Salimos de la casa y el hielo nos pegó en la cara. En tiempos de calentamiento global, la intensidad del frío también es atípica. "Un gran frescor, vedá". Huevos tu frescor, si te deja aplaudiendo. Y manejamos por jaigueis con nombres en inglés, hasta que llegamos a un barrio chino. Y en el carro de a la par una sistah iba gritándole a alguien gracias a su hands-free.

En esa tienda no había pan dulce de tienda ni chocobananos, ni fresco de arrayán o coca cola en bolsa. Pero tenían dos flat-screens con todas las variedades de batidos, y un flat-screen más grande colgando del techo, por el que pasaba un concierto de Alanis Morrissette. Y se me hizo un nudo en la garganta al verla, por razones que no vienen al caso. Dejé de prestarle atención al nudo cuando me preguntaron de qué quería el mío y si lo quería con tapioca. "Sin tapioca". La verdad es que venimos a este lugar sólo por eso, pero la tapioca me parecía un montón de grageas al fondo del vaso y yo detesto las grageas (por eso paso con gripe más días de los que la medicina moderna me perdonaría).

"¿Y no tienen de carao?". No tenían, y qué bueno, porque también detesto el carao. Había otros 157 sabores de dónde escoger, y de entre esos 157 sabores, un valiente miembro de mi séquito escogió un batido de aguacate. Intragable. Yo pedí algo más terrenal y esbocé mentalmente el borrador de mi Tratado sobre el Jugo, el Fresco y el Frozen: una aproximación palato-lingüal.


Más tarde quise contarle a alguien por qué tenía ganas de llorar al ver a Alanis Morrissette, pero la escarcha del batido me había dormido la lengua.

1 comentarios:

Gero dijo...

Hay cosas que así son: te recuerdan cosas. Otras que son de otra forma: te duermen la lengua. Al final, todas tienen su razón de ser.