Recuerdo los tiempos cuando se marcaba un número telefónico discando en vez de presionando botones de un teléfono. Y recuerdo que el sonido que salía cuando el teléfono de destino tenía una llamada era un “tu-tu-tu” interminable. Como interminable parecía volver a marcar el número otra vez por el dichoso disquito aburrido y monótono.

Como han cambiado las cosas. Hoy, no se disca, se marca puyando botones. Y ni siquiera puyando botones de números sino solo los botones necesarios para encontrar al contacto y darle “send”. Si tiene llamada el teléfono destino, una voz nos avisa que le podemos dejar un mensaje de voz. O se le manda un mensaje de texto.

En otras palabras, la comunicación telefónica de hoy ya no depende de si el otro está ocupado o no, le dejo o mando un mensaje para que lo oiga o lea cuando pueda. Lo que le llaman comunicación asíncronica.

Siquiera así fuera las demás cosas de la vida. Pero no lo es. Todo mundo hoy (hasta los haraganes) tenemos vidas ocupadas. Corremos de aquí a allá, todo el tiempo, yendo al trabajo, a la u, al colegio, a traer, a dejar, a comprar, a pagar, a cobrar, a jugar, a reunirnos, a pasear. Basta ver la cara de la gente en el transporte público o en los espacios públicos de tránsito, del comercio y todo mundo parece tratar de otear el horizonte al que se dirige.

Y mientras vivimos así nuestras vidas, vivimos como números ocupados, solo que en vez de decir “tu-tu-tu” decimos “yo-yo-yo”. Saludos de buenos días, buenas tardes o buenas noches, modales de “pase Ud. primero”, “le sostengo la puerta”, “por favor” y “muchas gracias” son olímpicamente olvidados por la prisa y las correrías.

Y si a eso le sumamos, el miedo y la inseguridad que vivimos, nos vuelve más números telefónicos ocupados, diciendo “nuesconmigo” cuando vemos un asalto, un maltrato, una tragedia.

Me parece sumamente curioso que en el tiempo en que la tecnología nos vuelve más productivos, más comunicativos y menos aislados de nuestros congéneres, sea el mismo tiempo en el que la apatía, la indiferencia y el desinterés nos dominen y nos conduzcan.

No creo que la cima de la civilización humana se alcance cuando gracias a la tecnología podamos aislarnos virtualmente de todo contacto humano. Creo que nos necesitamos, que la ayuda que pueda brindar a otros es vital para mi existencia y para el de los otros. Sea en algo pequeño o en algo grande. Ojala podamos comprenderlo y nunca seamos “números ocupados”.

Uno se cruzó con Dos en la calle. Dos le susurró algo a Uno mientras pasaba a la par suya. Uno se encabronó y se dio la vuelta, quitándose el bolsón tipo messenger cuya correa cruzaba su pecho. Agarró el bolsón por la correa y la tiró como una soga alrededor del cuello de Dos, que seguía de espaldas y apenas alcanzó a reaccionar cuando sintió la presión cortándole la circulación de aire y sangre.

Uno le dio una patada en la parte de atrás de las rodillas y Uno cayó al suelo, en medio de una asfixia agónica. Por instinto, trataba de interponer sus dedos entre la correa y la piel de su cuello. "Conmigo no te metás, cerote...conmigo no te metás", dijo Uno al oido de Dos, deslizando cada una de estas palabras por entre sus dientes apretados. Removió la correa y remató el ataque con una patada en la espalda; volvió a ponerse su bolsón a través de su pecho. Se alejó a paso rápido, dejando en la lejanía la tos y las desesperadas bocanadas de aire de Dos.

Imposible tenerle lástima. Una vez Uno escuchó el mismo susurro, proveniente de Tres, Cuatro, Cinco...etc. Sintió miedo, se sintió vulnerable. Sobre todo, sintió ira inmensa. Se prometió nunca más soportar algo como eso. Y desde entonces, ante semejante cosa, reacciona como si se le hubiera metido el diablo.

Doña Remedios despertaba todas las mañanas con la certeza de que el fin venía pronto. Se levantaba a diario cargando la goma de noches enteras de sueños con lenguas de fuego que salían desde el templo y bajaban por la cuadra hasta la parada de la 5, doblaban por el Neptuno y atravesaba el portón, pasaba por donde las tortillas, la del pan y el depósito para finalmente esquivar la casa del taxista -un verdadero tocado de Dios- y meterse directo por la verja verde de la entrada, quemar los sillones y deslizarse al cuarto de su nieta para envolverla en el fuego purificador del espírito. Esto soñaba doña Remedios a diario. No la dejaba vivir en paz. Para calmar su mente, se iba a predicar en los buses.

A su nieta Dolores le desvelaban otro tipo de lenguas ígneas. Muchas, de hecho. Escogía como bolsa surtida de la Confitería Americana a cualquiera que le dedicara un "mamor" en la calle y se lo llevaba a la vuelta del mercado, a los cuartos de a tostón o a su propia casa, especialmente cuando la abuela Remedios andaba en vigilia. Toda la colonia sabía que la muchacha tenía floja la bisagra, pero a ella no parecía molestarle. Le importaba poco lo que fuera o lo que le dieran con sólo que la hicieran ver estrellas sobre cualquier superficie plana o inclinada. Eso y $10.

La Lola fue regalona por su cuenta hasta que la señora del chupadero con la rockola le dio chance de meserear y conectar en el mismo sitio. Aceptó sin pensarlo porque ya la Yanci, la Elizabeth, la Renata y la Mercedes estaban ahí y medio instituto sabía que era buen bisnes: paga las idas a Kairos y las fotocopias. Chiche. Tres palos diarios, un par de bailes y un balde de cerveza parecían buena manera de sacar $30 al día.

