Doña Remedios despertaba todas las mañanas con la certeza de que el fin venía pronto. Se levantaba a diario cargando la goma de noches enteras de sueños con lenguas de fuego que salían desde el templo y bajaban por la cuadra hasta la parada de la 5, doblaban por el Neptuno y atravesaba el portón, pasaba por donde las tortillas, la del pan y el depósito para finalmente esquivar la casa del taxista -un verdadero tocado de Dios- y meterse directo por la verja verde de la entrada, quemar los sillones y deslizarse al cuarto de su nieta para envolverla en el fuego purificador del espírito. Esto soñaba doña Remedios a diario. No la dejaba vivir en paz. Para calmar su mente, se iba a predicar en los buses.

A su nieta Dolores le desvelaban otro tipo de lenguas ígneas. Muchas, de hecho. Escogía como bolsa surtida de la Confitería Americana a cualquiera que le dedicara un "mamor" en la calle y se lo llevaba a la vuelta del mercado, a los cuartos de a tostón o a su propia casa, especialmente cuando la abuela Remedios andaba en vigilia. Toda la colonia sabía que la muchacha tenía floja la bisagra, pero a ella no parecía molestarle. Le importaba poco lo que fuera o lo que le dieran con sólo que la hicieran ver estrellas sobre cualquier superficie plana o inclinada. Eso y $10.

La Lola fue regalona por su cuenta hasta que la señora del chupadero con la rockola le dio chance de meserear y conectar en el mismo sitio. Aceptó sin pensarlo porque ya la Yanci, la Elizabeth, la Renata y la Mercedes estaban ahí y medio instituto sabía que era buen bisnes: paga las idas a Kairos y las fotocopias. Chiche. Tres palos diarios, un par de bailes y un balde de cerveza parecían buena manera de sacar $30 al día.

Doña Remedios andaba misionando cuando la Lola se fue sin decir nada. Al regresar de predicar Cristo a las naciones, la abuela se fue al templo, sólo para encontrarse a su Lolita en cuatro, escondida detrás del chalet. No lo soportó y cayó en cama, delirando los mismos delirios que Juan en su cuarta carta, temiendo los mismos miedos, oliendo el mismo azufre. Veía los jinetes entrando al Merendero Lupita y levantando a los bolos, las putas y los dealers para descarnarlos ante la presencia del Espíritu. Veía a la Lola colgando del caballo, desangrada y moreteada, gritando del dolor. La escuchaba decir "mama Remedios, ayúdeme". Eran gritos desgarradores y doña Remedios no resistió.

Al día siguiente los bomberos dijeron que el incendio fue provocado y que la infraestructura del Merendero Lupita no tenía salidas de emergencia -claro, todo putero las tiene-. El saldo: seis menores de edad y una mujer mayor entre las fallecidas, dos hombres con quemaduras de tercer grado en piernas y espalda, un local perdido. Doña Remedios no vio el degenere, andaba en un bus de la 5 proclamando que había caído la gran Babilonia

3 comentarios:

Karla dijo...

Es tan triste ver a gente así ):
Sentís que tienen la buena intención, tienen las ganas de predicar y hacerle bien al prójimo, pero al final buuum
Y todos salen perdiendo
Me gustó mucho :D

iba pasando dijo...

Necesitamos más lolitas y menos remedios!!!

La religión te hace pirómana!

manuel peña dijo...

realmente pude vivir las imagenes, crudo y real como las cosas en el centro, como las cosas en sivar, felicidades virginia.

tenes un gran talento, ojala pronto te publiquen.