Yo sé que no te gustaba que vistiera esos zapatos, que hubieras preferido que usara algo más femenino y delicado. Pero sabés, esos zapatos me llevaron lejos; con ellos corrí, bailé subiendo y bajando gradas, te perseguí hasta alcanzarte, atravesé charcos y me hundí sin miedo en lodazales, exploré parques y me atoré en grietas de aceras.

No vengás a decirme que por qué hasta hoy ando taconeando. Aunque a veces tenga que cambiar de ruta, sé adónde voy. Hay un tiempo para todo.

Se lleva música en los bolsillos mientras se cruza una pasarela, bajás, y alguien lee las últimas páginas de un libro. El pavimento brilla y la ciudad se atraviesa con la belleza de unos zapatos gastados, zapatos que patean piedritas y que atraviesan charcos cuando es tarde y llueve. Son un espectáculo a la resistencia, a los caminos, y al color de las estaciones. Por eso cuando los zapatos se acaban es difícil tirarlos a la basura, se quieren así, porque tienen demasiada historia, son sencillos y entrañables.

 Dicen, no me consta del todo, que se puede conocer a una persona por el tipo de zapatos que usa. Pero no sé, ¿y si andan descalzos?
Me pongo a pensar en lo médicos y enfermeras, con sus zapatos blancos y cómodos, corriendo de un lado a otro. O en los ingenieros, con esos zapatotes de seguridad con 'cubo' de acero.
Yo, como soy random, uso de todo pero me identifico más con mis zapatos tenis. Si, ando de una lado a otro siempre con las cintas desamarradas. Y nunca me caigo. Son geniales y azules.

Los conoce en todas las formas, colores y texturas imaginables. Los ve venir y luego irse transformados. A veces llegan más y otras, menos. No está en su vocación estar solo. Por eso él siempre está ahí para ellos. Incansable, ansioso, diestro. Habla con todos de lo que sabe, y si no lo sabe, pues se lo inventa: noticias, política, religión, amores y desamores, anécdotas, chistes, anécdotas chistosas...

El lugar donde los recibe le parecería poco común a cualquiera que gusta de atender visitas. hay mucha bulla, pero no falta comodidad para sus invitados, lo cual sin duda es más importante para él. Y se sienta más abajo no porque sea más alto o tenga complejo de superioridad; sino por estar más cerca de ellos y porque es una manera muy personal de hacerles reverencia. Quiere ser cálido, pues. Luego de examinarlos hasta saber qué es lo que necesitan, ejecuta su plan de acción entre charlas, silencios, canciones de la vieja radio y esa bulla de afuera que no para.

Al final del día, y tras haber cambiado a cuanto ejemplar se le puso enfrente, guarda sus trastos y se va pensando en los que fueron y los que serán, porque sabe que debe volver. Y aunque no lo dice, tiene la esperanza -esa que le genera el miedo a la soledad- de que al otro día alguien lo estará esperando.

La agarró rico, con todo el empeine del pie izquierdo y la mandó al quinto infierno. Bueno, no tan allá, realmente la mandó donde Obdulio, pero como si lo fuera. Allí no había forma de recuperarla, el viejo les metía el puñalito con el mango de cuerno de venado y las mandaba partidas al otro lado de su casa. Así terminó la tarde. A Jonathan le gustaba ver qué tan lejos lograba mandar esas caprichosas pelotas que compraban donde la niña Concha. Ponía todo el empeño en ello, toda la fuerza de sus piernas de defensa de ocho años.

Jonathan pintaba para gran defensor; ay del infantil delantero que osara atravesarse en el camino de su pierna izquierda (la "ñurda", le decía), era seguro moretón y llanto con cojera incluida la que le recetaba. A él nadie le ganaba un balón dividido, un salto para cabecear la bola, un tiro lejano jamás era tan fuerte como cuando salía de su querida "ñurda". Pero como casi todos los buenos augurios, un día mueren. Y el suyo se extinguió cuando alguien le regaló zapatos para jugar. Ahí se fue toda la fuerza, el buen tino, la precisión quirúrgica de aquella fuerza de la naturaleza de ocho años de edad. Los zapatos le comieron el talento a su "ñurda" querida. Y es que solo descalzo se pueden mandar ciertos caprichos al infinito.

Seis páginas tamaño carta de color azul, azul. Bien azul. Todas pegadas unas con otras como fondo. Encima va un trozo de cartulina verde, cortado en forma de cono, con el pico apuntando hacia arriba; hay que pasarle plumón verde para énfasis y dibujarles colochos por toda la superficie. Después hay que pegar trozos de algodón sobre el fondo azul, y no está de más colocar una sobre el pico del cono, que pareza que está envolviéndolo. No es toque artístico, suele ocurrir.

Un día yo me voy. O eso desaparece. Pero te dejo el póster, para que recordés la vista desde abajo.

El Salvador esta rodeado de noticias todos los días. Me pongo a pensar en un enorme póster lleno de distintas imágenes, cada una de distinto tamaño, de acuerdo a la "popularidad" del tema. De buen tamaño sería la del Mundial de fútbol. Un poco más pequeña la "movidas" de GANA. Significativa sería la de las lluvias. Pero la más grande sería, no cabe duda, la de la violencia en nuestro país. Tengo amigos que viven en las zonas más peligrosas de nuestro país y a diario arriesgan sus vidas en sus buses y calles. Ellos son como mis hermanos y ver cada muertos por estos lados me quita un poquito de vida.
Al hablar del tema, rápidamente muchos dedos se apresuran a señalar a las autoridades, politizando el tema, criticando sus acciones sin entender, en muchos casos de lo que hablan. 
Otros se animan a "proponer". Y hablan de endurecer las penas e, incluso, de la pena de muerte. Me gustaría saber de algún país donde haya funcionado. Quienes proponen esto ignoran además que tendrían que pasar unos tres años para ver esto hecho una realidad. Se habla además del regreso de Martínez y yo sólo digo 'ajá'.
No faltan quienes crean grupos de Facebook y yo, al verlos, me pregunto en qué se diferencian estos con esos otros grupos que "eSZtán en konTrA de HusAR Kalcetins blanKos kOn sApatos neGros".
Están también quienes piden el regreso de la famosa Sombra Negra. Yo no voy a entregar mi libertad a desconocidos que supuestamente impartirán justicia.
Hace algunos meses salio lo del grupo de don Ramón, para oponerse al pago de la renta. Creo que sólo el que esta bajo esa situación sabe lo arriesgado que es el asunto, yo no puedo pedirle que no lo haga.
Y, en diferentes magnitudes, aparecen los que maldicen, putean, a los criminales, como si a ellos les importara algo.
Creo que hay que proponer y tomar acción. En lo personal, propongo:
  • Poner a trabajar a los presos. Ellos están allí porque tienen una deuda con la sociedad pero se les da de comer y donde vivir, bonita manera de pagar su deuda. Además buena parte de los crímenes se ordenan desde la cárceles.
  • Poner gente capaz en los puestos clave. Soy sincero al decir que el director de la PNC me parece más el abuelito de Heydi que uno de los responsables de dirigir la seguridad en nuestro país. Los directores de los penales son otros que... bueno, sin comentario.
  • Rotación de los guardia de las cárceles. Es una manera de limitar el contacto.
  • Pruebas periódicas de polígrafo a los policías.
Estás son medidas superfluas, lo sé. Están en la libertad de criticar lo que aquí escribo, pero también en la obligación de proponer. Hagamos algo. Qué el póster diario de nuestro país tenga imágenes de paz.
Y finalmente recomiendo leer esto, me puso a pensar en muchas cosas.

*Minutos antes de publicar esta entrada me di cuenta de otra muy interesante y detuve de inmediato la publicación de la presente.Como dije antes, lo que yo propongo aquí son cuestiones vagas. Para algo más concreto por favor lea la entrada de Ligia y la de Virginia.

El descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado. Un accidente con resultados buenos. Ese es el significado del título de este post. Y es el nombre (literal) en español de una película que a mí me encanto desde que la vi. Serendipity.

Aunque entiendo que algunos relacionen la palabra poster con cualquier cromo impreso en papel cuché de su artista, equipo deportivo o banda de música favorito pegado en su cuarto, para mí, esa palabra me hace pensar en las carteleras de las películas que solo suelen verse en las salas de cine.

En Internet aprendí que estas carteleras están disponibles a la venta en varios sitios para cinéfilos. El de la película en cuestión cuesta alrededor de 50 dólares, y eso que no fue un éxito de taquilla, ni tiene actuaciones memorables, es otra “comedia-romántica” más. Pero capto mi atención la frase “de venta” (o “tag line” como suelen llamarlos los gringos) del poster en cuestión: “Destiny ... With A Sense Of Humor.



Sinceramente no creo en el destino. Pero, si me gusta la idea de los “accidentes afortunados”. Por ese tipo de “serendipias” ó chiripas, tenemos a la penicilina y los post-it. Y me gusta pensar, que fue por un accidente afortunado, lleno de humor, por el que conocí a la persona que ahora comparte mi vida. Y por eso, es que me gusta tanto el poster de Serendipity, porque nos veo reflejados, a ella y a mí, como las dos personas que están juntas allí, al fin, con un sentido de estar donde deben estar, después de transitar por las veredas feas de esta vida con otras gentes desperdiciando el tiempo hasta que una chiripa las une y se quedan felices.

No es casualidad, entonces, que en las primeras platicas mientras nos conocíamos, tras preguntarle cual era su película favorita, ella me dijera: “Serendipity”.

No pondría un póster con tu foto, no. No puedo ponerte en una imagen porque sos un borrón en la vida, un paseo fugaz de noches y mañanas; bastante tengo con aquella pared llena de de fotos recargadas de vacíos, de demasiadas frases que me trascienden con la facilidad de los rayos gamma. No estás hecho para ser visto noche a noche ni para salir de estas cuatro paredes esenciales con tu recuerdo como primera evocación del día. No, tu vocación de héroe se cayó un poquito cada sábado por la tarde, tu mejor perfil se quedó en cada cuneta donde arrastraste tu cara, tus mejores frases se hicieron espuma en los labios de las putas que te dieron la espalda cuando te cagaron a patadas. Sos material de páginas amarillas, de rotulitos de "Se busca" en la página izquierda de la sección de servicios sociales, de cuchicheos de compañeros de abrazo fácil y puñalada trapera inmediata.