Doña Remedios andaba misionando cuando la Lola se fue sin decir nada. Al regresar de predicar Cristo a las naciones, la abuela se fue al templo, sólo para encontrarse a su Lolita en cuatro, escondida detrás del chalet. No lo soportó y cayó en cama, delirando los mismos delirios que Juan en su cuarta carta, temiendo los mismos miedos, oliendo el mismo azufre. Veía los jinetes entrando al Merendero Lupita y levantando a los bolos, las putas y los dealers para descarnarlos ante la presencia del Espíritu. Veía a la Lola colgando del caballo, desangrada y moreteada, gritando del dolor. La escuchaba decir "mama Remedios, ayúdeme". Eran gritos desgarradores y doña Remedios no resistió.

Al día siguiente los bomberos dijeron que el incendio fue provocado y que la infraestructura del Merendero Lupita no tenía salidas de emergencia -claro, todo putero las tiene-. El saldo: seis menores de edad y una mujer mayor entre las fallecidas, dos hombres con quemaduras de tercer grado en piernas y espalda, un local perdido. Doña Remedios no vio el degenere, andaba en un bus de la 5 proclamando que había caído la gran Babilonia

Escribo estas lineas desde la clandestinidad. Dejé de ser un hombre libre y me  costó acostumbrarme a ello. Extrañaba pisar la tierra de mi país y su olor a mierda. No pude estar más tiempo respirando ese aire ajeno. Caminé demasiado tiempo entre calles libres pero que fueron el sueño de otros. El sueño alcanzado de otros. Los pies toman su propio camino cuando saben que el polvo que los cubre no es el polvo amado. Y fue así que, inventando otra vida, regresé a los brazos de mi  patria. Inventé otra vida, otro nombre, otra profesión, otra cara. Presté un amor y un acento. Y regresé a Chile. Regresé a La Moneda. Las cuatro estaciones.
Miguel Littin, cineasta chileno, fue exiliado en 1973 durante la dictadura de Pinochet en Chile. Doce años después regresó, de forma clandestina, a su país para dar vida a una película sobre la vida actual de su país sumido en la dictadura. El filme fue titulado Acta general de Chile.
Al terminar el proyecto, Gabriel García Márquez se acercó a él para proponerle escribir la historia de su película. El libro se llamó Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile.
Me gustaría saber lo que Miguel Littín pudo haber sentido al regresar a su país de forma clandestina. Cuál habrá sido el deseo de un hombre separado tanto tiempo de su tierra. Me gusta imaginar que el párrafo de arriba refleja parte de ese deseo. Sólo así me puedo explicar que Littín haya decidido tentar al diablo.

Recuerdo que mi abuela me decía cuando yo insistía en jugar a Gladiadores Americanos con mis primos: Muchachito, dejá de tentar al diablo encaramándose en ese palo.  Jugar al Asalto con olotes en lugar de pelotas de tenis y subido a un árbol de níspero era una experiencia sublime, hasta que acerté a darle con un olote a una prima en la boca, o cuando yo mismo quede trabado entre dos ramas por evitar un certero "olotazo" entre los ojos.

Igual fue jugar al softball haciendo alarde de gran jugador de baseball: No andes tentando al diablo, ese bate le va a romper la jeta a alguien. ¡Pum! ora quedó carcomida la sonrisa de mi primo, con los dos incisivos superiores quebrados por ese bate que habíamos hecho de una rama de guayabo y que certeramente fue a parar en su cara de catcher en uno de mi jonrones más épicos.

Monos, dejen de estar tentando al diablo, un tetunte de esos va a traer una piedra dentro y le van a dar en el "sentido" a alguien y diocuarde*... En efecto le di a a la "Chana" a la altura del parietal izquierdo, causandole una herida que requirió siete puntos de sutura. Ello implicó irme corriendo a la quebrada y esconderme ahí hasta que me hallara mi abuelo, la policía o la noche. Cuando reaparecí supe de los puntos y que no debía hacerlo de vuelta. Pero lo hago - lo de tentar al diablo, no lo de ocasionar heridas parietales - .

*******

Honestamente no sé qué decir respecto a tentar al diablo. Quizás escribir esta entrada es en cierto modo eso. La página en blanco o esta virtual página en blanco que empiezo a manchar es la piel del diablo y estas letras son pequeños toques, tetuntes u olotazos. En cualquier caso cuidese los incisivos y los parietales y nos vemos la otra semana.

Victor


* Diocuarde: Dios guarde

–Padre, confieso que he pecado.

–Dígame hijo...

–Mire padre, yo sé que usted siempre nos enseña sobre cómo hay que cuidarse de esos allá afuera que lo mandan a uno por el mal camino, pero a uno le cuesta; usted sabe cómo es esto.

–Sí hijo, ¿y qué pasó?

–Es una mujer de la universidad, padre, a mí mi me gusta y todo, y el otro día me invitó...

–¡Ay hijo!

–Padre, si solo entré un rato pero no me quedé, yo sé que la regué, ¡YO SÉ!

–Y qué, ¿aprovechaste? ¿Y desde cuándo venís a confesar esas cosas?

–Nombre padre, lo que pasa es que me invitó a la iglesia...

–¡MALDITO SEAS!

–Padre, ¿tendré salvación todavía?

–Pues... nada que un par de gatitos sacrificados no pueda solucionar, mi'jo.

Pues a mí me parecía, y la lógica me lo confirmaba, que el que tienta es el diablo y no nosotros a él. En mi caso el diablo me tienta constantemente, pero el asunto era cómo tentaba al diablo, en venganza por tanta tentación que suele ponerme. Porque entre cosas, la lujuria, la glotonería y la procastinación deben ser pecados que deben tener sendos castigos en algún círculo del infierno, y si ese sufrimiento iba ser sufrido por mi persona, entonces debía castigar al culpable, porque todo era culpa del diablo, no mía.

