baño. Vio un No Sabe/No Responde. Puso una equis. Dio las gracias. Se vino. Y se fue.

Ha llegado el momento de tomar su decisión, póngase su mano en el pecho...

Pues el Chele Rucks es parte de la cultura popular. En realidad, es más que eso. Es un ícono. Para bien o para mal. A lo mejor Parker cantaba mejor. Domingo para todos, bien podría haber sido Domingo de Daniel Rucks, nunca me lo imaginé con el Gordo Max. Y pues, la variedad de la programación de la época, hacía de obligada de sintonía a un programa de corte "familiar".

Todos nos acordamos de:

Los bebés que tocan electrodomésticos y las madres que los llamaban a cuales perros.

La ruta 101 y sus personajes.

Nos quedó claro que el Chele era aficionado del Firpo.


Y quizas mis recuerdos sean escasos para tanto tiempo... y a lo mejor hayan nuevas generaciones que tienen los suyos hoy con los juegos con nombres de patrocinadores incluídos.






Me costó escribir todas estas ideas, sin sí, ni no, ni blanco, ni negro.


:P

Etiqueta: Please Don't Go

Las primeras advertencias sobre Internet es no hablar con extraños, mucho menos acordar de verse en persona. Ese consejo lo tiré por la ventana una tarde de fin de semana, mientras hablaba con Snipe por emesén. No tengo mucho qué hacer, ¿no querés ir a tomar algo? Quedamos de vernos en Metro, por la Curacao. Intercambiamos teléfonos. Ya había visto fotos suyas, así que no me costaría mucho reconocerlo.

Me cayó un mensaje al celular que decía: "Gogogo!". Salí de mi casa en guinda y llegué al punto de encuentro. No lo vi. Di una vuelta al parqueo; mientras tanto, él gritó y toda la gente a su alrededor lo volteó a ver. Nos encontramos. Fuimos a un café y él conoció las bondades del frozen de coco, ahora tan clásico como el Madrid-Barca.

El resto es historia, que bien podría incluir ver Napoleón Dinamita simultáneamente cada uno en su computadora y en su casa, haciendo comentarios en tiempo real sobre la peculiaridad de la película. El resto About Snipe, ya ha sido dicho. Y aunque ya no escriba aquí (por tiempo indefinido), siempre será un campopagadistaFTWWTF.

***

Etiqueta: Número Ocupado.

Marcame, si querés. Mi número nunca está ocupado para vos. Suena, suena, suena; me encanta la canción que he puesto de ringtone. La línea está libre, el teléfono suena. Pero no voy a contestarte. No puedo contestarte. Ya no tengo corazón para hacerlo.

Ocupado.
Ocupado.
Ocupado.
Así sonaba su teléfono ahora.

Temprano en la mañana, antes de irse a trabajar sostiene en una mano el café y crea el día, y con la otra mano carga el teléfono y el sonido de número ocupado lo destruye todo. Pero ella intenta, en serio intenta quitarle las lágrimas al café, mientras el teléfono sigue sonando ocupado, no deja de tener el sonido a que algo se ha desvanecido, a que algo se ha perdido, a que algo obstruye todo desde temprano.

Lejos están los días en que se embestían con besos en los portales, lejos están los días en que su amor era de conocimiento público, y en que adquirieron a manera de compromiso un duo pack de teléfonos con llamadas ilimitadas para toda la vida. Claro, las compañías de telefonía móvil lo sabían bien, que nada dura para siempre, ellos no perdían, quien escucha todo partir soy yo con ese maldito tono y las llamadas en espera, después de todo quizás esos escritores tenían la razón, la palabra para siempre es una palabra terrible. El tono de número ocupado en mi teléfono es un sonido terrible. Ocupado. Ocupado. Ocupado.

Corría el mes Diciembre de 2006. Era su primer día de trabajo. Llevaba algunas semanas entrenándose para el puesto: recepcionista del sistema 911. Probablemente sabía que muchas de las llamadas que recibiría serían de vida o muerte. Sin embargo, Zoila Cisneros nunca se imaginó que la primera llamada que atendería seria una de esas: una niña que pedía llegaran a su casa porque un hombre peleaba con su mamá. Zoila intenta pedirle información pero, de un momento a otro, el hombre le quita la vida a la mamá de la niña entre los gritos desesperados de la menor. Un serie de eventos, que no voy a mencionar, terminaron con el audio de la llamada circulando por Internet y, un poco más tarde, demasiado quizás, con una investigación periodística para lograr establecer qué había sucedido exactamente, incluyendo los hechos posteriores y los involucrados en los mismos.
Da cólera, rabia, indignación contra esa sarta de estúpidos, por no decir otra palabra, que se hacen llamar autoridades. Y no me queda duda: el número que marco aquella niña fue, sin duda alguna, un número ocupado. Sí, ocupado por una línea de pendejos.

A veces a una parte de mí le da por descolgar el teléfono y no aceptar mis llamadas. Entonces vibro, río y las melancolías se vuelven suficientemente dulces para que me circunden los abejorros. Hablo de cosas como madréporas y continentes. Susurro canciones apoteósicas, veo a los ojos, y sé definir tres o cuatro formas en cómo me tiembla la mano mientras escribo un telegrama: Parece que hoy si ha llegado.
Cuelgo entonces el teléfono.

