Cuando pequeño, comenzás a cargar con una maleta llena de libros, cuadernos, libretas, diarios y demás, cual si fuera concurso de levantamiento de mochila (sería interesante ver qué institución educativa carga más a sus estudiantes con cosas). Luego vas varios años cargando no solo los cuadernos si no además lo que conlleva convivir con tus congéneres y sus rollos, y lo que de esas dinámicas te queda: traumas, dolores, apodos, risas y llantos manifiestos o en silencio.

Y así, vas por la vida cargándote de cosas, las más de las veces innecesarias. Y aprendés desde pequeño a andar cargandolas de aquí para allá, al entrar y al salir del rol que tenés en la sociedad. Cambias de bolsón, y vas por allá cargando carteras con toda la carga que puede llevarse en ella: documentos que te dicen el número que sos en la sociedad, tarjetas de crédito que te dicen tu lugar en la cadena alimenticia, cosmeticos que te recuerdan la necesidad de usar máscaras, teléfonos que te subyugan a comunicarte siempre con el mundo (y quizas nunca con vos mismo).

Y sin mencionar la mochila de cosas que seguimos cargando, sin que quizás se note en como arqueamos la espalda: el pasado doloroso y el presente atosigante, el futuro incierto y nuestra necesidad de controlar todo sin ser siquiera dueños de nuestras propias reacciones a todo. Las mochilas que cargamos por la vida van cargándose y cambiando dejando arqueadas y dolorosas espaldas.

Aunque hay que decirlo, siempre podemos probar el alivio de quitárnoslas de encima.

1 comentarios:

Soy Salvadoreño dijo...

Me gusto la comparacion.