Empecé a pensar como pensaría el diablo cuando me pone todas las tentaciones ahí... Pensar que las tentaciones vienen en algo tan sencillo como e-mail, a lo mejor, un FWD que te hace rayar en el hedonismo. Pero no encontré su casilla. Intenté devil666, diablitoloco666, luciferporsiempre, todos eran correos de tipos interesantes, pero ninguno era el verdadero.

Luego pensé que el diablo me tienta en los bares. Intenté buscar al diablo. Un día alguien gritó "Diablo", pero sé que no era él, pues no tenía cola, además que parecía ser muy pálido y eclenque para ser el maestro del mundo oscuro. Pasé de bar en bar, buscando al diablo, esos que me tentaban parecían diabólicos, pero no el diablo en sí mismo.

Luego me dijeron que si ponía el disco de RBD al revés se oía como llamaban a Satanás, intenté pues llamarlo imitando a Anahí. Pero nunca vino, nomás vino el vecino a callarme porque deseaba dormir.

Así pues sigo buscando al diablo para que caiga en mi tentación, aunque quizás sea en el infierno que al final nos veamos. Pero espero no sea pronto.

AYER
Hubo un tiempo en este país, que quienes no eran católicos, sino de otra religión, eran apedreados, vilipendiados y acusados falsamente de cualquier cosa.

Hubo un tiempo en este país, que se cerraban periódicos y se censuraban a medios de comunicación para que solo se reportaran lo que el gobierno quisiera.

Hubo un tiempo en este país, que curas católicos fueron asesinados por las ideas que expresaron y las causas que apoyaron.

Hubo un tiempo en este país que se mataba al que expresaba opiniones o apoyaba verbal y claramente ideas diferentes a las oficiales.

Hubo un tiempo en este país en que la otra facción en conflicto, mataba a los ideólogos y apoyadores del gobierno.

HOY
Sigue habiendo en este país una clara manipulación de los medios de comunicación, de la información y de las noticias a fin de destruir reputaciones, acusar falsamente o destruir el carácter de los contrarios a la facción política que apoya al medio.

Sigue habiendo en el país claras muestras de intolerancia a minorías “diferentes” a lo “normal”, a lo ortodoxo.

Sigue habiendo en el país, debate social y político estéril lleno de improperios y acusaciones y carente de hechos comprobados y estadísticas confiables que ayuden en la toma de decisiones.

Sigue habiendo en el país gente que paga “rentas”, extorsiones y secuestros, para comprar vida, para comprar seguridad, para comprar libertad de hacer negocios.

Sigue habiendo en el país, poco acceso a la información pública, a la que refleja el manejo de licitaciones, fondos y proyectos que cuestan el doble o el triple de lo normal.

Los primeros “hubo” terminarón. ¿Terminaran algún días los “sigue habiendo”?

Ella tiene diccionarios en su casa, seis diccionarios, cada uno con características particulares. Es la manifestación más básica del amor a las letras. Antes de conquistar los clásicos de la literatura y la literatura light, estaban los viajes obligados al reino de la A, a la jurisdicción de la X, a la ciudad de la N, al caserío de la R. Desde pequeña aprendió que antes de preguntarle a una persona qué era tal cosa, debía preguntarle al diccionario...así como hoy se espera que antes de preguntarle a una persona qué es tal cosa, se le pregunte a Google.

Pero esta vez, ella no sabe exactamente qué preguntar. Esto que se le ha venido encima no tiene nombre, al menos no que ella sepa, de modo que no puede arrastrar su dedo índice por las páginas para operativizar esta cosa tan etérea. Hojea y hace skimming, pero apenas encuentra unas pocas claves. Observa sus seis diccionarios, uno sobre otro, con desaliento lacrimógeno. Esto va más allá de cualquier palabra.

A los diecisiete años me quedé sin diccionarios en casa, los regalé todos, así como cuando se regalan a alguien los libros que te gustan. Te los regalé porque a vos te los quitaban tus hermanos y siempre me andabas preguntando qué significa esto y qué significa lo otro.

Luego a mí me compraron más diccionarios, pero nosotros ya habíamos creado otros, dándole nuevos significados a las palabras, creando sinónimos y antónimos. Eran nuestros códigos explicando el mundo.


Ahora voy a tu casa y ahí siguen estando esos diccionarios, seguimos estando nosotros con algunas correcciones y con términos que seguramente no encontraremos en ningún otro libro, y a pesar del tiempo aún seguís preguntándome ciertas definiciones y yo sigo construyendo significados.


