Cuando la oscuridad de la noche iluminó por todas partes, el Sol se asomó por mi ventana.
Me preguntó por la Luna. No supe responder. Ni las Estrellas sabían de ella, sólo yo. Pero no podía decir nada, no debía decir nada. El Sol se puso rojo de la cólera, sabía muy bien que algo escondía. Traté de calmarlo. Le dije que quizás hoy le tocaba ser Luna Nueva y su rostro nos ocultaba. El Sol se quedó callado, incrédulo. Las Estrellas a su espalda comenzaron a temblar. Y yo también. El Silencio se apareció de pronto y se quedó largo rato.
Finalmente, el Sol decidió irse, más triste que enojado. Las Estrellas, ya más tranquilas, se escondieron tras el telón del Cielo. Y el Silencio, cómplice de todo el mundo y de nadie al mismo tiempo, se quedó mudo y reinó. Sólo entonces salió la Luna de su escondite. La abracé, la besé y la amé.
Pero se abreviaron las horas en segundos, el Cielo se pintaba de naranja: la Luna debía irse. No queríamos separarnos pero teníamos que hacerlo. Así que nos despedimos con al esperanza de aquella noche, en la que de nuevo nos tendríamos que esconder del Sol nocturno.

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