Siempre pensé en mi mochila como el karma que pago por mis pecados, y es que si bien es cierto que aunque toda la vida que me portaba mal me amenazaban con hincarme en maicillo y ponerme ladrillos sobre la cabeza, por muchos años de mi vida me tocó justamente eso: cargar ladrillos. Ahí ven al niño tortuguita caminando por la calle con los cuadernos de trece materias.

No que no fuera mi culpa, realmente. Nunca lograba memorizarme los horarios de clase, y era más sencillo andar todos los cuadernos en caso que alguno fuera necesario. Y los libros. Y lapiceros de tres colores, de esos que se rebalsan cuando te los echás en la bolsa para jugár fútbol en los recreos. Y regla. Y compás. ¡Demonios, sí extraño esos días!

Claro, después de varios pares de zapatos ortopédicos y un hombro más abajo que otro, puedo decir que soy un héroe de guerra de la educación básica. Quizá mi eterno clamor ignorado por un bolsón roller hubiera disminuido mi daño permanente, pero hoy qué más da: en mis días la vida no era fácil. Oh, no; vaya que no. Con más razón detesto pensar que en el futuro los niños van a asistir a clases sin papel, y todo será a pura computadora. Ya no más karmita para ellos: los odio con mi corazón.

2 comentarios:

Gero dijo...

Y eso si aún tienen que ir a clases. Con eso de los salones virtuales de moda...

Amsa dijo...

Yo viví lo mismo, o de una u otra forma algo parecido D:

Y de hecho tengo un hombro más abajo que el otro, aunque no se nota mucho.