Amanece y a él le duele mucho la espalda. Camina con la vista fija en el suelo, arqueando su cuerpo para parecer más un cucurucho que un hombre. No importa si el clima es frío, caliente o si llueve, la postura es la misma. Es extraño.

A diario camina cinco minutos hasta la parada de buses para ir al trabajo. De tarde, al salir del trabajo, camina cinco cuadras hasta un centro comercial cercano; caminar hace bien, se dice, poco importa esa media cajetilla que se fuma mientras sus pies lo desplazan del punto A al punto B. Como video de brit pop, el mundo pasa junto alrededor encima sobre abajo desde y contra él, pero parece no inmutarle. Sigue caminando. La espalda sigue encorvada.

Él llegó al centro comercial y toma el bus que lo llevará a casa. Los pies palpitan, mucho. Se arquea en el asiento, se vuelca hacia adelante, para no perder la postura. A veces, cuando se siente parte de una raza, mira por la ventana para observar a los policías, los carros, las transnacionales, el lumpemproletariado, la basura, el asfalto y los semáforos. Cuando las voces de su cabeza son superiores a los sonidos de afuera, le basta ver sus zapatos y los chicles pegados en el piso del bus. Es media hora o más lo que le toma llegar a casa. Muchas cosas pueden pasar mientras observa sus zapatos.

Él llega, por fin, a casa. Por un momento corrige la postura. Adentro de casa ya puede derrumbarse, arrojarse en la cama a sentir que revientan la espalda, los riñones y el pecho. Cuando los ojos arden demasiado, decide sentarse y tomar un portaminas, un cuaderno de hojas recicladas y procede a vomitar alegorías, historias, palabras hasta el hartazgo, o hasta que se acaba la mina, las hojas o el dolor de espalda. Es entonces cuando se levanta de su asiento. Ya puede caminar erguido.

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