Eso. No necesito un póster. No puedo ponerte en mi pared. Vos ya estás demasiado presente. No necesito una gran foto tuya porque a vos te llevo tatuado en los recuerdos y el espejo me recuerda que aún con mis negaciones, nos parecemos demasiado.

Actualmente estoy escribiendo cuatro novelas. Le dedico varias horas a la semana a cada una. Paso un buen tiempo leyendo para tener un sólido soporte teórico y para saber por qué caminos van mis personajes. He escrito otras antes; algunas son de final feliz, otras han quedado inconclusas. Los personajes vienen a mí y yo sólo les ayudo a atravesar su historia, les ayudo a considerar otras alternativas; yo rara vez puedo decirles qué hacer. El final depende de ellos.

Hay algunas novelas escritas sólo en la voz de, por ejemplo, la anti-heroina. Hay otras en las que cada página tiene valoraciones de personajes secundarios pero fundamentales; su padre dijo esto, su madre cree lo otro, la doctora considera pertinente aquello. Y no importa cómo son las cosas si no cómo las perciben. Una vez a la semana yo meto mi pluma de acuerdo a lo que sé, a las vidas de mis personajes, a lo que me han dicho, a las metas que juntos establecimos cuando sólo existía la página en blanco.

Los personajes y yo tenemos una alianza. Sé que nadie conoce mejor a mi personaje que sí mismo. Iniciamos con lentitud, los pilares de una alianza no se construyen en una sola sentada. A veces me desmoraliza porque hay un bache que no deja que la historia fluya; será que no he investigado lo suficiente, será que algo tiene mi personaje que yo no sé. Pero los pasos, aunque cortos, son consistentes. Y aún los malos días sirven para avanzar.

Hoy fue un buen día. Terminé de escribir un capítulo más de dos novelas. Me quedé con un nudo en la garganta porque, aunque faltan muchos capítulos, están todos los ingredientes para un final feliz...si mis personajes y yo hacemos cada uno lo que nos corresponde. Me emocionó ver que una decisión de último minuto, basándome en mi propio criterio, salvó -por el momento- a un personaje que me agarra tímidamente de la mano. Me asombró ver cómo el cúmulo de información de los capítulos anteriores me permitieron pasarle una caja de kleenex a alguien que se jactaba de no llorar. Hay algunos capítulos que, al finalizarlos, me dejan cansada y un poco nerviosa, con estrés encajado entre los hombros. Otros, me dejan nada más que una sonrisa de satisfacción. La mayoría, una mezcla de ambas.

Cada novela podría ser una película, con un guión plagado de emociones, incertidumbres, golpes y triunfos. Como cualquier otra vida. Pero estas historias no son mías para contarlas. Mi voto de confidencialidad no me lo permite, así que me asombro en silencio de la naturaleza humana. Esa es una de las razones por las que me gusta la psicología clínica. Cada expediente que abro, hojeo y al que le agrego páginas, es una historia que estoy ayudando a escribir, una historia de la que tengo el honor de ser responsable, hasta que se cierra el caso.

A veces uno se encuentra con alguien y, por costumbre o lo que sea, hace un comentario. El clima, la novia, el trabajo... o algo así como un chiste de apertura. esto ayuda a que la conversación sea amena y la otra persona se sienta en confianza. Pero, ¿qué tal que ese pequeño comentario toque las más intimas fibras de la otra persona por A o B motivo? Imaginen  que van por la calle y se encuentran con algún amigo quien anda con cara llena de cansancio. Ustedes le preguntan '¿Quien murió?', sin saber que hace un par de días ha enterrado a su padre. O, después de mucho tiempo, nos encontramos con alguna amiga y de inmediato le comentamos lo delgada que esta, ignorando alguna enfermedad.
Pues bien, esto se debe a la ignorancia y fue esta misma la que ocasionó el comentario más 'hecho leña' de mi vida. Todo sucedió así:
Al encontrarme con un amigo en la U me contó de inmediato que la ha comprado una memoria USB a su novia. "¡Ah! ¿Para que no te olvide?", contesté sin pensar, como siempre.  Al instante mi amigo, entendiendo el juego de palabras, comienza a reírse y a llorar al mismo tiempo. Ignoraba yo que hacía unas horas ella lo había cortado... De cualquier forma me dijo que a pesar de lo cruel, mi comentario había sido 'el más hecho mierda' y 'matado de la risa' que le habían hecho en su vida. Así que cuidado con la ignorancia, ¿ok?

La profesión más ingrata de todas las profesiones ingratas en el Tercer Mundo es ser motorista de un bus. Mantener el temple y el buen humor mientras se maneja entre el calor y la multitud de las tres de la tarde en un San Salvador con llovizna es una cosa utópica. En esto pienso cuando veo al motorista del bríoso corcel de a veinte centavos la subida gritar a diestra y siniestra mientras presiona el pito del timón sin parar. Eso y "relajalas, maje".


Suena la segunda sirena del día: una patrulla del 911 enciende sus luces y corren, pero saben que ya van tarde. Al menos eso dice la cara del agente que va de copiloto. De vuelta en el mundo del transporte público, dos bichas de la Nacional tachan a otra, acusada en ausencia, de irresponsable por haberse puesto una Vermagest. Como el ejercicio de hoy es no escuchar música para poder escuchar lo que la calle tiene para decirme, simplemente saco el libro que acabo de comprar y leo, leo y leo. Mientras lo hago, me entero que la irresponsable en cuestión es una promiscua, se ha dado a media facultad de Agronomía. Las universitarias se bajan en Metro y mi chambre se queda a medias. Más caras se suben al bus, caras grises y empapadas de tóxica lluvia tropical. Todos tienen cara de estoicismo.

Es que San Salvador es un infierno incluso cuando llueve.

Ya en la cola del banco, me concentro en mis relatos. Me asignan el número de cliente 175 de la misma manera que el gobierno me asignó el xxxxxxxx-x. La grabación llama al 145. Mientras mi mente escapa hacia los travestis de Cali -la trama del cuento-, llaman mi nombre y me agrada haber vuelto a los tiempos en que no siento pasar el tiempo al leer. Llego a la caja; saludo y pago. Los cajeros siempre se desconciertan cuando la niña con cara de desvelo les sonríe y les dice buenos días-tardes-noches, -inserte nombre del empleado aquí-. Ni hablar de su cara cuando les doy las gracias, es un hit.

Esta juventud que ya no sabe ser cortés, homb'.

Más buses, más gente, más kilometraje (me gusta vagar en buses. Se ven y se escuchan muchas cosas.) Llegar de nuevo a Metro y comprar el esmalte rojo más rojo del universo, junto al tinte menos rojo del universo. Comprar té, un chocolate para mi hermana y champú. Cajero que me ve reprobatoriamente y hace que deje los cigarros en la canasta.

Mñe.

Hambre.

Un par de empanadas que cuestan $1.10, una estafa con pies y platitos de colores. Me gusta el ruido, me gusta escribir con ruido ajeno, la próxima vez que venga al Mister Donut voy a traer la netbook, acá si me fluye, especialmente cuando los tres oficinistas de la mesa de junto se dan vuelta a verle el culo a otra oficinista, especialmente cuando uno de ellos se toca el pene por encima de la tela al hacerlo, especialmente cuando yo estoy ahí con mi croissant junior de pollo, mi libro, mi iPod sin wifi y mis empanadas carísimas viéndolo todo. Sí, cuando vuelva a necesitar salir de casa para escribir algo, voy a venir al Míster Donut a la hora que los oficinistas salen de trabajar.

Este es un blog colectivo. Seguramente, si no lee mi blog personal, no sabrá que yo soy una quejumbrosa de primera. O quizás sí lo sabe, pero no sabe qué tanto.

Entonces aquí hay una lista de cosas mías, muy mías que no pidió saber, pero en aras de que me expongo aquí como la que soy, porque de eso se trata esta semana empezaré:

1. Creo en pocas cosas pero creo en muchas. Algo así como el que mucho abarca poco aprieta. No creo que un solo dios que monopolice mis creencias, sino más bien, creo en un poco de todo y no dejo de creer. Creo que el ser humano es muy imperfecto para ser dueño y señor y que todo el universo es superior a él. Y también creo en las corazonadas, en las supersticiones, en el amor al prójimo y un poco en la astrología.

2. Soy esencialmente racional, pero estoy loca. Soy calculadora. Calculo costos y beneficios. Ajá, sí, pinche economista neoliberal, podrían decir. Aunque mis ideales están más bien a la izquierda. Por otro lado, hablo conmigo misma, en voz alta. Canto en momentos inoportunos y "no tengo filtro", me salto muchas convenciones sociales (eufemismo para decir que soy bien salida y digo y hago cosas que no son socialmente aceptables).

3. Soy ególatra, melómana megalómana y sin embargo pareciera que siempre tomo las peores decisiones para mi bienestar. ¿Qué decir? Nada.

4. Soy despistada pero detallista. Se me olvida el día que es. Las horas. Si pasa una mosca me distraigo. Pero en esa manera de distraerme encuentro cosas bien divertidas, aunque me haya perdido el hilo de una conversación. Y entonces me puedo reír. Ajá, y estoy platicando con usted y vi una cosa que me recordó otra que me recordó otra y me da risa. No es personal... es sólo que mi mente como dice U2, se mueve de manera misteriosa.

5. Me veo menor de lo que aparento y suelo aprovecharme de eso.

6. Soy nerd pero ay cómo me gusta la fiesta y el baile. Me divierto estudiando, leyendo poesía, gritando al hablar, haciendo el ridículo y bailando salsa.