A la fecha había visitado ya mil quinientos planetas completos, dieciocho lunas, setenta y nueve meteoritos, dos galaxias y un agujero negro. Tenia acumulados 50 billones de años luz, miles de conocidos a lo largo del universo, mas de un millón de polvos estelares en su cuenta de intercomunicador espacial, treinta mil mapas celestes, varios telescopios de alta potencia enfocados en diferentes puntos de infinidad de galaxias y un rimero enorme de guías y diccionarios de distintos planetas habitados. Estaba convencido que conocía el Universo mejor que nadie y estaba orgullos de ello. Sin embargo, una noche, mientras hacia su revisión habitual del universo, vio una diminuta esfera de color azul ubicada en la parte media de un pequeño sistema solar de apenas ocho planetas, bueno, casi nueve. Según el escáner, en ese planeta había vida. Buscó en los registros, mapas celestes y archivos que tenia a la mano. No encontró nada sobre el pequeño planeta. Paso varios días investigando hasta que por fin supo de un hombre que había visitado el planeta hace algunos cientos de años. Lo contacto y le pidió una descripción del lugar pues dentro de poco iría a visitarlo. El hombre le dijo que era un tanto inhóspito, con recursos a punto de desaparecer y con bastante desigualdad entre su gente. Le recomendó, sin embargo, que visitara a El Salvador: en todo el Universo no encontraría seres tan especiales como sus habitantes, los salvadoreños. Le dio también una lista de cosas que debería conocer en este lugar.
Así que, armado con un mapa y el diccionario multilenguaje mas completo que tenia, se fue a la Tierra, como era llamado el diminuto planeta azul. Aterrizo en un lugar conocido como "Planes de Renderos". Según la lista, debía probar las pupusas. Las busco en el diccionario pero no encontró nada sobre ellas, ni modo. Se acerco a una pequeña estructura bajo la cual pudo ver varios seres subevolucionados alrededor de una caja negra a una gran temperatura. Sobre la caja colocaban una especie de masa. Uno de los seres lo vio y le dijo 'cuantas va a querer miamor?'. El se quedo asustado y buscó en su diccionario el significado de todo aquello. Los terrícolas lo vieron asustado, entonces le colocaron enfrente un disco y sobre él una de las masas de la caja negra, sobre la cual colocaron una sustancia roja y algo mas que no supo siquiera describir, solamente supo que le llamaban curtido. De nuevo busco en el diccionario. Nada. Como vio que el resto de sus acompañantes se alimentaban de lo que le acababan de poner enfrente, hizo lo mismo. Al probarlo sintió algo extraño, algo nuevo. En todos sus viajes por el Universo jamas había probado nada tan delicioso. Se sintió el ser más feliz del Universo.
En un éxtasis inmensurable tomo la lista y busco cada una de las cosas que habían en ella: playa el Majagual, Metrocentro, Joya de Cerén, El Pital, El Centro de San Salvador, Ataco.... Ninguna aparecía ahí, en el diccionario mas completo del Universo. Entonces, arrojo el diccionario lo mas lejos que pudo. Y decidió, en ese momento, quedarse todo el tiempo que le fuera posible en El Salvador.
Continuara...



En primer grado me llevaron al tercer piso, a leerle a los alumnos de noveno grado un cuento, para avergonzarles que un niño de 6 años leyera en voz alta mejor que ese grupo de adolescentes, y que aún entendiera mejor lo que había leído que algunos. Cosas de profesores. Para ellos y las monjas que administraban el colegio durante varios años fui una especie de Domingo Savio con un vocabulario amplio e impoluto. Para mi familia y amigos, era una especie de pequeño Larousse, a quien siempre podían pregunta por cómo se usa una palabra, o qué significa aquella otra.

Cuando pienso en diccionarios no puedo dejar de pensar que en tercer grado nos pidieron comprar uno pequeño. Un mini diccionario que era un mundo nuevo para la mayoría de mis compañeros. Ese que ven a la par de este párrafo.

Para mi no era un mundo nuevo, si no una rareza ver un diccionario tan pequeño, acostumbrado yo a uno más grande y sin dibujos. Un Larousse cuyo modelo(?) no recuerdo, pero que era parecido al que ven al extremo izquierdo de esa pequeña colección de diccionarios varios que ven en la primera foto. Era un poco más ancho y más grueso y habían todas las palabras que podía imaginar en aquellos tiempos.  Yo estaba ya acostumbrado a abrirlo y navegar entre las palabras, buscando una que me gustase e intentaba usarla. Acostumbrado por una lapidaria frase de mi padre quien me remitía con gravedad al diccionario cuando yo preguntaba por qué significaba alguna cosa: "Andá a buscarlo al amansaburros" fue una frase común en casa, dada mi curiosidad innata por saber de qué iba el mundo y las palabras que lo adornan.

En tercer grado tuve que usar ese diccionario punto que no tenía las palabras que oía en el microbús escolar a los grandes, que se sentaban atrás y decían que yo era una hormiga. Los grandes decían cosas como puta pendejo, mierda, puta, cerote, cuca, verga, mico y las usaban en juegos de palabras que me eran desconocidos e ininteligibles. Los grandes no conocían el diccionario y los Sin. que aparecían a la par de cada palabra. No sabían que culero era una pieza de tela que se cose en las asentaderas, que no había lógica en decirle "Chele cuca macarrón" al chico rubio que se sentaba adelante y hacía gala de tener los juguetes que nosotros nunca tendríamos. Con el tiempo aprendería a usar los mismos juegos de palabras. Logré inteligir que significaba
-tu madre
- la tuya
- la que te puya, la patrulla

Me alejé de los altares y me acerqué a las canchas, a los camiones y a mi grupo social.

Aprendí que los significados estaban afuera de los diccionarios. Aprendí que habían gestos que estaban más allá de los libros, que sacar el dedo de enmedio de la mano, encogiendo el resto para que sobresaliera aquel era una especie de declaración de que yo no era Domingo Savio, porque en el mundo donde no estaban las monjas ser Domingo Savio acarreba pelotazos, coscorrones, bolsones perdidos, patadas y otros dolores menos físicos.

Con todo, siempre seguí hurgando en aquellas páginas cada vez más oscuras.Guardé ese pequeño diccionario donde no estaban esas palabras que no entendía y que luego usaría - a veces con demasiada frecuencia - y cada que lo veo recuerdo aquellos años inocentes. Hoy cuando recuerdo la frase lapidaria de mi papá, enviándome al amansaburros me da risa. Mi amansaburros es hoy dos enlaces en el navegador y un motor de búsqueda donde no se me esconde casi ninguna palabra. Sigo teniendo la costumbre de buscar qué significa astrágalo, coriandro, mielga. Por sobre todo, sigo siendo un pequeño Larousse, pero que incluye aquellas "malas palabras" y otras que invento para inteligir ese mundo de grandes al que todavía no me he acostumbrado.

