Ella no sabe mi nombre ni yo logro adivinar el de ella. Hoy voy cada vez menos ahí. Hubo un tiempo en que iba a diario y luego cada domingo y ella me reconocía como el nieto de Don Victor. La niña Celia si me conoce. Talvez hoy un poco menos que antes, cuando iba llevando la pequeña canasta que mi Mami - mi abuela - llevaba al mercado. Ella me regalaba un fresco. Siempre. Incluso hace unos meses que nos hallamos en el mercado frente a una venta de frescos que ya no es la suya, pero en la que ordenó como hace veinte años que le dieran un fresco de granadilla al nieto de la Rosita.

Del brazo de mi abuelo paterno y mi abuela materna recorrí todo el espectro de sabores que componen esa deliciosa sinfonía de líquidos con sabor a aquello que nace en nuestra tierra. Desde el cada vez más raro tiste hasta las variaciones delicadas de la cantidad de arroz morro y especias que hacen que la horchata que hace mi tía sea una explosión orgásmica en el paladar. Sin olvidar el fresco de granadilla, el de jocote, el de piña, el de jamaica, la ensalada, el de marañón, la cebada, el tamarindo, el carao con y sin leche, la naranjada, la limonada, el fresco de guanaba, el de guayaba, el de coco, la horchata de coco, el de mamey, el de maracuyá, el de carambola, el de arrayán, el de chan, el de mango y otro montón que seguramente he olvidado y que usted, querido lector o lectora, amablemente me recordará en los comentarios.

Cada uno de ellos tiene una particularidad, un algo especial que nos vuelve adictos para siempre. Y allá donde estemos añoraremos cada uno. Y recordaremos con especial cariño aquellos emblemáticos, los que se vuelven el patrón para comparar a los que probaremos en ocasiones posteriores: la horchata de coco de ahi por la iglesia, el fresco de granadilla de la niña Celia, la horchata de esa venta en el mercado de San Miguelito, la horchata de mi tía, el fresco de mango sazón que solía hacer mi abuela...

El fresco tiene sabor de infancia, de recuerdos, quizá por ser hecho a mano lleva algo de quien lo hace y por eso crea ese vínculo, no sé. Pero yo siempre vuelvo al San Miguelito a comprarle a esa señora que ya no es la que le vendía a mi abuelo, pero que es su hija y no me reconoce. Por eso paso donde esa abuelita que en una esquina donde casi no se ve vende un fresco de tamarindo con la concentración exacta para dar un efecto refrescante que ya quisiera cualquier bebida industrial. Por eso le compro siempre a ese señor que vende la horchata de coco que una vez hace muchos años me salió con un "cabezón", al que aparté con la pajilla para poder disfrutar esa maravilla para el alma. porque eso, un fresco bien hecho no pega en el paladar, va a darnos un chapuzón de sabor al alma.

4 comentarios:

Rafael Rodríguez dijo...

Sí, como veníamos diciendo en el Twitter, los frescos del San Miguelito son UNA GRAN cosa.

Faltó el de mora, creo.

Saludos.

Rafael Rodríguez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Gero dijo...

Mis favoritos son el de horchata y el de arrayán. Y si, sólo el que es hecho a mano tiene ese sabor tan especial.

Victor dijo...

Ha de ser por la tierrita debajo de las uñas de la doña que hace el fresco. :D