7.  Soy dulce... mientras no me hagan enojar. Y hacerme enojar es tan variable, que a veces sólo se necesita el aleteo de una mariposa. Soy explosiva y suelo ser hiriente. Bastante.

8. Pienso que los colores  combinan con los olores. Sufro porque, en esta pobreza estudiantil, ya no tengo la gama de cremas y perfumes que tenía antes y siento que ando descombinada al vestirme con ciertos colores.

9. Mi familia es lo más importante en mi vida.

Hoy ya sabe demasiado de mí. Pondré algo para rastrear a cada uno de los que haya leído este post, encontrar algo sumamente vergonzoso y chanteajearlo.

Agony can kill
or
agony can sustain life

(Bukowski)

Escribo en cinco blogs. Y posiblemente escriba para un sitio más.

Comenzó todo con Alta Hora de la Noche. Fue el primero, vino en algún momento cuando yo iba a finalizar mi carrera universitaria. Inició como una cosa muy personal y acabó siendo una plataforma para alzar la voz sobre mi país. En algún momento dejó de serme agradable escribir un día sobre un candidato a alcalde que hacía desfiles de circo y al siguiente sobre mis rollos de existencia. Ahí tuvo que desprenderse de mi esa parte y nació Un Tal Self, para hablar solo de mi y de mi mundo más privado. Antes había surgido la dea de escribir desde la psicología, sobre la realidad del país y así nació Psicoloquio, un esfuerzo conjunto con Ligia (quien además postea más que yo allá) y que sigo soñando con hacerlo crecer hasta que se vuelva no solo nuestro. Luego vino Campo Pagado y el reto de hacer algo semana a semana, y de intentar hacer algo diferente a los otros blogs, de intentar poner el acento en lo literario antes que en la opinión o en la vivencia. Y luego llega Hunnapuh y me invita a colaborar cuando pueda, cosa que me halaga y me angustia un poco por lo que representa dicho blog y su repercusión. Así son mis cinco caras bloggeras.

Hace poco me preguntaba alguien porqué escribía en un blog, qué era lo que me mantenía allí. Y le dije que escribir en el blog en algún momento me salvó de la locura, de la muerte. Virginia dijo una vez algo así como que uno escribe para no morir. Mis pequeñas agonías de cuatro años atrás, que hoy puedo ver cuando quiera me recuerdan pequeños momentos de mi vida en que me debatía por dejar todo o seguir luchando. Escribir en ese momento me puso las cosas claras. Yo soy alguien que ordena mejor su pensamiento expresándolo y así lo he venido haciendo. Recibir retroalimentación lo hace más completo, aún cuando no sea siempre correctamente interpretado, aún si recibo una puteada y no un halago.

Cada semana trato de atenderlos todos estos pedazos de mi que voy dejando de manera pública, como si fuera repartiendo pequeños avisos casa por casa. En todos queda un poquito de mi, principalmente porque todos se alimentan de mis pequeñas agonías: mi vida, mi país, mi vocación, mi gusto por las letras, mi compromiso por darle un sentido a la capacidad de poner todo en palabras y líneas.

Con todo y que me guste hacer esto, no es fácil. Es una ingrata labor tener que plantarme vez a vez frente a un cuadro en blanco para poner todo en orden, para hallar la frase exacta, el título correcto, la referencia adecuada o la imagen que encaje. Sin embargo esa pequeña agonía mantiene vivo a una parte de mí que me hace distinto a mucha gente. Una parte de mi que a veces es lo más auténtico que tengo. Y si usted viene y me dice algo al respecto, es como ponerle un par de semillas de tamarindo en la jalea a la minuta.


P.D. Esta semana nos pedían: "Escribamos un post normal, de los que aparecerían en sus blogs. Así no sufren." En alguna parte podía aparecer esto. Digo yo.

No recuerdo en qué grado vi la película, sé que fue para una clase de filosofía. Esa película fue una ruptura en mi vida, por más razones de las que me atrevería a enumerar aquí. Pero como dice Chuck Palahniuk, el autor: antes de la película, hubo un libro*:


"Sólo fue una historia corta. Fue sólo un experimento para matar una tarde lenta en el trabajo. En lugar de llevar a un persona de escena a escena en una historia, debía haber una forma de sólo- cortar, cortar, cortar. Saltar. De escena a escena. Sin perder al lector. De mostrar cada aspecto de una historia pero sólo el núcleo de cada momento. Un momento esencial. Luego otro momento esencial. Luego, otro".
Personas que no han visto la película ni leído el libro conocen al menos las dos primeras reglas del Club de la Pelea. Y lo que tiene Palahniuk en sus libros, aparte de hilarante, perturbador y cínico, es que es sumamente certero para hacer frases que te golpean, frases que querés sacar del libro y mandar a enmarcar para ponerlas en la sala de tu casa. Lo que tiene, es que te habla de situaciones curiosas, como tener grasa humana en la refrigeradora, sentarse en la Mano de la Perfección por un segundo, como hacer napalm, parar una quemadura química con saliva, y cómo los primeros jabones están hechos a base de héroes.

Mi primera copia de Fight Club fue robada. Se la presté a quien(es) actualmente funge(n) como Tyler y el Narrador en las páginas de mi marginal vida como Marla, sin que yo atine adónde termina uno y comienza el otro. Le(s) sacaron el libro del bolsón, dentro de su propia casa; me encabronó, pero no tanto. En un país con tanto desdén hacia las letras, qué lujo que alguien aprecie tanto un libro como para robarlo. Espero que de verdad lo aprecie. Bueno, decía, mi primera copia estaba subrayada, que es lo que me hubiera servido aquí.

Pero inexistentes muestras del libro aparte, lo leo porque soy el Narrador en proceso de auto-destrucción. A veces soy una Marla, a veces un Tyler Durden en ciernes. Por lo general, soy el corazón roto de Jack**, su encolerizado conducto biliar, y su inflamada sensación de rechazo. Nunca me han reventado la boca (excepto por la vez que me dieron un pelotazo y encima usaba frenos), pero entiendo. Entiendo muchas cosas. Eso de "no cuentas nada porque el club de la pelea sólo existe en las horas entre las que el club de la pelea comienza y el club de la pelea termina". Eso de conocer a Tyler Durden, de amarlo, de que él se apunte el arma hacia sí mismo, aprete el gatillo y seás vos quien se muere. Eso de alcanzar momentos sublimes en los que "nada se resuelve, pero nada importa". Eso de dejar papeles personales en la fotocopiadora y el escáner de la oficina. Eso de volver sobre mis pasos y preguntarme si yo hice eso.

"El Club de la Pelea no es sobre ganar o perder peleas...no es sobre verse bien. Hay gritos histéricos en lenguas como en la iglesia, y cuando te despiertas el domingo por la tarde te sientes salvo".
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* La portada es la edición que tengo; no he encontrado edición en español, pero honestamente, no la he buscado. El primer fragmento citado es del prólogo, escrito por el mismo Palahniuk; el segundo fragmento es de la historia.
** En el libro es Joe; "I am Joe's broken heart". Dejé Jack porque así lo dicta la cultura pop.

Tal vez usted ya la conozca sin conocerla. Tal vez hasta ya haya caído rendido ante sus exquisitos perfiles femeninos. Tal vez admire a una de sus heroínas sin saberlo. Es mi querida Jane, y su Lizzy Bennett, las hermanas Elinor y Marianne Dashwood, la melancólica Anne Elliot y la engreída Emma Woodhouse. 

Cada vez que me preguntan por qué me gustan tanto las novelas de Jane Austen me quedo en blanco. Sé por qué me gustan, pero no lo sé explicar. Si es por el romance o por el inglés de finales del siglo XVIII (Oh, how delightful dear!), aún no me logro decidir.

Creo que la obsesión se reduce a los personajes y las relaciones entre ellos: los amas o los desprecias, pero sus historias te mueven y, a menos que seas el Grinch y estés en un régimen estricto para evitar que el corazón te crezca, te tocan una fibra.

De todas las obras, permítame recomendarle 3: 

En Orgullo y Prejuicio, sigue entre líneas el debate interno de Mr. Darcy por admitir a sí mismo que está enamorado de alguien que no es de su consecuencia en la vida y su intempestuosa declaración de amor da un sobresalto al lector: "In vain have I struggled, it will not do, my feelings will not be repressed. You must allow me to tell you how ardently I admire and love you".

En Sensatez y Sentimiento, tal vez se identifique con la reservada Miss Dashwood que tiene que guardar la confidencia que le hace "la otra" acerca de su compromiso secreto con el hombre de quien ella está enamorada; sin poder compartir con nadie más su desdicha. O con la enamoradiza Marianne, que descubre que el hombre que ama prefiere casarse con otra por su dote, a pesar de corresponder su afecto.

En Persuasión, ansías el reencuentro de Anne y el Capitán Wentworth, separados 8 años atrás por un mal consejo acerca de la desventaja de la relación, y dudas hasta las últimas páginas si el Capitán podrá dejar a un lado su ego herido y tratará de ir tras Anne ahora que ambos están en una mejor posición para estar juntos. Y si Anne será capaz de ser firme y defender su amor.

Esto es lo que leo, cuando ando en modo ladylike on.

PD. Si los títulos le suenan, probablemente ha visto las películas o mini series de televisión. Algunas versiones son muy apegadas a la literatura, como la mini serie de 5 horas que la BBC hizo para "Orgullo y Prejuicio", y la oscarizada "Sensatez y Sentimiento" de Ang Lee y Emma Thompson. Incluso Gwyneth Paltrow es rescatable como "Emma". Pero, hágase un favor: jamás diga que conoce a Jane Austen si lo único que ha visto es la versión de O&P con Keira Knightley.

