–Padre, confieso que he pecado.

–Dígame hijo...

–Mire padre, yo sé que usted siempre nos enseña sobre cómo hay que cuidarse de esos allá afuera que lo mandan a uno por el mal camino, pero a uno le cuesta; usted sabe cómo es esto.

–Sí hijo, ¿y qué pasó?

–Es una mujer de la universidad, padre, a mí mi me gusta y todo, y el otro día me invitó...

–¡Ay hijo!

–Padre, si solo entré un rato pero no me quedé, yo sé que la regué, ¡YO SÉ!

–Y qué, ¿aprovechaste? ¿Y desde cuándo venís a confesar esas cosas?

–Nombre padre, lo que pasa es que me invitó a la iglesia...

–¡MALDITO SEAS!

–Padre, ¿tendré salvación todavía?

–Pues... nada que un par de gatitos sacrificados no pueda solucionar, mi'jo.

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