Victor

Supongo que el trabajo de mi vida debió ser en la RAE, corrigiendo diccionarios. Claro, porque es un trabajo perfecto: lo más cercano a diputado posible, pero sin sentirme tan culpable por procrastinar; pasar sentado en algún parlamento mientras se discute por una cantidad obscena de tiempo el por qué modificar el significado de la palabra Parangaricutirimícuaro. Te tratan como estrella, te pagan bien por leer y discutir sandeces de la vida, y encima de todo te das a conocer con nombre de agente secreto: "Hola, soy el Sr. P, baby".**

Claro que un tendría que levantarme a diario preguntándome qué rayos es lo que estoy haciendo con mi vida, y diciéndome a mí mismo: "No voy a hacer esta mierda toda la vida". Porque admitámoslo, fuera de los círculos de nerd, pocos tendrían el valor de respetar a un tipo de lentes gruesos que se dedica a decirle a la gente cómo hablar y escribir; para que después existan elitistas que se burlen de los demás. Quizá en un arranque de deseo de venganza hacia la sociedad, me la pase escarbando reglas válidas desde 1547 para hacer que todos los que escriban se confundan. Claro, porque se lo merecen, esos incultos.

El sueño no duraría mucho, tengo que admitir. El día que me despierte y me dé cuenta que mi trabajo no tiene sentido gracias a que los diccionarios ya no son libros, quizá tomaría el camino del suicidio. O deje mi vida, para tener amigos de verdad. De esos a los que no leen diccionarios y que escriben puras estupideces. Sí, claro: ser blogger sería mi vcoación.

**Claro que dejaría tales anglicismos para las horas fuera del trabajo; de lo contrario, sería el hazmerreír de la oficina. :(

Mi papá me compró mi primer diccionario a los cinco años. Sus proyecciones para conmigo eran tan altas que consideró prudente que la niña se refiriese a su librote café cuando quisiera saber qué significa tal cosa. Fue mi salvavidas cuando por castigo me quitaban la radio, leía definiciones y contraje el síndrome de la palabra larga, tan gustado en nuestras tierras. Aún no me libro de él.

Hace mucho mi palabra favorita era contubernio. Buscaba mil y una maneras de meterla en mis tareas o en mis cartas. Contubernio arriba, contubernio abajo. Contubernio. Es linda, aun hoy, contubernio.

Alcaloide vino después. Y edulcorante. Paralelepípedo, dicotomía e irrefrenable. Palíndrome, enfisema, neocatecumenal. Paranoide.Vinculante. Usufructo.

Te amé con todas y cada una de esas palabras.
Te amé de manera polisílaba y generalmente grave.

Es curioso que ahora, después de revisar el mismo libro café desde la A hasta la Z, no encuentre ni una sola palabra qué dirigirte, ni un monosílabo, ni una contracción ni interjección ni adverbio ni sustantivo ni neologismo ni nada. Ni adiós, vaya.

Vea una foto suya de hace unos 10 años y compárela con su rostro que ve en el espejo hoy. ¿Se parecen? Sin duda, porque en ambas puede reconocerse ud. y quienes le rodean que se trata de la misma persona.

De hecho, a menos que en ese tiempo no haya habido un accidente grave o una enfermedad degenerativa, una agresión directa o un desmedido aumento de peso, podríamos decir que es básicamente el mismo rostro con algunas señas que ha dejado el tiempo.

Ahora, lea el siguiente texto que es parte de unos sonetos escritos por un español:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.
II
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s'es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por passado.
Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de passar
por tal manera.


¿Español mal escrito? ¿Faltas de ortografía? Nada de eso. Es español bien escrito… en el siglo XV. Es decir, 500 años atrás. ¿Escribiría el mismo poeta sus sonetos de esa manera hoy? Parece obvio que no.

Este breve y muy superficial ejemplo demuestra un hecho que aunque parece obvio no lo es, sobre como el idioma que uno habla es cambiante. Es vivo. Lo que hoy decimos y como lo decimos y las “reglas” sobre estas cosas, pueden cambiar, sea con la sanción de reales academias del lenguaje o no.

A mí me dan risa, a aquellos que hoy, se vuelven puristas del lenguaje y les ofende que usemos caracteres como “@” al escribir. O los que se horrorizan por el lenguaje inclusivo que proponen algunas ONG’s.

No quiero decir que se vale escribir como a uno le dé la gana y excusarse en que el idioma es vivo. Lo que quiero decir es que uno no puede encasillar el idioma como en un corsé y oponerse a nuevas tendencias. Si estas son pasajeras, el tiempo y el uso de la gente terminar dictando su inclusión o no en el lenguaje.

Es por eso que los diccionarios son para mí, meros retratos. Retratan el idioma como se pronuncia o escribe en un momento determinado del tiempo. Seguro que mi diccionario OCEANO que tanto me costó pagar en abonos y que incluye un CD (CD es una palabra que no estaba en el retrato del español hace unos 25 años o quizás menos) se volverá en un par de décadas en el retrato de un idioma viejo, el español de principios del siglo XXI. Y surgirán nuevos diccionarios que retraten mejor el español de esos futuros que vendrán.

Y ahí tenés que la Lola no anda en paz. La ves venir cabizbaja todos los días, y siempre viendo al volcán. Que el periodo de actividad, que los enjambres sísmiscos, que La Tierra y Sus Recursos...la soca por gusto, si cuando eso pase, nos lleva Judas y de ahí no hay pa'donde.