Por lo general, cuando hablo con alguien sobre libros, recomiendo este. Es  un libro de estilo sencillo, tranquilo, como una platica. Me gusta porque me ayudó a entenderme y, en buena medida, entender a otros.
Como decía en mi entrada de la semana pasada, yo no sabía cómo conectarme con mi lado creativo. Fue hasta que me regalaron este libro que supe como hacerlo o, al menos, intentarlo.
Entendí que el oficio de escribir es de los más solitarios del mundo, que los demonios no lo dejan tranquilo a uno hasta que sacamos parte de ese universo de nuestro interior. Pero principalmente entendí que hay una parte dentro de nosotros que es incontrolable, como una fuerza de la naturaleza: nuestra imaginación, la loca de la casa.
Por eso les recomiendo que lean este libro de Rosa Montero.


Maldito seas, Andrés Caicedo.


No hay nada más íntimo que recomendar un libro. Yo podré hablar de lo que creo, lo que pienso, lo que ansío y lo que necesito, pero nunca de lo que leo, es demasiado intrusivo, es demasiado personal. Esto es porque los libros son los únicos objetos materiales a los que vale la pena darles valor sentimental, de ese tan enfermizo que te hace sentir culpable de tener que leer e-books y privarte del olor a libro usado o del placer de quitarle el plástico a un libro vírgen. Es difícil de explicar.

Peor cuando lo que vas a recomendar significa tanto.

A los dieciséis años todo es nuevo: los afectos, los sabores, los minutos y los recuerdos. Nuevas eran también mis clases de inglés y mis intrépidas escapadas a Simán a conseguir libros, lejanos tiempos donde se formaron las filias que hoy siguen sin soltarme. Un sábado en la tarde, me senté en una banca junto a un chero de un curso superior, esperando que dejase de llover. Yo hojeaba una Rolling Stone y él un libro casi a punto de desbaratarse. Como leer mientras llueve es de las cosas que más me gustan en la vida, ni cuenta me di cuando el tipo se fue, pero sí me di cuenta que olvidó su libro en la banca. En la portada había un tipo con cara de hippie nerdo, que tenía la sonrisa más chueca que yo había visto hasta el momento. Como no iba a perseguir al fulano bajo la lluvia, siendo yo una adolescente con culto al rock clásico y a los libros viejos, me quedé a esperar que bajase la tormenta leyendo ese libro más viejo que nuevo y que habría de cambiarme la vida. Con miedo de destrozar el libro, lo abrí y lo primero que leí fue:

Bienventurados los imbéciles, porque de ellos es el Reino de la Tierra

Infección, que inaugura Calicalabozo, sigue siendo el mejor relato que he leído en mi vida: es redondo y es asqueante, pero es perfecto. Mi idea de la narrativa hasta entonces era Cien años de soledad, Un marido ideal y Dublineses. Y sí, siguieron gustándome, pero ni Wilde ni Joyce ni Gabo tuvieron jamás la infinita desesperación por arrancarse la carne que tenía Andrés. Escribía para liberarse, que es la manera más respetable de escribir. Le asqueaba su ciudad, su gente, su estrato social y su mismo ser, sin embargo no podía vivir lejos de ninguna de esas cosas. Andrés, que consideraba que vivir más allá de los 25 era una estupidez, se mató con sesenta pastillas de secobarbital. Tenía, ajá, 25 años. Amaba el cine, el rock y los libros descarados. En sus últimos días no podía tolerar la vida sin marihuana o diazepam, pero aún así tuvo la lucidez de escribir Que viva la música, novela que no es comparable con nada de lo que se escribía ahí, en el pleno epicentro del Boom para entonces. Mientras Vargas Llosa y Gabo hablaban de pueblos fantásticos de mariposas amarillas, Andrés hablaba del hedor de Cali.

La manera de escribir de Andrés es demasiado redonda como para quedármelo para mí sola. Leer Calicalabozo, que es una colección de quince relatos, es leer vida, una apremiante, calurosa e imperfecta vida cuya intensidad te escupe en la cara y te impide dejar de leer. No lo encontré en .pdf en ningún lado y mi ejemplar murió en una de mis tantas mudanzas, pero pueden darle una ojeada -y una hojeada, si quieren- en Google Books. Lo venden en la Librería de la UES ... y en las ESSO. Triste. Cito algo de Infección, que lastimosamente no está completo en ningún lado online:

...Una fiesta con la mamá de la dueña de la casa, que admira el baile de su hijita, pero la muy estúpida no sabe, no se imagina siquiera lo que hace su distinguida hija cuando está sola con un muchacho, y le gusta de veras. Una fiesta donde los más hipócritas creen estar con Dios, maldita sea, y lo que están es defecándose por poder amacizar a la novia de su amigo... piensan en Dios y se defecan con toda calma mientras piensan en poder quitársela.

Wordle: Libros
Dele clic

He leído poco, pero he leído mucho. Soy mujer de re-leer libros. ¿Qué títulos reconoce? Son mis favoritos o bien históricos porque no pensaba leer (un caso), que me duelen, que me gustan, que releo. Otros son clásicos, otros nomás porque todos los leen.

(La aplicación quita preposiciones y artículos, así que también tiene que usar un poco su imaginación)

:)

Hace poco tuve que deshacerme de mi librera. Una de esas libreras gringas hechas de madera de mentira (porque es en realidad aserrin compactado con algún pegamento fuerte y al que se le da forma de tablas y se le recubre con melamina), pero que sirvió durante algún tiempo, pero que no está hecha para durar con estas humedades y casas con goteras.

Así que tocó poner todos los libros en mi cama (cosa que me dio cierto orgullo al ver que todas esas columnas de libros que cubrían mi cama ya habían sido leídos por este ser humano) y además, tocó buscar lugar para todos los libros y ordenarlos de modo que fuera improbable que alguna pila de ellos se cayera por sí sola en algún momento de la madrugada, evitándole el trabajo a mi imaginación de hacerse a la idea de que convivía con el fantasma de la librera podrida o algo por el estilo.

Ordenar libros es un asunto particular, porque uno puede elegir algun modo pre establecido (de pequeño a grande, de grande a pequeño, por temáticas, por títulos, por autores, a la vale verga, etc.) Yo los ordené de grande a pequeño, pero hay una serie de libros que dejé encima pese a su tamaño. Hay tres de ellos que están en mi mesa de noche, al alcance de mi mano. Uno de ellos es éste libro de Frankl, un libro que narra su experiencia como psicólogo prisionero en un campo de concentración durante la segunda guerra mundial. No es un libro de psicología, pero encierra grandes temas que aborda esa ciencia en la que estoy titulado. No es solo un libro testimonial. En todo caso es un testimonio humano que trasciende los hechos y pone en relieve cuestiones grandes como el sentido de la vida, del sufrimiento, de la bondad y la maldad humanas.

¿Porqué ocupa un lugar en mi mesa de noche? Porque hay ocasiones que necesito recordar frases de mi ideario personal a las que se les desvanecen las palabras por las circunstancias que se atraviesan. Yo leo este libro cada tanto, así como vuelvo a Whitman o a Cuentos de Cipotes. Pero me quedo con éste porque anoche lo he leído una vez más, para recordar algo que dice sobre el sufrimiento.

Victor

Cómo tomar una decisión es una decisión en sí misma.
Se decide si hacer o no una lista de pros y de contras.
Se decide si consultar a un amigo o no, y si la respuesta es sí, a quién de todos pedirle consejo.
Se decide si es el mejor momento para tomar esa decisión o no.
Se decide si se espera, y si se espera, hasta cuándo es prudente seguir postergándolo.
Los analíticos deciden si seguir la razón; los perspicaces, si los instintos; y los románticos, si el corazón.
Hasta para actuar como uno u otro se tiene que decidir.

A veces incluso se decide no pensar para decidir.
O se decide ser indeciso. O no. O tal vez sí. O quizás no.

Es cuestión de tomar una decisión a la vez. Que de un sí o un no dependen muchos futuros "si sí" y "si no", y no se puede andar por la vida con trastorno decisivo compulsivo.
O tal vez sí. O quizás no.

Por el momento decido darle "Publicar entrada".

Sí. Bien Raquel, superaste una decisión más.

Un viernes uno se encuentra con algo roto en la calle
uno decide recogerlo porque es hermoso
hermoso como una ruina
uno se lo lleva a casa
y ya en la casa cuando es tarde
se deshace en la mano
se vuelve negro
y uno sabe que
se ha roto el cielo.

A diferencia de muchas personas que desde muy pequeños saben lo que quieren hacer de  sus vidas, yo llegué a mi último año de bachillerato sin saber qué iba a ser de mi. Quería estudiar una carrera universitaria, eso era seguro, pero cuál. Mi primera opción era Diseño Gráfico. No sabía mucho de ello pero me llamaba mucho la atención. Sin embargo, para ese entonces no sabía muy bien como conectarme con mi lado creativo y eso me hacía sentir muy inseguro. Por la misma razón descarté Letras: hasta ese momento no había escrito jamás un cuento o algo.
Otra área que me llamaba fuertemente la atención era la de Ingeniería. Durante el bachillerato, y quizás desde antes, a uno lo orientan por esos lados. Además mi hermano estudiaba Ingeniería Industrial. 
Por aquella época la Ingeniería en Sistemas era el 'boom', por lo que me decidí por ella. Un error grande siendo mi único criterio de decisión el hecho de 'que no me llevaba tan mal con las computadoras'. Hice, para fundamentar mi decisión, un examen vocacional. Obvio, me recomendaron que estudiara Sistemas: yo ignoraba que las recomendaciones se basaban principalmente en la oferta académica de la Universidad que realizaba la prueba.
Luego venía otro problema: ¿en qué Universidad iba a estudiar? Sin conocer yo mucho de ella, un amigo me comentó que había comenzado el proceso de admisión de la UES. Me gustó, y sin buscar otras opciones, me decidí a entrar.
Fue así como, ya en el 2003 comencé mi carrera Universitaria, ignorando que unos nueve meses después estaría realizando los trámites para cambiarme a Ingeniería Industrial, pues no me sentía en mi charco.
Ahora, en el tramo final de mi carrera, me siento satisfecho. Sin embargo, recuerdo esas opciones que se presentaron ante mi en mí último año de bachillerato y veo que los obstáculos que sentía en aquel entonces han desaparecido, y les sumo además Periodismo.
Tengo casi 25 años y ciertas noches me preguntó sí habré tomado la decisión correcta, sí hubiera sido bueno dejar a un lado mis temores...
Dicen que no es bueno lamentarse por la leche derramada, así que estoy contento con lo hecho hasta ahora pero sé que no le haré mala cara a cualquier cambio de rumbo, a cualquier oportunidad.



