Mi papá me compró mi primer diccionario a los cinco años. Sus proyecciones para conmigo eran tan altas que consideró prudente que la niña se refiriese a su librote café cuando quisiera saber qué significa tal cosa. Fue mi salvavidas cuando por castigo me quitaban la radio, leía definiciones y contraje el síndrome de la palabra larga, tan gustado en nuestras tierras. Aún no me libro de él.

Hace mucho mi palabra favorita era contubernio. Buscaba mil y una maneras de meterla en mis tareas o en mis cartas. Contubernio arriba, contubernio abajo. Contubernio. Es linda, aun hoy, contubernio.

Alcaloide vino después. Y edulcorante. Paralelepípedo, dicotomía e irrefrenable. Palíndrome, enfisema, neocatecumenal. Paranoide.Vinculante. Usufructo.

Te amé con todas y cada una de esas palabras.
Te amé de manera polisílaba y generalmente grave.

Es curioso que ahora, después de revisar el mismo libro café desde la A hasta la Z, no encuentre ni una sola palabra qué dirigirte, ni un monosílabo, ni una contracción ni interjección ni adverbio ni sustantivo ni neologismo ni nada. Ni adiós, vaya.

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