Una mochila, eso era todo lo que tenía Pablo, una mochila con la que cargaba incansablemente, adentro tenía toda su vida o eso parecía. Así que, una mañana cuando el sol vino, Pablo se sacudió dos días de marzo y decidió irse, ahora le faltan cuarenta ocho horas en su agenda, pero su mochila pesa menos y el viento es más ligero.

Cuando Pablo se fue a conocer el mundo recuerdo que llevaba una cajita de música, una cajita para detener los días, cuadernos que mantenía despiertos con su letra de molde impecable y su geometría perfecta. Y así es como recuerdo a Pablo, despidiéndose con su mochila y cruzando aquel puente. Me escribe siempre, está en algún lugar de América del Sur, ejerciendo de mochilero. Nunca vi a nadie irse tan feliz con sólo una mochila al hombro.


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