Todos los días a todas horas tomamos decisiones. Desde el momento que se levanto esta mañana de su cama hasta el momento en el que empezó a leer este blog, tomo decisiones, si bien, no todas conscientes. Pero su ropa, su perfume, peinado y accesorios que lleva (o no lleva) puestos son parte de esas decisiones.

De allí que puede decirse que la mayoría de las decisiones que tomamos en la vida son intranscendentes, son las de rutina. Tortilla o pan, horchata o tamarindo, zapatos negros o cafés.

Pero, hay otras decisiones que representan verdaderas bifurcaciones en el camino de la vida. Cualquier cosa que seleccionemos en ese tipo de decisiones, nos llevara a lugares desconocidos para nuestra alma, mente y pensamientos. Ejemplo de ese tipo son las que tienen que ver a que vamos a dedicarnos, que queremos estudiar, con quien vamos a casarnos o acostarnos, entre otras.

Sin embargo, en este campo parece que algunos son reticentes a seleccionar de una manera clara y contundente. Tienden a dejar pasar el tiempo, esperando quizás que algo les ilumine la mente o el corazón y les indique que hacer. Son personas indecisas. Otras, importunan a otros con insistencia preguntando que harían en su caso, escuchan y toman una decisión inseguras si eso es lo que ellas mismas hubieran decidido o siguen alargando las cosas, preguntando a otro u otra más que harían en su caso.

Cada quien lleva la vida como puede o como quiere, y no pretende ser este post nada que se parezca a Cesar Gúzman o Coehlo. Nada mas pienso que la indecisión no es algo bueno, porque nos hace perder un recurso que si bien imaginamos infinito siempre es escaso, el tiempo. Darle largas a un asunto hace que perdamos el tiempo y se lo hagamos perder a otros, quizás personas a quienes estimemos.

Quien no toma una decisión por miedo a equivocarse o inseguridad si esta haciendo lo mejor, olvida que el siguiente paso después de decidirse es no volver atrás, ni ver para abajo. O sea, no ser la mujer de Lot ni Pedro.

Quien toma una decisión debe estar dispuesto a afrontar las consecuencias positivas o negativas de su acción. Siempre las hay. Algunas veces, las mas, serán positivas, si uno de verdad, se toma el tiempo, no a dejarlo pasar, sino a considerar las opciones con claridad. El consejo de otros siempre es útil, pero no determinantes ni concluyentes para considerar esas opciones. Y a veces, las consecuencias serán negativas o dolorosas. Y claro, habrá tiempo para llorar, condolerse, tener un tiempo de duelo después de un resultado malo, pero también siempre habrá tiempo para levantarse y seguir.

Cuando se toma una decisión mala y se experimentan consecuencias no deseadas, siempre habrá el tiempo para tomar otras decisiones, que corrijan el rumbo y minimicen los resultados malos.

Así que no vacile. Tómese el tiempo para hacer la lista famosa de los “pro y los contras”, háblelo con sus íntimos y allegados y teniendo todo eso conjuntado, tome una decisión y póngase a trabajar lo más duro que pueda para que esa opción tenga éxito olvidando las opciones que antes considero. Si las cosas salen como ud. quería será feliz y habrá ganado inmensas dosis de seguridad y auto-estima. Siempre es bueno quererse uno mismo.

Encima de la refri está la solución a mi futuro incierto. La tengo encerrada en un bote blanco, para que no se le ocurra huír. Está fuera del alcance de los niños, los gatos, los pericos australianos y generalmente también de mí, pero está ahí, viéndome, esperándome. Sabe que algún día sucumbiré.


Es que no tengo temple.

Llegó a mi vida en una tarde de esas en que hasta los colibríes parecen volar en slow motion. Manuel me la trajo y me dijo que de algo serviría, que la guardara para los tiempos álgidos que seguramente vendrían. Ah, Manuel, no volvió a ser el mismo desde que un botellazo furtivo le trastornó los sentidos y le aventó a la calle, donde recoge botellas y se hace acompañar de un bote de Frutsi. Lo recuerdo entrar al parque, venía cabizbajo: acababa de aplazar un examen definitorio y ni las hierbas lo hicieron sentir mejor. Metió la mano en su morral, buscó entre su recetario portátil y cuando encontró lo que buscaba, sonrió. Tomó mi mano. Puso el bote y me dijo que no lo abriese hasta que no estuviese convencida que no queda recurso qué quemar. Habló de incertidumbres, dudas, resoluciones y tiempos aciagos, hasta que se fue corriendo detrás de una ardilla escuálida. Luego vendrían el botellazo y las incertidumbres y las dudas y las resoluciones.

Los tiempos aciagos aún no vienen, pero vendrán. Igual, yo tengo mi bote salvador sobre la refri. Lo bueno es que no se le han metido las hormigas.

He decidido no borrar esta entrada. Sería la séptima vez que lo hago esta noche.
En este momento y en otra parte alguien sueña; mientras, yo he decidido escuchar la lluvia, esperar a que llegue la madrugada, callar toda música y aguardar a ver si esta noche aparecen mis pequeños sonidos. Pero mis sonidos no llegan, asi que relleno el silencio con estas palabras y las encuentro cada vez más inútiles.

No se me ocurre otra cosa más honrosa que cesar este mal esfuerzo. Lo mejor será guardar silencio lo que queda de esta noche y esperar que a lo mejor usted entienda que no supe armar mis manos con mejores palabras. Que he decidido dejarle en compañía de mi amigo, mi silencio, que es también suyo.

Victor

Saludos desde la burbuja. Aquí hay una guitarra permanentemente afinada y tres Nintendos polvosos; un atrapasueños con un botón que dice "not wise to privatize", y un Spiderman que tiene un Dr. Octopus en el ojo, que por más que se lo soplo no se le va; y una pared de madera con calcomanias noventeras que incluyen marcas reconocidas, estaciones de radio, tarjetas del álbum de Los Picapiedra, hielocos, Como Toi, Salvanatura, El Imposible y "Entrémole, la victoria es de la gente".

La memoria histórica se guarda en tres cajas sagradas, que cuelgan de la cúpula de la burbuja: la de las caricaturas desde 1996; la de correspondencia, desde tarjetas de cumpleaños hasta postales de Etiopía; y la de documentación académica desde prepa hasta la licenciatura (con esperanza de que se expanda en los años venideros). Luego están los CDs y libros y memorabilia de fan con arranques psicóticos, más las colecciones fallidas de muñequitos Lego y globos de esos que traen agua adentro, se sacuden y se ve bien bonito.

Mi asiento predilecto, por ser el único, es un chocolate Snickers a medio derretir, con la sonrisa irónica de Tyler Durden colgando encima. Arriba del amargado Narrador, los Beatles cruzan Abbey Road. Al lado del señor Durden está John Lennon recitando "Imagine" y Steven Tyler fuma un cigarro, con una cuchilla de afeitar como collar. Fuera de mi ventana, suena la radionovela que son mis vecinos; por la ventana sólo veo verde y hay un cementerio clandestino. Y la burbuja no se revienta.

Escribo desde esta habitación que es a veces azul, a veces verde, a veces oscura (cuando duermo). Me gusta la luz que entra por la ventana y el color que traen las horas. Acá tengo una librera, un escritorio, y hasta un pupitre que no lo ocupo para lo que fue hecho.

La mayoría de las veces está ordenado o eso creo, a veces hay un desorden que me parece hermoso. Hay catástrofes que se ven hermosas, como la de los libros que están a punto de caerse, a penas se sostiene Madame Bovary, o Sabato en el escritor y sus fantasmas.

Tengo, además, la belleza de los objetos que me recuerdan instantes, los cuadernos, la música en discos, esas cosas que se coleccionan. Arriba el cielo falso blanco, abajo el piso gris y cerrar la puerta.



Entré a la habitación y en lo más profundo pude encontrar a Gero. Estaba escribiendo en un libro negro con un café en su mano, sentado frente a un escritorio. Desde la entrada pude divisar algunas cosas distribuidas en la habitación: una mesa, una cama que parecía no haber sido usada en mucho tiempo, una librera y y una mesa con un par de bonsáis. Me acerqué a Gero y pude ver su cara con media barba. A su lado estaba otra cama que también parecía no haber sido ocupada en mucho tiempo y, en una especie de repisa, un rimero de libros. 
Con su mirada parecía estar pidiéndome ayuda: me dio la impresión que había olvidado como comunicarse con otros seres, no necesariamente vivos.
Me acerqué y le dije mi nombre. De inmediato sus ojos se abrieron de par en par. Me preguntó que qué estaba yo haciendo allí. Le dije que estaba soñando y que el azar me había llevado. Le pregunté lo mismo. Su respuesta me provocó la mayor lastima que he podido sentir en mi vida por otro ser: estoy escribiendo la historia. Sentí tanta tristeza en su respuesta que mi vi obligado a sugerirle que se fuera, que fuera feliz en alguna parte. Me dijo que no podía, que en el instante en que dejara de escribir todo acabaría. No le creí. Le dije que me parecía un pretexto barato, una excusa para encubrir su miedo.
Por primera vez sus ojos no mostraron emoción alguna. Con la mano me hizo señas para que me acercara al libro negro y leyera lo que acababa de escribir. Al hacerlo tuve la seguridad de que no estaba en un sueño.
En aquel libro e páginas amarillentas pude leer: 'Entré a la habitación y en lo más profundo pude encontrar a Gero. Estaba escribiendo en un libro negro con un café en su mano...