Agarra llave, vos. Todas las tardes se encarama al techo, ahí ha puesto un su campamento de observación. La he visto subir varios bolados, pero lo que siempre sube y baja es su botella de agua, un cuaderno y unos binoculares. Una vez subí y la encontré con una mirada de chucho aguacatero. Si fuera chucho le creyera toda esa alharaca que se tiene, porque los animalitos sí como que tienen un sexto sentido, y es cabal en el momento. Lo suyo es paranoia, que le dicen.
Una de esas tardes, Lola revisó la lista que había escrito en su cuaderno:
- Dos bolsas grandes de basura. Una verde y otra negra.
- Un espejo pequeño.
- Una caja de fósforos.
- Tres varas de incienso, para los zancudos y para levantar la moral.
- Botiquín: una caja de curitas; un bote de alcohol; una bolsa de hisopos; una bolsa de algodón; tirro; ibuprofeno; jandsanitaiser; un rollo de papel higiénico de doble hoja; un paquete de toallas femeninas (dicen que sirve para iniciar fogatas también); una caja de antihistamínicos; desodorante tamaño muestra.
- Una toalla.
- Un galón de agua.
- Cinco barras energéticas.
- Cinco latas de comida que no requieran abrelatas.
- Abrelatas (no vaya'ser el diablo).
- Dos cajetillas de chicle, a modo de consuelo.
- Un silbato.
- Dos cuchillos, o una navaja suiza.
- Un pañuelo grande.
- Una cachanflaca.
- Una lámpara de mano.
- Un encendedor.
- Una radio.
- Un yoyo.
- Un juegos de baterías AA y uno de AAA.
- $60 en billetes pequeños.
- Una mascarilla.
- Una memoria de 16 GB con todo el contenido de la laptop (especialmente las fotos).
- Una cartera con original y/o fotocopia de DUI, licencia, pasaporte, seguro de vida, título de propiedad y tarjetas de cliente frecuente; una ya con los diez sellos.
Y al fin tachó lo último que le faltaba: el silbato. Esa misma tarde, levantó su campamento y no volvió a subir al techo. La gran mochila que contenía todo lo que decía la lista pasó a ocupar una esquina del cuarto de Lola. Ella aparentó olvidar el asunto y su ansiedad cayó en letargo, para hacerle compañía al volcán que dormía sin reloj despertador.

Una mochila, eso era todo lo que tenía Pablo, una mochila con la que cargaba incansablemente, adentro tenía toda su vida o eso parecía. Así que, una mañana cuando el sol vino, Pablo se sacudió dos días de marzo y decidió irse, ahora le faltan cuarenta ocho horas en su agenda, pero su mochila pesa menos y el viento es más ligero.

Cuando Pablo se fue a conocer el mundo recuerdo que llevaba una cajita de música, una cajita para detener los días, cuadernos que mantenía despiertos con su letra de molde impecable y su geometría perfecta. Y así es como recuerdo a Pablo, despidiéndose con su mochila y cruzando aquel puente. Me escribe siempre, está en algún lugar de América del Sur, ejerciendo de mochilero. Nunca vi a nadie irse tan feliz con sólo una mochila al hombro.


Últimamente he pasado la mayor parte de mi tiempo en casa. Sin embargo, por lo general, soy una persona que ama los viajes. Y cuando escribo viaje, me refiero a cualquier salida fuera de lo normal. Y hay cosas que se me hacen indispensables, cosas que no puedo dejar:
  • Mis ojos, mi nariz y mis oídos. Quiero percibir todo lo que pueda del lugar y de las personas al que voy. Dicen que, de todos los sentidos, el que mejor memoria tiene es el olfato. De ahí partimos.
  • Mi cel cargadito de música. Pocas cosas en la vida son comparables a ese ejercicio de cerrar los ojos y, con los audífonos puestos, dejar que el sexto sentido trabaje.
  • Mi USB. Parece raro ver este artefacto en esta lista. Pero esta ahí por algo.
  • Mi tao. Un compromiso personal. Un recuerdo de quien soy.
  • Mi billetera. El dinero es lo de menos. Muchos de mis documentos me recuerdan grandes logros de mi vida. Como mi licencia para conducir. 
  • Mis tenis. Andar con las cintas de mis tenis sueltas no tiene precio. Y es que, a pesar de lo mucho que me regañen, nunca me andarlas así.
  • El corazón. No pude faltar a cualquier lugar donde vayamos.
Todas estas cosas las meto en mi mochila personal, mitad tangible, mitad abstracta.  Y listo, vamonos.


De mi última escapada. Soy de montaña, pero la playa también tiene influencia en mi.

Cuando pequeño, comenzás a cargar con una maleta llena de libros, cuadernos, libretas, diarios y demás, cual si fuera concurso de levantamiento de mochila (sería interesante ver qué institución educativa carga más a sus estudiantes con cosas). Luego vas varios años cargando no solo los cuadernos si no además lo que conlleva convivir con tus congéneres y sus rollos, y lo que de esas dinámicas te queda: traumas, dolores, apodos, risas y llantos manifiestos o en silencio.

Y así, vas por la vida cargándote de cosas, las más de las veces innecesarias. Y aprendés desde pequeño a andar cargandolas de aquí para allá, al entrar y al salir del rol que tenés en la sociedad. Cambias de bolsón, y vas por allá cargando carteras con toda la carga que puede llevarse en ella: documentos que te dicen el número que sos en la sociedad, tarjetas de crédito que te dicen tu lugar en la cadena alimenticia, cosmeticos que te recuerdan la necesidad de usar máscaras, teléfonos que te subyugan a comunicarte siempre con el mundo (y quizas nunca con vos mismo).

Y sin mencionar la mochila de cosas que seguimos cargando, sin que quizás se note en como arqueamos la espalda: el pasado doloroso y el presente atosigante, el futuro incierto y nuestra necesidad de controlar todo sin ser siquiera dueños de nuestras propias reacciones a todo. Las mochilas que cargamos por la vida van cargándose y cambiando dejando arqueadas y dolorosas espaldas.

Aunque hay que decirlo, siempre podemos probar el alivio de quitárnoslas de encima.

Siempre pensé en mi mochila como el karma que pago por mis pecados, y es que si bien es cierto que aunque toda la vida que me portaba mal me amenazaban con hincarme en maicillo y ponerme ladrillos sobre la cabeza, por muchos años de mi vida me tocó justamente eso: cargar ladrillos. Ahí ven al niño tortuguita caminando por la calle con los cuadernos de trece materias.