Al otro lado alguien llama. Observo, caigo en cuenta. Ora me vuelvo terráqueo y me estremecen los tambores pero no un arpegio de guitarra. Es un poco fútil entonces intentar que imagine un temblor que no sea tectónico, o un estallido sin químicos y combustiones. Huelo un poco a hierro. No necesito telegrama que me diga que siga esperando.

Victor

P.D.: Vuelva pronto don Snipe. La mapachada le aclama.

"Interrumpimos nuestra transmisión regular para comunicarles que Emilio se fue y lloramos su pérdida. En su honor: especial de Esnipo"


Hace como tres años entré a una página de un tipo al que medio le entendía lo que escribía. Adoré, eso sí, su poca simpatía por la Navidad. Le seguí leyendo anónimamente. La primera shoutbox en la que comenté fue en su sitio, donde debatimos durante horas sobre la forma correcta de hispanizar Megatron (es Megatrón, por mucho que me insistás) mientras yo reservaba hoteles y él seguramente leía Freakonomics. La ortografía nos obsesionaba. Los chorys nos obsesionaban. Veíamos XKCD y amábamos ICHC. Era genial el nivel de compatibilidad. A la noche y después de citarnos a la RAE innumerables ocasiones, intercambiamos direcciones de correo electrónico. El Esnipi había entrado a mi vida.

Se convirtió -él y sus letras celestito guapetón- en mi fuente de emoticones exquisitos, artículos de Digg y mi salvavidas mediante eBuddy en las largas noches de la maquila. Lloviera, temblase o hubiese fútbol de por medio, ahí estaba para decirme hola y contarme de sus dotes con las nenas. Era entretenido. Videoconferencias para verlo aprenderse Virtual Insanity, telefonemas para ver su progreso con la otra canción de Cullum o escucharle leer en inglés. Aw, la nostalgia.

Creo que hemos hablado de todo, desde la supremacía de los .FLAC hasta Montesquieu. Esnipi fue la primera persona con quien hablé la primera vez que me rompieron el corazón. Recuerdo claramente que me preguntó cómo estaba y le contesté con un corazón roto. Sé que eran casi las 3PM cuando entré al MSN, pero no recuerdo qué hora era cuando me desconecté, deshidratada de tanto llorar, pero tranquila. Esnipi se refiere al hechor como "ese majecín". La segunda vez tardó algo más en enterarse -los Esnipis gustan de ver Pokémon, hacer tiramisú y suelen desfallecer frente a su tesis-, pero recuerdo que me dijo "buenas noches, bienvenida a tu libertad". Cada vez que siento que me quiebro aparecen esas cuatro palabras y la soco.

Hablamos de Hillary, de Obama, nos mandábamos mensajitos en los discursos de aceptación. Para cuando Funes, escribimos un artículo que nadie leyó porque lo mandamos demasiado tarde, pero que me hizo despertar del letargo que me dio la apatía. Al triunfo, planeábamos ir juntos al Masferrer. Él no pudo ir, pero yo sí. Celebramos a la distancia. Fue muy muy muy bonito.

Esnipi, con su "ya me levanté, me bañé, desayuné y vi Pokémon" fue la primera persona que dijo "sí" cuando le planteé que quería un blog colectivo, a pesar de no haber blogger sobre la faz de la Tierra que sufra tanto como él a la hora de escribir. Aparte de ser infinitamente paloma porque le gusta House MD y How I Met Your Mother y los gatos y la Coca Cola con leche condensada y su hermana es genial, es de esas personas que te obliga a tratar de entender qué es lo que te quiere decir. Esnipo es un reto para esta verbalizada existencia mía. Yo lo amo. Y no quiero que se vaya :'(

En Demografía, más bien en la recolección de datos demográficos, hay algo que se llama atracción digital.
Pasa cuando la gente declara su edad, tiende a redondear. Y por ello hay atracción del 0 y el 5. Son los números más "ocupados"...


"Interrumpimos nuestra transmisión regular para comunicarles que Emilio se fue y lloramos su pérdida. En su honor: especial de Esnipo"

Por ello no me importa cómo declara la gente su edad.


Snipe es una rarez. Pero como todos sabemos la rareza es lo que hace, por simple principio de oferta y demanda, que las cosas se aprecien. Así que hay solo un Snipe, pero muchos demandamos de él. Pobre. Y por eso en esa constante apreciación, por su constante demanda -si hubieran acciones Snipe se cotizarían muy bien en la bolsa-, es que no podemos darnos ya el lujo de des-preciar a Snipe, y en el aprecio que le merece, su tiempo, particularmente escaso, nos hace comprender su partida, aunque no duele menos -y hace que las aniuxas escriban con pésima redacción y abusos de comas.

Pondré así a lo "ramdom" tres videos que siempre me recuerdan a Snipe, porque además de un frozen de arrayán de mi lado y de coco de él, de manera virtual, brindo por un bicho calidá que se extrañará en este espacio. Caer acá, en lo que es CampoPagado significó cultivar más amistades de lo que yo creía y entender que estoy loca, pero que es bueno y compartido. Se le quiere al Snipe.