No he podido averiguar a ciencia cierta de donde y como salió la idea que al lugar donde se disponían los desechos fisiológicos se le llamaba "el 100". Y es chistoso porque he visto a personas mayores decir que alguien "fue al 100" cuando esa persona se fue al inodoro o baño.

De la misma manera, no se porque al lugar donde se escribe se la llama "el 20". Lo que sé, es que, para un escritor, el lugar donde es escribe es importante. Algunos escritores hasta han desarrollado ritos bien especiales antes de escribir. Algunos lo único que necesitan es un lugar privado o solo. Soy de esos, aunque no soy escritor profesional.

Habiendo crecido en un hogar con muchos hermanos, siempre dispuse poco espacio solo para mi. Hubo un tiempo lejanísimo cuando tuve mi propio cuarto hasta que llegaron los demás. Así es bien difícil trabajar, estudiar o escribir. Lo único que puedo hacer es leer, porque me meto en el libro sin importar el ambiente, voces, ruidos, luces que me rodean. Allí es donde "el 100" me sirvió mucho. Me metía al baño de mi casa, y me ponía a leer. Lo único malo es que de vez en cuando, siempre llegaban mis hermanos con algunas urgencias y después de ellos usarlo, no podía volver después de pasado algún tiempo, ustedes saben: el olor...

Pensé que al casarme, seria difícil tener un espacio también solo para mí. Hasta que me adueñe de un cuarto de mi casa y la llame: "mi oficina".



Ese es mi santuario, mi lugar especial. Allí están mis 2 libreras llenas de libros, que puedo hoy lucir, porque de soltero, mis libros solo habitaban en cajas o espacios robados. Allí están mis calendarios, mis termómetros, mis lapiceras para "solo plumones", "solo lapiceros" y "solo lápices". Allí están todos los chunchecitos que se compran en "Office Depot", lugar del que me tienen que sacar de arrastras justo como cuando voy a "La Ceiba" o la "La Casita". Me encanta comprar clips, depósitos, tarjeteros y demás. En mi oficina también esta mi archivero, ordenado por carpetas, mi impresora-escáner, mi colección de vasos y carros de escala 1:32. Televisor, ventilador y radio complementan mi espacio. Allí soy feliz. Allí puedo leer, estudiar, escribir y mirar al vacio mientras pienso o reflexiono. Allí suelo orar también en quietud.

Me gusta pensar que tiendo a ser una persona solitaria, por lo que estar en mi oficina es como estar “solo conmigo”. Lástima que el tiempo sea tan corto y los deberes familiares tan importantes, porque yo me despegaría del mi oficina solo para comer y dormir. Al cabo que mi 20 esta pegado al 100.

Creo que todos debemos tener un espacio, o sino un tiempo en solitario, para pensar y meditar. Quizás cuando los demás duermen o están en otro lugar. Hacerlo es algo que refresca el alma, algo como "darle agua" y eso es bueno, para uno y para los que viven con uno.

Yo escribo desde el ruido. No existe mejor manera de decirlo. Es el precio a pagar por vivir en el seno del proletariado. Escribo desde el ruido y el calor. No existe mejor manera de escribir.

En serio.



Aquí, en los 2.25 x 3 mts2 de mi soberanía, se divisan diferentes accidentes geográficos. Al ingresar al territorio: una planicie acolchonada que en este preciso momento me invita a dormir, aunque mis ojos traten de resistirse a la tentación. Si mi cabeza se posara sobre las montañas mullidas de sus almohadas, tal vez no saldría tan bien librada.

Al lado, una mesa plegable -que últimamente nunca pasa plegada-, sobre la cual se eleva un peñasco que desafía la ley de la gravedad al apilarse ahí objetos de distintas formas, tamaños y pesos uno sobre el otro. En el otro extremo, una pequeña silla le hace la competencia para ver cuál de las dos acumula más chunches, pero pierde la batalla por unos cuantos centímetros.

Opuesto a la cama, un tocador bajito con su banco -heredado de no me acuerdo quien-, que sirve de valle adonde van a parar más y más chunches, cajitas y botecitos en su mayoría. La verdad es que no sé para qué está aquí, sino es para ponerle cosas encima o adentro de sus gavetas, porque tengo meses de estar peleada con el espejo y no fui a las clases de "Cómo ser señorita".

A la par, en la cima de un gavetero remodelado por mis propias manos de DIY wannabe, un televisor que anima con su bulla los pocos ratos que paso aquí: cuando ya me voy o cuando ya vengo. Al interior de las gavetas no queda terreno virgen: ¡está lleno de más chunches! (aunque relativamente organizados, si me permito decirlo).

No es un terreno vasto. No. Pero me basta y sobra con que sea solo para mí. Mi propiedad privada, aunque no tenga la escritura ni dejen de entrar y salir las otras inquilinas.

PD. No sé qué es más accidentado, si el desorden de mi cuarto o la redacción de esta entrada.

A la derecha un estante metálico. Abajo tiene una caja con varias peliculas que no he visto y mi papá compra de manera cuasi compulsiva o al menos irreflexiva cada vez que un vendedor de dvd's pirata se le acerca. A la par de la caja el case de mi computadora, el de antes, esperando una reparación que nunca llega. Arriba de ellos el scanner y la impresora. En el estante de arriba, diccionarios varios, libros de historia; arriba de eso la colección de National Geographic en español. Atrás hay un póster de Monseñor Romero en blanco y negro con la frase lapidaria de Ellacuría: "Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador".  A la par un viejo cuadro con un reconocimiento del Ateneo Salvadoreño a mi papá por un ensayo sobre Alberto Masferrer, no le dieron el primer lugar porque era muy subversivo el ensayo y diocuarde. A la derecha, siempre en la pared, dos cuadros que le regalaron a mi papá uno sobre otro; atrás de uno de ellos hay un reconocimiento a su colaboración en una actividad científica, una de tantas. Luego sigue la ventana que da a la bodega y a la que los ratones le carcomieron la tela contra los zancudos en la parte más baja. En esa pared está un escritorio que he tapado con una colcha vieja y que tiene bolsas con papeles, espuma para hacer cojines y otro cachivachero diverso. A la par una caja de plástico con tela que mi mamá dice ocupará alguna vez para hacer nueva ropa de cama.

Luego sigue la pared que tengo a mi espalda. Esta cubierta por otros tres estantes metálicos Todos tienen libros y folletos médicos, algunos de los '70 que no he botado porque tienen algún valor histórico, digo yo. Sobre los estantes cajas con cassettes de cosas religiosas de mi mamá, aparatos electrónicos que comprara alguna vez mi papá. Allí una vez hallé un pequeño folleto con un cuento o parábola que buscaba despertar la conciencia del lector sobre la explotación a los obreros y la necesidad de la acción guerrillera. Literatura pro-revolucionaria entre textos de anatomía.

En la siguiente pared, otro estante metálico gris, de dos metros de alto por uno de ancho. Arriba un aparato para hacer sopa de patas, o pedicure, que les gusta decirle. Abajo los álbumes de fotos de la familia. Abajo materiales diversos que mi mamá usa para hacer manualidades. En la esquina que forma ese estante con el de la pared previa, hay una maleta, otra caja con tela y ropa que se usa excepcionalmente. Luego un recipiente para la ropa de planchar, y otras dos cajas plásticas para ropa que también es susceptible de ser planchada. Casi siempre están vacías y la ropa queda afuera. Luego, siempre sobre esa pared, está el arreglo que hice para poder conectar otro foco y el polo a tierra.

Luego sigue la puerta y a la derecha, el revistero que he cubierto con una vieja cortina y que me sirve para poner libros y papeles que están en uso mientras alguien de la familia está en la computadora. Luego sigue el escritorio de la computadora. El monitor que tiene ya bastantes años y que nunca tuvo base propia y le he hecho una con viejas revistas de computación. Los parlantes que me costaron 50 dólares y que conservo desde que estaba en la universidad. El CPU que alberga dos discos duros de 320 GB, uno con 100 GB de música y el resto para películas y fotos, el otro con los sistemas operativos. Atrás, la pared de durapanel que separa este cuarto del comedor. Ahí atrás esta el mueble de la televisión, lo que obliga a que use audífonos con frecuencia. En esa pared cuelga un calendario de Monseñor Romero que compré en la entrada de la cripta de Catedral  y otro póster de Monseñor haciendo la consagración, en una misa en algún lugar pobre: esta bajo una ramada hecha de palmas de coco y atrás una señora sostiene una niña, un niño con camisa de adulto tiene los brazos cruzados mientras mira a Monseñor. Debía ser el acólito, supongo.

Este fue mi primer cuarto en esta casa a la que llegué ya de un año de nacido. Ahora casi nada de él me pertenece, casi nada en él me ha pertenecido. Aún lo que tengo en la computadora, mis recuerdos, mis poemas, están en un lugar que es en cierto modo, prestado. Lo único que me pertenece es cada memoria, como aquellas veces que acá armábamos la casita de colchones porque había balacera, o cuando hicimos un horno con una vela entre ladrillos, o aquella silueta de mujer semidesnuda que imaginaba mientras se cambiaba de ropa tras esa pared que milagrosamente no han carcomido los insectos. Todo eso (y otras cosas que de contarles me abstengo) caben en el polvo que circula en este espacio que requiere otra mano de pintura y una ventana donde entre algo de aire fresco, un poco de sol y no los sempiternos zancudos. Este es mi veinte.

Victor

P.D.: Se me escapaba. Frente a mí, arriba del monitor, un poco a la derecha, entre el calendario y el póster de Monseñor Romero cuelga un marco vacío, como esperando una imagen nueva para poner en la pared, para poner en la memoria, a la par de la casa de colchones que me protegía durante las balaceras.