No que no fuera mi culpa, realmente. Nunca lograba memorizarme los horarios de clase, y era más sencillo andar todos los cuadernos en caso que alguno fuera necesario. Y los libros. Y lapiceros de tres colores, de esos que se rebalsan cuando te los echás en la bolsa para jugár fútbol en los recreos. Y regla. Y compás. ¡Demonios, sí extraño esos días!

Claro, después de varios pares de zapatos ortopédicos y un hombro más abajo que otro, puedo decir que soy un héroe de guerra de la educación básica. Quizá mi eterno clamor ignorado por un bolsón roller hubiera disminuido mi daño permanente, pero hoy qué más da: en mis días la vida no era fácil. Oh, no; vaya que no. Con más razón detesto pensar que en el futuro los niños van a asistir a clases sin papel, y todo será a pura computadora. Ya no más karmita para ellos: los odio con mi corazón.

-Aló
-Aló
-¿Paco?
-Sí
-Este, es que vi tu número publicado en el baño de cheras.
-¿Qué?
-Sí, perdón.
-¿Cómo así?
-Es que están los teléfonos de los más guapos de la promoción.
-¿A qué grado vas?
-Noveno.
-Ah...
-Sí.
-¿Y soy de los más guapos?
-Pues sí, a mí me gustás.
-Pero a lo mejor sólo me estás llamando por fregar. Porque a saber a cuántos vas a llamar de la lista... ¿Son muchos?
-No.. unos siete, vos.
-Siete..
-¿Querés saber quienes son?
-No... sólo pregunto.
-Ah.
-¿Por qué me llamás a mí?
-Porque ya te dije que me gustás.
-¿Cómo te llamás?
-Hasta ahorita vas preguntando.
-Perdón.
-Bueno, ¿pero en serio te gusto?
-No, fijate.
-Perdón...
-Sí, siempre me he fijado en vos.
-¿De plano?
-Sí...
-Dame una prueba.
-Tu mochila es negra y tiene una línea gris alrededor del zipper.
-¿Cómo decís que te llamás?

Amanece y a él le duele mucho la espalda. Camina con la vista fija en el suelo, arqueando su cuerpo para parecer más un cucurucho que un hombre. No importa si el clima es frío, caliente o si llueve, la postura es la misma. Es extraño.

A diario camina cinco minutos hasta la parada de buses para ir al trabajo. De tarde, al salir del trabajo, camina cinco cuadras hasta un centro comercial cercano; caminar hace bien, se dice, poco importa esa media cajetilla que se fuma mientras sus pies lo desplazan del punto A al punto B. Como video de brit pop, el mundo pasa junto alrededor encima sobre abajo desde y contra él, pero parece no inmutarle. Sigue caminando. La espalda sigue encorvada.

Él llegó al centro comercial y toma el bus que lo llevará a casa. Los pies palpitan, mucho. Se arquea en el asiento, se vuelca hacia adelante, para no perder la postura. A veces, cuando se siente parte de una raza, mira por la ventana para observar a los policías, los carros, las transnacionales, el lumpemproletariado, la basura, el asfalto y los semáforos. Cuando las voces de su cabeza son superiores a los sonidos de afuera, le basta ver sus zapatos y los chicles pegados en el piso del bus. Es media hora o más lo que le toma llegar a casa. Muchas cosas pueden pasar mientras observa sus zapatos.

Él llega, por fin, a casa. Por un momento corrige la postura. Adentro de casa ya puede derrumbarse, arrojarse en la cama a sentir que revientan la espalda, los riñones y el pecho. Cuando los ojos arden demasiado, decide sentarse y tomar un portaminas, un cuaderno de hojas recicladas y procede a vomitar alegorías, historias, palabras hasta el hartazgo, o hasta que se acaba la mina, las hojas o el dolor de espalda. Es entonces cuando se levanta de su asiento. Ya puede caminar erguido.

Salimos de la casa y el hielo nos pegó en la cara. En tiempos de calentamiento global, la intensidad del frío también es atípica. "Un gran frescor, vedá". Huevos tu frescor, si te deja aplaudiendo. Y manejamos por jaigueis con nombres en inglés, hasta que llegamos a un barrio chino. Y en el carro de a la par una sistah iba gritándole a alguien gracias a su hands-free.

En esa tienda no había pan dulce de tienda ni chocobananos, ni fresco de arrayán o coca cola en bolsa. Pero tenían dos flat-screens con todas las variedades de batidos, y un flat-screen más grande colgando del techo, por el que pasaba un concierto de Alanis Morrissette. Y se me hizo un nudo en la garganta al verla, por razones que no vienen al caso. Dejé de prestarle atención al nudo cuando me preguntaron de qué quería el mío y si lo quería con tapioca. "Sin tapioca". La verdad es que venimos a este lugar sólo por eso, pero la tapioca me parecía un montón de grageas al fondo del vaso y yo detesto las grageas (por eso paso con gripe más días de los que la medicina moderna me perdonaría).

"¿Y no tienen de carao?". No tenían, y qué bueno, porque también detesto el carao. Había otros 157 sabores de dónde escoger, y de entre esos 157 sabores, un valiente miembro de mi séquito escogió un batido de aguacate. Intragable. Yo pedí algo más terrenal y esbocé mentalmente el borrador de mi Tratado sobre el Jugo, el Fresco y el Frozen: una aproximación palato-lingüal.


Más tarde quise contarle a alguien por qué tenía ganas de llorar al ver a Alanis Morrissette, pero la escarcha del batido me había dormido la lengua.

Estar acostada un par de horas en una misma posición, escuchar música, tener la costumbre de recordar personas de otro tiempo, recordar otros lugares, esperar lo que seguramente no va a venir, seguir esperando mientras el día avanza despacio entre las manos. Luego sentarse en un lugar cercano a los árboles y al cielo, escuchar la risa de los niños, a los que nada les preocupa y cualquier cosa les divierte.

Mirar las nubes que giran y sentir fresca la mañana. Escuchar los árboles moverse, ver las hojas caer, sentir la brisa. Comenzar siempre es difícil, las primeras horas, los primeros días y seguramente los primeros meses.


Los cielos de Ataco, más frescos que una Coca Cola

Ella no sabe mi nombre ni yo logro adivinar el de ella. Hoy voy cada vez menos ahí. Hubo un tiempo en que iba a diario y luego cada domingo y ella me reconocía como el nieto de Don Victor. La niña Celia si me conoce. Talvez hoy un poco menos que antes, cuando iba llevando la pequeña canasta que mi Mami - mi abuela - llevaba al mercado. Ella me regalaba un fresco. Siempre. Incluso hace unos meses que nos hallamos en el mercado frente a una venta de frescos que ya no es la suya, pero en la que ordenó como hace veinte años que le dieran un fresco de granadilla al nieto de la Rosita.

Del brazo de mi abuelo paterno y mi abuela materna recorrí todo el espectro de sabores que componen esa deliciosa sinfonía de líquidos con sabor a aquello que nace en nuestra tierra. Desde el cada vez más raro tiste hasta las variaciones delicadas de la cantidad de arroz morro y especias que hacen que la horchata que hace mi tía sea una explosión orgásmica en el paladar. Sin olvidar el fresco de granadilla, el de jocote, el de piña, el de jamaica, la ensalada, el de marañón, la cebada, el tamarindo, el carao con y sin leche, la naranjada, la limonada, el fresco de guanaba, el de guayaba, el de coco, la horchata de coco, el de mamey, el de maracuyá, el de carambola, el de arrayán, el de chan, el de mango y otro montón que seguramente he olvidado y que usted, querido lector o lectora, amablemente me recordará en los comentarios.

Cada uno de ellos tiene una particularidad, un algo especial que nos vuelve adictos para siempre. Y allá donde estemos añoraremos cada uno. Y recordaremos con especial cariño aquellos emblemáticos, los que se vuelven el patrón para comparar a los que probaremos en ocasiones posteriores: la horchata de coco de ahi por la iglesia, el fresco de granadilla de la niña Celia, la horchata de esa venta en el mercado de San Miguelito, la horchata de mi tía, el fresco de mango sazón que solía hacer mi abuela...

El fresco tiene sabor de infancia, de recuerdos, quizá por ser hecho a mano lleva algo de quien lo hace y por eso crea ese vínculo, no sé. Pero yo siempre vuelvo al San Miguelito a comprarle a esa señora que ya no es la que le vendía a mi abuelo, pero que es su hija y no me reconoce. Por eso paso donde esa abuelita que en una esquina donde casi no se ve vende un fresco de tamarindo con la concentración exacta para dar un efecto refrescante que ya quisiera cualquier bebida industrial. Por eso le compro siempre a ese señor que vende la horchata de coco que una vez hace muchos años me salió con un "cabezón", al que aparté con la pajilla para poder disfrutar esa maravilla para el alma. porque eso, un fresco bien hecho no pega en el paladar, va a darnos un chapuzón de sabor al alma.

Vas por la calle, y pasa una mujer bonita a la par tuya. Digamos que tu wingman hipotético te paga $20 por sacarle una buena conversación. Claro, porque quizá él ya analizó las posibles alternativas. Qué más da, si podrías ganarte $20, ¿verdad? Claro, no es como que vas a salir con un Lorenzo Von Matterhorn de la nada, ¡pero algo es algo!



He ahí cómo la primera frase podría salvarte o matarte, porque siempre existe la posibilidad...

...de sonar callejero: –¿Te regalo de mi fresquito de chan?;

o pretencioso: –El fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina es mi favorito;

fresco, si le intentás meter mano de entrada;
idiota:  –Hola, está fresquito el clima. ¿Cómo te llamás?;

Ah, porque la frescura es lo más importante en el mundo. En mi caso, me ganaría esos $20 discutiendo sobre cómo la Fresca es mejor que la Sprite: siempre funciona. Piénsenlo: la Sprite es Alka-Seltzer con azúcar. Claro, podrían alegar que el "rápido alivio al instante" nos deja frescos y listos para más, pero no hay nada como un fresco de toronja fresca. Por supuesto, como mi profesor de Dibujo Técnico solía decir, "hay que tener fresco el keike", ¿sabés? No sea como yo, que juego a la tormenta de ideas mientras escribo. Peor aun, que le doy clic al botón de publicar sin ningún remordimiento por el destrozo que hago a este blog cada semana. En fin... soy un fresco.

-¿De qué va querer?
-¿De qué tiene?
-Horchata, cebada, tamarindo, ensalada y chan.
-¿No tiene de arrayán?
-No.
-Horchata, pues.

Y luego una bolsa con hielo, con la medida de dos cucharones de (vital) líquido. Y una salvadoreña feliz, de que tiene su fresco. No es agua. Es fresco y refresco y refresca, además. Y es una delicia, qué le vamos a hacer. Soy débil, por más dulce que dejen la horchata nunca diré no. Y no es época de arrayán. Los arrayanes tienen época, temporada (temporada de patos, no, de conejos), y por eso la Horchata será por siempre y para siempre infalible para saciar mi sed.


Y feliz día, me doy el lujo de abrir este espacio con un fresco nuevo post en el 2010. Y decirles "fresco", como dicen algunos latinoamericanos por ahí, para decir "está bien". Que estamos frescos, fresquitos, además el día está de un fresco viento. Las cabañuelas dirán que este será el clima de abril, ¿un abril fresco?, está por verse. Salut por el nuevo año en blanco y fresco que nos queda.