Se sentaron alrededor de la mesa en sillas plásticas. Después de medio día de trabajo, era la oportunidad de soltar la jerga académica y relajar la lengua. Estaba la señora hilarante que hacía juego con la jovencita risueña, la dama de alta alcurnia que contrastaba con la de espíritu comunitario. Estaba quien había llegado tan lejos como la beca le permitía y quien necesitaba volver a las aulas a recordar que 2 + 2 no implica factor de suficiencia.

En la exposición dijeron que dos formas de fortalecer vínculos rápida y naturalmente era que las partes involucradas jugaran o comieran juntas. Y ahí estaban, como una decena de sombrereros locos tomando el té al final de la tarde. Iniciaron con las charlas de cajón, sobre lo bueno que estaba el menú y el tremendo calor que había estado haciendo. Pronto comenzaron a volar descontentos, que el mal funcionamiento de esta institución que no hace nada, y el desempeño que deja mucho que desear de ciertos colegas. Me encrispé aún más cuando mencionaron nombres. Guardé silencio.

Yo conocía los nombres. Tenía contraargumentos pero no tenía voz. Y noté que el combo de lo pequeño que es el mundo y la facilidad que tenemos-la-gente para juzgar erróneamente me había anulado el apetito.

A los bares se va a beber, pero yo voy porque te extraño y quiero saber si estás ahí, pido algo de comer para saber si vos fuiste quién lo preparó, no veo a ninguno de tus amigos, tal vez no estás. Odiás que la gente pida comida, casi nunca querés cocinar, aunque lo hagás bien. Pido un café y algo de comer, tiene que ser algo vegetariano porque vos sos vegetariano, esa es la forma de saber si estás ahí, se que vas a venir a servirme la comida, yo sonreiré porque será incomodo para vos, sonreiré porque me encantará verte ahí con el plato en la mano, mirándome a los ojos, yo diré gracias, vos me vas a decir algo y yo fingiré que sólo tengo hambre. ­

Este se nos acaba.Y comienzo a preocuparme...
En la tumba el sabor de un hombre es como el de cualquier otro, no importa qué tipo de hombre haya sido. A la gente le cuesta entender eso. Y vienen aquí llorando, suplicando, reclamando, esperando no se qué del muerto. Pero nada, el muerto, muerto está.
Pero decía, este se nos acaba y en toda la semana no han traído a alguno nuevo. Lo perro es tener que esperar... ¡Silencio! Traen uno nuevo, puedo escuchar los paso sobre la grama.Hora de comer.

*Para un comprensión completa de esta entrada visite la del amigo Victor el domingo pasado.




Creo yo que no hay placer más popular y disfrutable por gente de todo lugar, edad, color y cultura que el de comer junto a los que queremos, junto con quienes confiamos.

De hecho, este es el acto que denota que alguien es nuestro amigo, que alguien es objeto de nuestro aprecio y cariño, que nos citemos o juntemos para ir a comer con esa persona.

Grandes y largas historias de amor, excelentes y duraderas amistades, proyectos inmensos y millonarios se han forjado tras una comida, una cena.

En lo que a mí me respecta, mi pasatiempo favorito es salir a cenar. Ó cenar en casa, con los amigos o con la familia. En lo que tiene que ver con el menú, este puede ser simple o complicado. Desde unos sencillo macarrones con queso y ensalada o una sopita de frijoles con "huesoetunco”, hasta un asado con su chirmolcito, vino y postre con café.

Lo importante no es el con que, sino el con quien o quienes.

Atribuyo a cenar juntos la unidad y cercanía que siento con mis papás y hermanos. Mi papá siempre fue un hombre atareado en mil cosas y mi mamá que le echaba el hombro en todo también, pero siempre tuvo tiempo para que, sin tener tv encendido a la mano, nos sentaremos a la mesa, se escuchara una oración y se sirviera lo que hubiera, que en "tiempos de lipidia" (como nosotros los llamábamos) podían ser unos pipiancitos sudados o unos ejotes con huevos. Ese tiempo, esa pausa, nos ponía a hablar de una y mil cosas, todos hablábamos, todos reíamos y todos opinábamos.

Años después, con todos sus hijas e hijos casados (menos uno) en la casa de mis papas todavía hay un día a la semana para que hijos e hijas, nueras y yernos, sobrinos y nietos nos sentemos a la mesa, para escuchar una oración y compartir nuestra cena. Ese tiempo es muy especial para mí. No diré en exageración que somos perfectos, pero si una prohibición tácita hay en esa mesa, es la que amarguras, sarcasmos, acusaciones, burlas y reproches quedan fuera. En esa mesa, todos somos uno para todos y todos para uno. Claro que hay ocasiones en las cuales, cada quien tiene sus rollos, sus desdichas y tristezas, pero sirve aquel momento para distraerse, para recargar baterías, para terminar el postre, teniendo confianza y fe que las cosas mas difíciles pueden arreglarse.

Y ahora que casado, fuera de la casa de mis papás, viviendo en otra, solo dos personas, mi esposa y yo donde compartimos el espacio y el tiempo, el momento de la cena sigue siendo muy especial para mí. Y es curioso, dado que mi esposa viene de una casa con costumbres diferentes, de una familia que cenaba junta pero con la tv enfrente, que ocupaba la mesa del comedor solo para los días festivos. Pero para nuestra familia, ella y yo, la cena es el momento en el que nos sentamos y conversamos, de lo pasado y de lo futuro, de lo chistoso y de lo formal, de nuestros temores y de nuestros anhelos. Y eso es justo lo que pasa también, cuando invitamos a los amigos para que sentados a la mesa, compartamos el placer mas popular y disfrutable por gente de todo lugar, edad, color y cultura que es: el de comer junto a los que queremos, junto con quienes confiamos.

No me gusta este uniforme. No me gustan las mangas largas, no me gustan los horrendos tres centímetros bajo la rodilla. No me gustan las calcetas caladitas, no me gusta el fustán con almidón ni los zapatos de huérfana genérica ni las monjas ni la misa ni el incienso. Lo detesto, me da picazón sólo de pensarlo. Aire de falsa pompa y boato, aire de señoritas disciplinadas que pagan cifras infladas por abortar a sus bastardos cheles y de rasgos europeos. Aire falso. Odio este uniforme, odio este lugar. Sin embargo, si me preguntan, prefiero mil veces quedarme a comer con las monjas a ir a almorzar a mi casa.


Desde la entrada uno cree estar en la escenografía de La Tía Tula; yo podría jurar que hay una foto de nuestro comedor bajo la definición de anacrónico. A veces de verdad siento que de las sillas van a salir púas metálicas para atravesarme el pecho por haber comido chicle. A ese comedor nunca ha entrado reflejo alguno, dice mi mamá que a los crisantemos del florero les lastima la luz. Siempre que regreso la encuentro de pie, dándole instrucciones a la Pancha de dónde y cómo colocar nuestro último juego de cubiertos de plata -le gusta guardar las apariencias, incluso cuando manda a la pobre india al supermercado más lejano para que no la vean comprar cosas que no son importadas, como que a alguien le importa que comamos margarina Mirasol-. Pobre Pancha, la obligan a mantener los tenedores pulidos, teteras impolutas, servilletas tan blancas y suaves que uno siente que se limpia la cara con la nalga de un ángel. Mi madre de pie junto a la silla de cabecera, esperando a mi papá, si es que viene. Mientras tanto, el último boliqueso que me comí causa estragos en mi estómago. Muero de hambre y no lo puedo decir: es de mal gusto que las señoritas hagan públicos sus deseos de almorzar, así que sigo de pie, con el uniforme prehistórico, la gastritis alterada, el Cristo que me ve desde la repisa y las innegables ganas de salir corriendo.

Las sillas perfectas. El olor a la cocina. Las comidas familiares. Luego, las comidas sin familia.

Las comidas sin comida

¿Dónde pudiera meterte?. Debajo es un mundo. Debajo cabemos dos. Y un juego.

Te invito a comer. Te invito a cenar. Y te invito a sentarte. Tomá asiento y desayuná.

Yo digo que la hora de comer más jodida que uno puede experimentar no es ni la última comida que uno tendría antes de ser fusilado, o la última comida en que tu pareja te da veneno en los frijoles molidos con cebolla y yerbabuena. No; tampoco es la hora de la comida importante de trabajo en que todo el mundo te observa feo feo porque no hiciste caso cuando pequeño y hacés un ruido enorme al masticar los grandes pedazos dela pierna de pavo en salsa que te zampás sin mayor decoro y observancia de los buenos modales que te quisieron enseñar justo para cuando fueran estas ocasiones, ni tampoco será la hora en que vas a comer con esa compañera destinada en tus sueños húmedos y secos a ser la-mujer-de-tu-vida y demostrás tu torpeza derramando sobre su impoluto vestido la cocacola cuando te cuenta que anda con el tipo ese que vos desaparecerías del mapa, y mucho menos la comida en que te comentarán del último conocido que falleció del corazón mientras te embutís un jugoso pedazo de lomo de tunco. No, no será esa la hora de comer mas jodida, y no creás que va a ser cuando te toque recoger comida semipodrida de entre los basureros porque necesitás hartar aunque sea mierda para callar la tripa. La peor hora de comer es esta, cuando ves cómo el primer gusano satisfecho sale alegremente por la que solía ser tu oreja izquierda.

Me caés bien. Tanto, que me hubiera gustado que estuvieras disponible para acompañarme en mi viaje, compartir el desayuno incluido del hotel e irnos a perder a la ciudad, mientras se llegaba la hora de separarnos. Sí hicimos planes, pero sos como el resto: hicimos planes y los deshiciste a la primera oportunidad que tuviste. Y el tuyo es una copia carbón de un guión anterior: había otro nombre femenino de por medio.

Y a pesar de eso, me caés bien. Te conozco, algo, si no es que mucho. Tengo fotos de vos, en mi casa, en la iglesia, en el viaje. Vos no eras un extraño y tenías toda mi confianza. Por eso fue una sorpresa verte ponerme en la mesa de las apuestas, y aún más ver tu diversión mientras me perdías. Quizás te pareció que yo también lo encontraba divertido y que los años de ser "nosotros" disminuirían el dolor y la decepción. No. Y si no te queda claro, te lo repito: no. Pero eso me hizo conocerte mejor. Y todavía me caés bien. Pero ahora desconfío de vos y por eso te prefiero lejos.

Vos y yo, hasta aquí llegamos. Andate.

Si algo le genera temor a Agustina es salir a la calle, se tiene que cuidar de todo, de los transeúntes que pretenden invadir su espacio personal, de los transportistas que olvidan las señales de transito, de los delincuentes que fingen vender dulces en pleno soleado centro de San Salvador.

Todos los días Agustina se sube al bus y se tiene que cuidar de todos los que le llegan a pedir por no robar, la pobre Agustina desconfía de todos. Sin embargo, ella desconfía mucho más de la gente que se siente a salvo del desconcierto y el descontento que generan los días en un país como este.

Abro un ojo y vuelvo a cerrarlo. De pronto, al sentir el sol pegándome en la cara, salto de la cama. Son las seis y ya voy tarde. Mientras corro hacia el baño me  pregunto que qué habrá pasado con el tipo que religiosamente me despierta a las cinco y media con el ruido de su destartalado bus, ¿acaso tiene que hacer tanto ruido y despertar a medio edificio?
Llego al baño y, oh sorpresa, no tendré que bañarme con el agua fría del barril: el agua esta cayendo. Llegaré tarde al trabajo pero no con residuos de jabón en el cuello esta vez. Me baño. Corro a buscar mi ropa y misteriosamente la encuentro completa, planchada y doblada. Me la pongo sin pensar mucho en que por fin la señora que llega a lavar y planchar la ropa había entendido como hacerlo.
Corro como loco hasta el parqueo del edificio seguro que, como siempre, encontraría los vehículos de medio vecindario justo frente al mío... pero me equivoco, no hay ninguno y esto me comienza a parecer sospechoso. Introduzco la llave para encender el motor y lo hace sin problema, alimentando aún más mi curiosidad.
Salgo a la calle y me preparo psicológicamente para pelear con el tipo de la 44 que cada mañana me impide el paso, siempre el mismo en el mismo lugar. Llego pero no esta, de hecho, no hay nadie. Y todos los semáforos en verde.
Llego a mi lugar de trabajo y ni siquiera el vigilante ha llegado, tan temprano era.
Me siento en la entrada, aún con desconfianza por todo lo que me acaba de pasar. Le doy vueltas a la idea, pienso. Finalmente decido olvidar toda mi desconfianza y, por fin, me convenzo de que mi suerte estaba cambiando e, incluso, me permito pensar en ese tan ansiado ascenso. En eso veo a un niño vendiendo periódicos. Debido a mi felicidad le compró uno, pensando que como me había ido tan bien que... ¡mierda! La primera plana del periódico dice, en letras pequeñas, algo que nunca pasó por mi cabeza. Me voy a mi casa a seguir durmiendo, mañana lunes seré despertado por el ruido de un destartalado bus.

Me faltan cuarenta años para morirme. Va a pasar un jueves, mientras esté sentada debajo del palo de guayaba, leyendo El Diario de Hoy. Un jueves soleado de noviembre, en una de esas tardes donde el viento se lleva las nubes hacia el occidente, un jueves de noviembre a las cinco de la tarde. A lo mejor a las cinco y diez. Anotá, Adriana, yo sé lo que te estoy diciendo.


Para entonces seré una adulta mayor de sesenta y tres años, con los ovarios secos y la animosidad erguida. Tendré el cabello blanco, la cara llena de surcos y el corazón con cicatrices queloides. Tendré dos gatos. Tendré una pensión risible. Tendré certezas. Tendré vejez. Dejá de chillar, vos, si faltan cuarenta años.

Quiero que escribás de la manera más clara posible que yo no quiero negro ni café ni llantos en mi velatorio: yo quiero ron y cumbia y risa. Quiero gente imprudente fornicando en las esquinas oscuras, quiero peleas en las esquinas, quiero que los vecinos llamen a la policía porque los carcajeantes hacen demasiado ruido. Quiero que repartan entre ellos lo único que atesoro: mis libros. No me importa quién quiera qué ni si se van a matar por ello, repartilo todo, Adriana, que al Infierno no te permiten llevar maleta de mano.

Si dejases de llorar, te darías cuenta que moriré con mi vida redonda: los pulmones encenizados, las arterias bloqueadas, el cabello blanco y los afectos impolutos. Los libros repartidos, el corazón enmendado, las articulaciones desgastadas, los ojos cansados. ¿Ahora te imaginás mi entierro? Sí, cenizas: si al polvo volveré, es mejor hacerlo rápido. Aventá mis cenizas en las orillas del Río Sapo o donde te dé la gana, al fin y al cabo polvo es. Ahora pongámonos serias por un momento y hablemos de dinero.

¿Sabés qué? Creo que mejor me muero dentro de sesenta años. Yo no confío en vos.

de: Aniuxa < aniuxa.XXX@XXX.org >
para campo.pagado@XXX.com

Asunto: Desconfianza

En respuesta a su correo anterior, explico los asuntos que a mi persona le causan desconfianza. Favor tener en cuenta la siguiente lista:


Desconfío de los besos dados a la luz de la luna que pretender descifrar estrellas en bocas.
Desconfío de quien pretende quitarme la paz. Desconfío de quien no quiere la guerra.
Desconfío de los que olvidan, pero más de los que perdonan.
Desconfío de quien quiera bajar estrellas para ponerlas en mi pelo.
Desconfío también de dulces y flores y mensajes debajo de la almohada.
Desconfío de Fulano y de Sutano.
Desconfío de la que piensa que sabe regalar confianza.
Desconfío, aún más, de quien desconfía de las mariposas.
Desconfío de la que escribe con tal confianza su desconfianza.

Y desconfío de los correos electrónicos.

Atentamente,

--
Aniuxa

Sabes, yo no confío en vos. Voy a ser honesto en esto: no confío. Cada vez que me despida de vos voy a creerte menos lo que me digás antes de irme, cada vez que me veás a los ojos, después de derretirme un poquito la coraza,  voy a sentirme menos seguro de lo que he visto en tu mirada. No sé cómo explicártelo. No te voy a creer los "te quiero", voy a poner en tela de juicio cada vez que me digás que sos mía. Detesto la mutua pertenencia y detesto sentirme en tus manos porque sabré entonces que es momento de irme antes de que salga el sol. Detesto que seás tan linda como para no creerte cierta, que seás tan inteligente como para que al verme a los ojos vas a saber que huyo de vos en cada beso. No confío en vos porque en las mañanas abrís los ojos y te me entregás en la primera mirada, porque cuando exhalás después de un beso me dejás un poquito de tu alma. Desconfío de vos, de tus labios recién pintados, de la piel de tus antebrazos, de la textura de melocotón de tus nalgas recién bañadas. No creo en vos, en tus palabras, no te creo nada cuando siento que te abrazás a mi porque soy el lugar más seguro del mundo, no te creo nada de cuando me tomás de la mano con el orgullo de quien ha encontrado lo que no soñaba encontrar en la vida. Si, no te creo y estoy a tu lado, condenado a desconfiar de vos porque sé que no sos eterna. 


Manolito Huevoduro era un hombrecito que tenía una granja free-range y que desde niño había dejado de sonreir porque rápidamente se le agrietaban los labios hasta sangrar. El único remedio conocido en su región era un humectante de uso tradicional para mujeres, de modo que él nunca usaba para evitar que el pueblo lo tachara de coqueto y peperecho.

Las gallinas de Manolito Huevoduro jugaban mica de lunes a viernes y los sábados montaban un mercado de pulgas, donde comercializaban, precisamente, pulgas. Pero también manejaban artículos de poca o nula monta, como monedas con valor humano y cadenitas de plata. La Niña Tina, una de las gallinas más ancianas de la granja, sabedora de la condición de Manolito Huevoduro pensó en encargar para él una barrita de cacao. Ella tenía facilidad para eso dado que vendía cosméticos por catálogo y productos de belleza no testeados en animales (de lo contrario, mala onda con el gremio).

Cuando le vino el furgón con el encargo de ese mes, la Niña Tina fue donde Manolito Huevoduro y le entregó la barrita de cacao. Manolito Huevoduro se enterneció inmensamente por el gesto de su gallinita y le agradeció una y otra vez, sin sonreír. Para que ningún meque lo viera, se fue atrás de un granero y se aplicó la barrita, siguiendo las instrucciones de la Niña Tina. Sintió un enorme alivio, en sus labios y en su corazón, y finalmente pudo sonreír. Le dio un abrazo a la noble gallinita, quien después de hacer la buena labor había quedado en unirse al juego de mica, que ese día era Mica Mamey (como Mica Pelota, pero con un mamey).

Cuando la Niña Tina se disponía a irse corriendo, Manolito Huevoduro le metió zancadilla y la vio caer en cámara lenta. Río como nunca lo había hecho, y río aún más porque el movimiento risueño en sus músculos faciales, hasta ahora ajeno a él, le daba cosquillas. Río tanto que se le doblaron las rodillas y se dejó caer al suelo, a la par de la Niña Tita que no se levantaba, sorprendida por la reacción de su amo. Ella también se puso a reír hasta las lágrimas.

Desde ese día, y para celebrar la risa, Manolito Huevoduro se unía todos los jueves a las gallinas para jugar la innovadora Mica Zancadilla (como Mica Mamey, pero se echaban zancadilla y quien cae la trae). La gente del pueblo escuchaba el eco de las carcajadas desde la granja cada vez que una gallina era derribada, y en lugar de llamarlo coqueto y peperecho como hubieran hecho en otra época, decían que los fusibles se le habían estallado. Alguien se lo dijo a Manolito Huevoduro en su cara, y él, al escuchar este comentario, río aún más fuerte.